
Mi estimado, poeta de greda y alcohol metílico, sé que a estas horas debes estar tirado entre el aserrín y los puchos de cigarros mariguanos de algún bar de mala muerte o chingana con olor a sobaco y fritanga de placentas humanas, ratas, gatos o cualquier otro animal techero reventado a palazos por algún desquiciado. Sé que entre tus vómitos, y los otros vómitos de tus amigos, y los vómitos de los vómitos que se reciclaron en el tiempo, debe haber algún papel arrugado que contenga algún poemita, algún trazo de dos líneas, motivos por el cual te dices poeta, escritor y heredero del romanticismo, hiperrealismo, monismo y toda esa seudoinstitución que engorda, inflama y estimula las glándulas tiroides de una locademia tebeciana y raquítica al borde del colapso y de la histeria.
Es fácil adivinar que, en esa podredumbre que arroja el desagüe atorado a tu nariz esnifante y sapiente de perro emasculado, tus sueños son las reacciones químicas y bombas de protones que ocurren en tu flácida y semiprotuberante barriga “chelera” (barriga que hasta el día de hoy no ha conocido una purga por miedo a que se desvanezcan tus conocimientos y excentricidades de monito tití, mono que a las justas sabe trepar el árbol raquídeo de la lucidez y la razón).
Joven poeta maldito, deja ya de imitar al delirante Rimbaud, no lo jodas y respeta su Temporada en el Infierno, fue su decisión y no un vacilón de noche de juerga, sexo, drogas y rockanroll. Deja a Mallarmé que llora y se latiguea en el muelle de San Michael. Deja a Mallarmé que con su bastón se pasea tranquilo en las callejuelas del Barrio Latino. Qué te hace pensar que tu infierno sea el mismo de Dante, de Blake o de Papini. Qué te hace pensar o sentir que eres el elegido para revolucionar la palabra escrita si a las justas garrapateas un par de líneas a la semana y tienes serios problemas con los tropos (no sabes distinguir entre una metáfora y una sinécdoque).
Date cuenta que no todo aquel que escribe versos es poeta, como poeta no es todo aquél que grita a los cuatro vientos ¡yo soy poeta! Hasta desgañitarse y quedarse mudo ante la indiferencia de los demás. Como lo dijo sir Harris en “El Retrato de Doriam Gray” más importante que ser poeta es vivir como poeta; pero vivir como poeta no siempre es vivir como un pobre diablo. Date cuenta. Reflexiona, todavía hay tiempo, las manecillas no se han vencido.
Ser un poeta maldito no es agarrar a patadas a cualquier viejecita que se te cruce en el camino o quitarle el helado a la niña turecina que juega en el parque de la exposición, o robarle la mochila a escolares cojudos y pitucos; tampoco es cruzarse los semáforos en rojo o discutir boca a boca con un charlatán de la plaza san Martín o de “La casa del pueblo”, la casa de asesinos, rateros y malditos de verdad. Tampoco es cortarse las venas con una lata de atún o escupir sobre los autos últimos modelos de la burguesía burocrática la que viene a flatulentear al Club de La Unión y derrochar el dinero que les roban a sus conciudadanos. O fornicar con una prostituta o con un transexual en plena vía pública. Esos son actos contra el pundonor, puntadas de lujuria, placebo para la rabia que este sistema aberrante ha licenciado con tal de que olvidemos los grilletes que tenemos en la pata.
Joven poeta maldito, tomar bebidas espirituosas de dudosa calidad no te hace maldito, tampoco te hace maldito masturbarte a la hora que escribes tu versito, una línea por día, una palabra cada dos horas, una letra cada 15 minutos. No, joven poeta maldito, recuerda que un conocido psiquiatra ha dicho que el imbécil escribe poco, y lo puedo corroborar citando el libro: “Poesía y Locura. Psicología del genio y del sentimiento poético” de los doctores A. Antheaume y G. Dromard, Ediciones Pavlov, México 1944. Ahí en la página 165, dice lo siguiente: “Los idiotas y los imbéciles no escriben mucho. Su lenguaje ha quedado demasiado rudimentario, y el símbolo de la palabra no fina en ellos el pensamiento. Sus facultades musicales están más desarrolladas que sus cualidades literarias, porque el valor simbólico de los sonidos es más vago y no alcanza un grado de diferenciación tan claro en la expresión del sentimiento y sobre todo de la idea”.
Joven poeta maldito, dejo a tu libre albedrío la interpretación de este párrafo, ojalá puedas meditar en él y ponerte a escribir que es lo que se quiere.
Volviendo a lo nuestro, tampoco, no es característica del joven poeta maldito ideal, practicar el lameculismo, el lameaxilismo, el comemierdismo, el chupapinguismo, etc., etc. Eso déjalo para los poetas de avignon, para los poetas de pañoleta de seda en el pecho y de saco de corduroy con coderas de cuero, para los poetas que empiezan su discurso con “O sea uón mi viejo me ha pagado la publicación en la editorial ‘Anograma’”; o los que al ser preguntados por sus poetas preferidos responden: “Ah, sí, claro, Ezra Pond (como la crema), Fernando Vallejo (no, César Vallejo), Carlos Oquendo (el crítico), y Tomás Moro (en vez de César Moro), etc.
Deja esas tonterías, joven poeta maldito, lo tuyo va por un discurso que tiene que acelerarse en el texto a la vez que se politiza e ideologiza cada vez más; no debes confundir los versitos del dolor social, las palabrejas de amor no correspondido, con las palabras que le reclaman al poder lo que se roba día a día, o la conjugación de tus buenos sentimientos reciclados (porque los tienes y sólo es cuestión de que escarbes ahí). Recuerda que la lucha reivindicativa va unida a la lucha política, por eso cuando un obrero le reclama a la patronal para que le suban los sueldos, lo que está pidiendo no sólo son mejores tratos para él, sino mejores tratos para toda la clase explotada, y, a la vez, haciendo un cuestionamiento histórico-continuo a toda esa lacra que ha usurpado un gobierno.
Por eso, joven poeta maldito, el estigma de maldición es una ofrenda del capitalismo, un mote que te han inventado para que te sientas marginal, para que no reclames nada y te emborraches, forniques como un animal callejero y te drogues hasta reventar, porque se supone que tú estás en “otra categoría”. “Otro universo” tiene la gloria de hospedarte en su regazo. Pero, eso es mentira, más falso que promesa de político. No te calumnies a ti mismo. El anatema es una forma, una triquiñuela del sistema aberrante para asimilarte como parte, pero manteniéndote sentado en la banqueta sin poder participar porque no le sirves, porque al igual que la trash white o basura blanca, negros y latinos, simplemente, eres el sobrante de una sociedad plutócrata que se solaza en el petróleo, en el oro y en la satisfacción de placeres estúpidos y corrompidos. Date cuenta y recuerda que cuando lo cuantitativo los haga aparecer como alguna “amenaza”, es decir cuando haya algún grupo importante de poetas malditos, por decir, simplemente los cercarán como a los pieles rojas o las junkies en Holanda, y luego ahí los “dejarán ser” y les aventarán comida como en Chernobyl. Y nunca es lo que tú te imaginas. Siempre es lo que ellos quieren.
Y para mantener esa dictadura necesitan tener a la gente trabajando 20 horas al día, necesitan mantener a las amas de casa y a los hijos enchufados a la televisión chatarra escuchando y mirando cojudeces que le hagan olvidar que tienen el grillete en la pata. Necesitan que el obrero martille sobre el metal todo el día, y que el campesino se desangre las manos en la tierra con tal de que no cojan un libro o empuñen un lapicero. La historia no miente.
Y tú, joven poeta maldito, sabes de qué te estoy hablando. Es hora de que abandones los vicios y te integres a este sano y franco proceso de cambios y empieces a escribir poesía, la poesía que ha de cantarle a la vida y a un nuevo orden de cosas, y como himno servirle al guerrero cuando se encuentre en el campo de batalla peleando contra esos molinos (que sí existen en realidad; yo los he visto), ofrendando su vida y sus sueños para que tú, joven poeta maldito, joven entorpecido por un sistema aberrante, puedas seguir escribiendo poesía.
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