martes, 19 de marzo de 2019

TETRALOGOS, LAMBAYEQUE Y UNA LEYENDA


TETRALOGOS, LAMBAYEQUE Y UNA LEYENDA*

El filósofo esloveno Žižek apunta en uno de sus textos sobre el nacionalismo que  “hay una poesía que actúa como fundamento de las patrias y sin la cual no podríamos entender el odio”; pero hay también una poesía que actúa como fundamento de la historia y las leyendas y sin la cual no podríamos entender el amor o los buenos sentimientos. Esto último es lo que nos plantea TetraLogos: Eldi Toro, Nora Curonisy, Patricia del Valle y Tania Temoche, un grupo de escritoras mágicas y demiurgas que no solo escriben poesía. Ellas tienen diversas profesiones, pero en este campo agramante de las letras han decidido intervenir espacios públicos, hacer llover poemas desde el cielo o desde arriba de un árbol ataviándolo con sus versos.
También hacen esculturas e intervenciones urbanas, y, sobre todo, viajan al modo de Unamuno, llevando el mensaje de los griegos y los helenos a diversas lares, y, sobre todo, a Lambayeque, tierra de Sicán y de Naylamp, ese dios de ojos almendrados que vino volando por el mar para traer paz y prosperidad a sus congéneres junto a su hermosa compañera y princesa Ceterni.
Es quizás por eso que el poema de Eldi Toro, Visión de Ceterni, nos ubica en el tiempo y en el espacio en estas tierras del huerequeque cantor donde el oro reluce como los sueños y donde Llampayeq, el idolillo de piedra verde jade, brilla con luz propia. Y es que Eldi conoce a la perfección esta cultura viva que se desarrolló entre los valles de Motupe y de Jequetepeque y nos cuenta de sus mitos y leyendas como si se tratara de su propia familia (ella tiene una casa en Lambayeque): “Dorados destellos parten de tu centro / divina Ceterni / De sagrado vaso bebes / elixir de inmortalidad / Al sur de tu palacio Chornancap / ocho leales te rodean / Tiendes al sol tu majestad…”.
Nora Curonisy nos habla del Muelle rito Pimentel, que,otrora, en el gobierno de Augusto B. Leguía, fuera considerada por ley como Puerto Mayor y la revista “Variedades” la calificara como el mejor balneario del norte del Perú: “…vía férrea en procesión / dioses acompañan / mi acto solitario / botella verde de mar / Rito muelle Pimentel / Donde siempre estoy de paso / donde solo veo yo”. Pero Curonisy avanza un poco más en la poeiesis: “el naciente el poniente / el oro al lado derecho / la plata al lado izquierdo / Me despido de Llampayec / parto en equilibrio perfecto / Las perlas de río / se hicieron collar / en mi cuello / y apenas caen en mi mano”. Y la belleza es siempre un sino que podemos (debemos) seguir a piejuntillas: “Debo recuperar mis ojos del océano / embotellar la palabra / rescatar la leyenda enterrada”.
La visión nostálgica llega con Patricia del Valle quien no solo nos habla de Naylamp desatando sus encantos… y estos versos citables en voz alta: “Oh Mar!! / enorme pez / que engulle la historia sonrisa de los niños transparentes & profundos inquieto rumor / agua en la orilla”, sino que nos invita a pasear por las callecitas de Lambayeque, la Calle 2 de Mayo, la Calle San Roque, la Iglesia de San Pedro, la casa Montjoy donde se celebró la independencia del Perú en  diciembre de 1820, etc. Y sus poemas corren como ríos desbordados por Pimentel y Zaña: “ha crecido tu historia en la furia trunca del Niño hacia el mar”.
Tania Temoche no solo tiene el apellido Moche (que, según la historiadora María Rostworowski, fue un matriarcado) sino que su poesía, en este caso,  se encumbra hacia la raíz de la cultura Mochica o Muchik (3000 o 1500 a. C.), escarbando en los iconos históricos como La Dama de Cao: “Impetuosa reposa la guerrera en su ajuar carcomido / ornada de pectorales y ceramios al fuego (…) Reverencias a la reina de las dunas / A su personalidad desafiante elevo mi copa / ante el océano de recuerdos / como su regreso sereno bajo el firmamento”.
Por cierto, Enrique Bruning sostiene que la palabra Mochika significa “reverencia” o “adoración religiosa”, término que se enlaza con el bello poema Si & Ni que Temoche ha sabido convertir en una ofrenda, dharma, regalo o legado: “Te ofrezco los tallos de mis cabellos / Mis dientes de jaguar / El tabaco de mi brujo / En una botella para el altamar”.
Quisiéramos anotar que este delicado manojo de poemas tiene su propio soundtrack o su propia mise-en-scène, solo habría que recordar que, a mediados de este año, TetraLogos hizo un recital poético lleno de ritualidad y misticismo frente a los restos de “El Señor de Sipán”, el antiguo gobernante mochica del siglo III, acompañados del célebre arqueólogo Walter Alva y donde Eldi Toro leyó su poema Murrup; Patricia del Valle, “Naylamp”; y, Nora Curonisy su “Sin Atalaya”. Un hecho que debió transmitirse por televisión nacional o mundo et orbi porque como dirían los mismos moches: “Maeich muchik chipan sieameiñ” (“somos mochicas, aún vivimos”).
TetraLogos, cuatro poetas, cuatro versiones de un posible mismo hecho, como los evangelios o las “cuatro nobles verdades” de Buda; como los cuatro elementos: aire, tierra, agua y fuego, o los cuatro puntos cardinales o los cuatro puntos de la Chacana. Cuatro amigas que se han tomado en serio el trabajo del poeta, artesano-ingeniero-músico, tanto en su aspecto compositivo como rapsódico y están haciendo de sus vidas lo que sir Harris en el Retrato de Dorian Gray decía: “qué es más importante: escribir poesía o vivir como poeta” y que TetraLogos ha logrado que todo esto sea vitalísimo, incluido el hecho de ser cófrades y cómplices templarias de esa llama que arde en cada uno de sus textos o cuando se reúnen para conspirar sobre algún probable evento en el parnaso literario. O como dice Eldi Toro en uno de sus poemas: “No es consuelo de domingo, es amistad”.
 Y es trabajo que ahora, amable lector, lo convocan a un nuevo viaje junto al alado Naylamp, su mar majestuoso, sus caletas poéticas, sus desiertos infinitos, su chicha de jora, sus chilcanos, papa, ají y maíz; sus algarrobos, su chiringuito, su tortilla de raya, su espesado prehispánico; su King Kong, sus peces, mariscos y caballitos de totora; sus ritmos de tondero y marinera; sus brujos y curanderos; el arte del trabajo en paja de Monsefú, el reservorio de Tinajones y muchos de sus pueblitos fantasmas que pasan, uno a uno, por el retrovisor del ómnibus y cuya imagen quedará para siempre en la memoria como estos poemas.    
*Prólogo al libro Travesía Moche de Eldi Toro, Patricia del Valle, Tania Temoche y Nora Curonisy.

UN CALDO DE GALLINA POR PACO FERRER


UN CALDO DE GALLINA POR PACO FERRER

Ha muerto Paco Ferrer a los 56 años, víctima de un tumor en el cerebro, y todo Chollywood y sus anexos, betos ortices, susys díaz, mónicas cabrejos, peluchines y un largo etcétera, han salido a derramar lágrimas de cocodrilo o de colirio Eye-mo porque así es y así tiene que ser este mundo de oropel y papel cartón sobre la que están escritas las vidas de tirios y troyanos (sobre todo de estos últimos), pero detrás de bambalinas o detrás del espejo donde cada uno mata sus pulgas o se rasca como puede, otra es la realidad, otra las virtudes y otra los vicios.
Lo cierto es que Francisco Alfredo Quispe Mejía aka “Paco Ferrer” nació hombre con cojones o con guasamandrapa (como diría mi viejo amigo y maestro Goyo Martínez) y fue el número uno de su clase y su padre siempre lo apoyó e incluso quería que sea un señor de leyes, pero ya Paquito miraba para la otra vereda y tuvo a su primer enamorado a los once años. Luego engañaría a su familia y se iría a estudiar teatro en el Histrión del centro de Lima y a soñar despierto con los drag queen: “Fue en la Escuela de Arte Dramático que me bauticé como Paco Ferrer. En los ochenta, había un actor Mel Ferrer que hacía cine de terror y suspenso. Luego como mi nombre es Francisco Alfredo, lo resumí a Paco. Suena como una marca, como Paco Rabanne o algo así”.
En los años noventa, las vedettes y los cómicos ambulantes tomarían la televisión por asalto, seguidos muy de cerca por los futboleros, bailarinas, grupos chicha y cohorte de payasos, tentetiesos y bufones que hacían todo lo posible por hacerse notar o que sus existencias valieran siquiera los quince minutos de fama del que hablaba Andy Warhol. Fue en ese caldo de cultivo que Paco Ferrer estuvo en la cresta de la ola peleándose con medio mundo, incluso denunció por estafa al hermafrodita (así se autodefinía) Fulvia Célica y por difamación a la despampanante Amparo Brambilla. Se agarró a arañazos con Carlos Cacho en el quinceañero de la nínfula naboquienta (de Nabokov) Florcita Polo y ametralló a tomatazos podridos a la sachamusa de Mick Jagger: Monique Pardo. Y hasta con la reina del callejón, Lucía de la Cruz, tuvo un entuerto por un mequetrefe bailarín llamado “Luisito” que orondo sacaba pecho por las damas que se peleaban por mantenerlo o pasarle su “pensión Soto”.
Y es que Paquito Ferrer tenía una peluquería que administraba con su hermana y a donde llegaban o se drenaban todos los chismes de la farándula y, cómo no, de la politiquería, pero Paquito sabía que con la política no se juega así que muchos de esos personajes que pasaron por su alcoba los guardó siempre con reserva. Lo que sí hizo fue irse de amores públicos con varios futbolistas como el aliancista victoriano “Cholito Sotil”, escena que aprovechó bien la hiena Magali Medina para relamerse los belfos y grabarlos agarraditos de la mano y que valió la protesta pública y una jaladera de pelos y llanto de Magdalena de parte del mundialista goleador “Cholo Sotil”, padre del inculpado.
Pero Paco Ferrer fue un buen hombre, un buen ser humano. Le compró una casa a su viejita, siempre llevó de viaje a sus hermanas y cuando le tocó hacer el papel del macho asistente del congreso, se puso un terno con corbata michi y acompañó a Susy Díaz en su oficina de la avenida Abancay. Claro, eso era otra actuación que incluía bronquearse con uno que otro padre o padrastro de la patria e impostar la voz tomando bocanadas de aire.
Cuando una reportera le preguntó por su travestismo respondió como Daniel F: “todo llegó de adulto”, recién inició su metamorfosis con rellenos, silicona, botox, pelucas y demás parafernalia a los cuarenta años. Sus sueños de niño o niña fue casarse de blanco, tener hijos, pero poco a poco se dio cuenta de que en una sociedad como esta solo podía aspirar a tener a la pareja adecuada que nunca llegó y por eso este domingo 6 de enero, día de canícula, en una fría cama del hospital Rebagliati, su corazón se detuvo en soledad, muchos de sus amigos le dieron la espalda, las visitas le fueron esquivas o ralas. Nadie quería ver a Paquito lejos de su vida glamorosa. Su nombre no adornará las marquesinas de un Estadio Nacional, no entrará en los recuentos literarios de fin de año ni se le dará un minuto de silencio en algún partido de fútbol, pero, eso sí, con él o con ella estarán siempre los augustos ferrandos, las mónicas santas marías, los polos campos, los peter ferraris y los tantos otros que hicieron de sus vidas lo que pudieron o lo que quisieron.
PD: Antes de terminar esta nota, este servidor ha recibido la visita de un escritor amigo, farandulero y cófrade también de mi estimado y recordado Richard Torres a quien matrimonié desnudo con un árbol para la televisión nacional; y me ha invitado a comer un caldo de gallina (o de gallo gallina, O. Reynoso dixit) por Paco Ferrer. Ahí está el título, dije y salimos a la noche de luna roja o rosa o a gusto del cliente o del lector. ¡Oh hypocrite lecteur!

FELICES FIESTAS, QUERIDA MADRE


FELICES FIESTAS, QUERIDA MADRE

A mediados de los setentas, mi madre me dio una poderosa lección contra el egoísmo, partiendo uno de mis lápices y entregándolo a un niño de la calle. “Tienes que aprender a compartir y a ayudar a quienes lo necesitan, solo estamos aquí de paso”, me dijo. Esa imagen me ha perseguido por mucho tiempo y aún la recuerdo porque la parte que me tocó a mí de ese lápiz fue la que no tenía borrador.
Fue en el Jamboree de 1983, en un campamento  de scouts en Paredones, Chiclayo, cuando el fenómeno del Niño nos agarró desprevenidos e inundó nuestras carpas. Yo tenía 13 años, pertenecía al grupo Lima 12 “Óscar Hernán Arce” y había logrado viajar rogándole a mi madre que me diera el permiso escrito. Lo cierto es que esa noche el agua creció cerca de un metro y muchos infantes corrían el riesgo de ahogarse. La lluvia torrencial era imparable. Un grupo de scouts mayores tomó la iniciativa de hacer una cadena humana y empezamos a evacuar a los más pequeños. Ahí perdí parte de mi mochila y una frazada que mi madre me había colocado bien enrollada, hasta que llegó Defensa Civil y nos ubicó en las partes altas del descampado. El saldo de ese Jamboree (auspiciado por la Coca Cola, así de ingenuos éramos) fue el de un niño ahogado: Julio César Carbajo Cáceres y lo recuerdo bien porque pasamos toda una noche jugando a ponerle nombre a las estrellas junto a un grupo de chicas rovers o niñas exploradoras.
Cuando cumplí 15 años me inscribí en la Cruz Roja para seguir unos cursos de primeros auxilios y para estar listo en cualquier caso de emergencia. Así apoyé un sinnúmero de acciones. Muchas cosas me animaban a estar al frente de los hechos, quizás era la aventura, quizás la voluntad de ayudar o simplemente sentir de que una vida tiene sentido cuando está al servicio de una causa justa. Muchos años después, me presenté de voluntario en hospitales, apoyando la atención de enfermos terminales como en el Hospital 2 de Mayo o en la Clínica San Camilo, donde las monjitas una vez me apodaron “Moisés Ybarra”.
En 2007 fue el terremoto de Pisco y muchos voluntarios acudieron con ayuda de primera necesidad.  Yo estuve ahí, fui uno de los primeros en coger una mochila, víveres y dinero y zarpar a la zona de emergencia. El paisaje era postnuclear. Recuerdo que, junto a mi expareja, alquilamos una mototaxi para peinar la zona ya que la gente, con justicia, se nos venía encima y nos arranchaban lo que teníamos en la mano. Lo más desolador fue ver a un grupo de hombres sin camisas, ensangrentados, metiéndole pico y pala a un desmonte donde dicen que había un tragamonedas y había quedado sepultado bajo toneladas de escombros. La miseria humana nos miraba a los ojos, cara a cara.
También estuve apoyando después del incendio de Cantagallo, en 2016, donde más 250 familias perdieron sus casas. En la parte alta de Cantagallo, muchos jóvenes hacían turnos para cocinar, otros para seleccionar las donaciones y otros para recoger y hacer limpieza de lo que se había quemado. Y no solo era eso sino que había que prestar ayuda psicológica a los niños (para los cuales se improvisó una guardería) y a los padres de familia que lo habían perdido todo, y ayudar a montar espectáculos en medio del caos y el drama. ¡Cómo haces para reír en el medio del llanto?
Hace unos días, mi madre de ochenta años, doña Viktoria, me dijo que le ayudara a hacer el nacimiento y yo que no creo en nada o soy un “descreído”, le respondí que no había problema. Cómo me iba a negar si ella fue la que me enseñó a dar sin preguntar, a hacer  las cosas correctas sin pensar en lo que pueda decir el resto (incluso si te llegan a insultar, a difamar o incluso a agredir físicamente). Y así, una vez más, como en años anteriores, estuve pegando los papeles navideños, colocando los animalitos, el tocayo reno Rodolfo, los burros y las ovejas y poniendo las estrellas, la nieve y las luces a ese nacimiento que adorna la casa de mi madre todos los fines de año.
A veces creo que ser bueno o justo es solo una consecuencia de ser hijo de doña Viktoria, fue por ella que me he disfrazado varias veces para hacer sonreír a niños enfermos de cáncer y fue por ella que escribo contra viento y marea. A ella le dediqué mis primeros poemas cuando estaba en la primaria y salía a declamar en las ceremonias del día de la madre; a ella le dediqué mi primer libro: Sinfonía del Kaos y a ella va dedicada esta pequeña nota: ¡felices fiestas, querida madre!
¡Felices fiestas, queridos amigos, y un excelente 2019!