lunes, 30 de octubre de 2017

ADIÓS MAESTRO, RAÚL GARCÍA ZÁRATE




Raúl García Zárate ha muerto y con él, su fabulosa guitarra. Siempre lo recordaré como el señor amable que fue a mi viejo colegio militarizado y en formación de lunes tocó para nosotros su “Adiós, pueblo de Ayachucho” y otros temas. Yo tendría 9 o 10 años y no sabía que la guitarra podría tener ese color nostálgico que este excelente guitarrista le daba a las cuerdas. Esa tarde, recuerdo, también tocó el maestro quenista Alejandro Vivanco, quien se subió a una carpeta para entonar con nosotros el “himno nacional argentino” que, al parecer, le había pedido nuestra directora Nelly Morón de Miranda. Después crearía su fabuloso “Orfeón de Quenas”.
Esa tarde, de fines de los setenta, cuando llegué a casa, le dije a mi madre que unos señores músicos habían tocado en el colegio y cuando en la mesa del almuerzo me preguntaron quiénes eran, fui corriendo a sacar mi cuaderno donde había apuntado sus nombres: Alejandro Vivanco y Raúl García Zárate. Y lo que más me sorprendió fue que mi madre se acercó a la radiola Phillips que, como un ataúd reluciente, ocupaba la mitad de nuestra sala y sacó dos long plays de estos enormes músicos y escuché lo que ya había escuchado en vivo.
Esa fue mi primera clase de música andina, creo que nunca más me volvería a encontrar con estos dos grandes maestros. Alejandro Vivanco moriría en 1991 abrazado a su quena y a Raúl García Zárate siempre lo vería en televisión o en documentales.
Hoy ha partido Raúl García Zárate y yo busco desesperadamente ese LP que mi madre me regaló cuando ingresé a la universidad y el mundo del rock hacía mucho ruido en mi cabeza. Si no lo encuentro, tocaré con mi guitarra rota ese Adiós, Pueblo de Ayacucho que aprendí a tocar en La Cantuta: “Adiós, pueblo de Ayacucho, perlas challay, ya me voy, ya me estoy yendo, perlas challay, a luchar por los ideales, perlas challay, contra el hambre y la miseria, perlas challay…”. 

domingo, 29 de octubre de 2017

“La poesía es mi niña de la lámpara azul” / Una entrevista con el poeta Willy Gómez Migliaro



Por: Vanna Urquía

Considerado uno de los poetas más importantes del Perú e Hispanoamérica de las últimas décadas, nació en Lima-Perú el 13 de agosto de 1968. Ha dirigido las revistas de poesía Polvo enamorado (1990-1992) y Tokapus (1993-1996). Así mismo ha publicado los libros de poesía Etérea (2002), Nada como los campos (2003) y La breve eternidad de Raymundo Nóvak (2005), todos bajo el sello Hipocampo Editores; Moridor (Pakarina Ediciones, 2010), Construcción civil (Paracaídas Editores, 2013), Nuevas Batallas (Arteidea Editores, 2013), Pintura roja (Paracaídas Editores, 2016), Lírico puro (Hipocampo Editores, 2017) Entre los libros de investigación ha sido compilador del libro OPEMPE, relatos orales asháninka y nomatsiguenga (Editorial AndesBook, 2009) y Cholos, 13 poetas peruanos nacidos entre el 70 y el 90  (Catafixia, 2014). Ganador del premio hispanoamericano de poesía Festival de la Lira 2015. Sus poemas han aparecido en importantes revistas hispanoamericanas y europeas. Ha sido publicado en diferentes antologías de poesía nacionales e internacionales. Actualmente es profesor de literatura, escritura creativa y asesor literario. En esta oportunidad para conocerlo un poco más, nos cuenta sus comienzos como poeta, su rutina con la escritura, su sentido de la vida y sus grandes amores. Además comparte con nosotros Cuatro poemas chinos en calidad de inéditos.

¿Cómo fueron tus inicios en la escritura de poemas?

De pronto a los 11 años sentí un llamado, siempre hubo voces en mi cabeza, pero ese llamado fue el detonante. Me asusté. Hablé con mis padres y ellos como que no me entendieron. Mi padre me dijo: “tú eres inteligente, lo superarás” Después me vi escribiendo como hasta ahora, desesperadamente.
En ese tiempo yo no sabía que escribía poemas. Solo en la escuela y luego los maestros del Taller de poesía de San Marcos, vislumbraron mi camino. A los 14 años llegaba a los talleres y ahí estaban Hildebrando Pérez, Pablo Guevara, Marco Martos, Washington Delgado para dar luces al despertar del poeta salvaje que era.

¿Qué es lo más importante que has aprendido a lo largo de tu carrera literaria?

A amar la vida por sobre todas las cosas. Yo vivía procesos de autodestrucción, la vida no valía nada, nuestro país vivía una guerra política interna donde los jóvenes que éramos caminábamos entre los muertos. Sobreviví a todo, aunque a veces siga siendo un hombre triste, silencioso y solitario. La poesía es mi niña de la lámpara azul.

¿A quiénes consideras tus maestros? ¿Quién te incentivó el gusto por la poesía?

Mis padres son mis primeros maestros, luego, como siempre lo he dicho, me junté a gente hermosa de quienes aprendí lo esencial y estoy agradecido. Nunca tuve a nadie que me incentivara el gusto por la poesía. Yo nací poeta.
 
¿Qué libros te han marcado?

Definitivamente Los ríos profundos de José María Arguedas, Azul del gran Rubén Darío y Un par de vueltas por la realidad de Juan Ramírez Ruiz. Luego están mis poetas preferidas Dalmacia Ruiz Rosas con su libro Palacio de justicia y Montserrat Álvarez con Zona dark.

¿Cómo te animaste a participar al concurso de poesía Festival de la Lira?

Fue extraño. Yo no creo en los concursos de poesía. Mi esposa Margarita me pedía que participara en ellos, pero ante mi desinterés, un día en secreto agarró cinco de mis libros de poemas de Construcción civil e hizo el envío al concurso del Festival de Poesía la Lira allá en Cuenca-Ecuador. Lo demás está demás decirlo. Mi libro se alzó con el premio, y por supuesto, todo fue para ella.

¿Hubo algún cambio en tu vida después de haber obtenido el prestigioso premio hispanoamericano de poesía La Lira de Oro 2015 en Cuenca-Ecuador?

Yo creo que no. Es cierto que es un premio importante y de gran reconocimiento, qué duda cabe. Siempre pienso que me merezco lo mejor cuando de poesía se trata. Mi vida es la que es y siento que valgo mucho.

¿Cuál es tu rutina de escritura?

Ah, levantarme temprano (5:00 am) y un duchazo con agua fría para calmar mi locura, después un buen desayuno. El café pasado es indispensable. Luego escribir media hora cualquier cosa o corregir. Finalmente, antes de irme a trabajar, preparar el desayuno para mis hijos y mi esposa, y besarlos. Escribo todos los días.

¿Qué es lo mejor y lo peor que te ha traído la poesía?

La poesía me ha traído solo lo mejor.






Cuatro poemas chinos de Willy Gómez Migliaro 
Hembraga el geranio
Lung Fa Ma y no la flor verdadera donde millones de hombres pasan con el tiempo a ser lo que no han amado con el tiempo sin el acto suelta sus ideales para una estela migratoria
a las cuevas Ku Chu Tang el mejor juego de huesos es amor crecer y querer a ese hombre que toma té con el nuevo negocio la coca es imaginación en los valles salva matrimonios
el mar sale de tus cabellos y no traes lujo sino deseo un ruego como yoga ya desnuda
en lozas de luces de ciudad casi hada alma de enemiga casi Medea en la calle del jazz de Kaas de la paz sabías el mar sonaba
tuve una mano amiga como cuerdas de árbol
aire de los olivos tuve otras calles dejé vestidos de noche dividida y di paso a Shem Ming.
                                                                       De Construcción civil (2013)


                                              Año del mono
Teatral entre nosotros cuando la tierra nos llama
Aunque el maquillaje en la cara nos confunda en su interior
Siglos de sobrevivencia y él fue la dama mariposa
Esperamos cielo de inconclusiones después vida
Acción política de nuestras sillas debajo si viene
Carne de cerdo verduras canciones como huaynos y
Entran en la habitación hablando de tiendas o
Del pescado a vapor en los chifas y el ajonjolí
Luego hacen morir en sus adelantos la coronación
De una migración del futuro
De cordilleras o de nuevo la enfermedad o la meditación
Mirada de lago extensión de bosque integración de
Un vocabulario al medir de tamaño desacostumbrado Los movimientos del mono y la rata
Cierta tranquilidad de amor muerto.


                                
                                 Gorriones para Sheng Ming
Sobre la rama pluma dorada y el brillo
Entre los cambios de jaula incluido el canto
Buen extraño sino tenemos tiempo aquí
La canción es mía aun cuando resto
En mi escape del fuego hay un valor
Pájaros en cualquier arbusto
Extienden sus canciones adentro
El tiempo llama a su niña ave
De la mujer que llora diariamente es mi canto
Está encerrada en la jaula de una canción
Y no tiene marca y no tiene esperanza
De estar fuera y tejer una ventana aquí.






Adiós a Lung Fa Ma
                                    Una foto de la tierra y su paisaje nuclear
                                    Nace la playa de orillas si estiro la mano
   Las olas y sus canciones la brisa que sobresale
                                    Curvada en una ola que se aviene de lado
   Sentir dolor por la tierra al igual que otros hicieron
   Cada manera poner la cena y un desfile de carne
   Y cuidar tierras o
   Sale de la Tierra
    La cosecha futura del país
    Donde otros se quedaron ya no sirve el gasto
Los stands de comida cuando pasé factura
    La tierra se retira
                                     Las interrupciones de una canción
                                     Y su historia abandonada se extiende
    Qué pánico dibuja el viento dentro de la carne.3





domingo, 1 de octubre de 2017

FELIZ DÍA DEL PERIODISTA




Nunca dejemos de recordar que esta profesión no solo está llena de mermeleros sino también de gente honesta con ideales y que incluso ofrendaron su vida para que la verdad salga a la luz. No olvidemos a los ocho mártires de Uchuraccay, muertos por culpa de la Marina de Guerra que había azuzado a los campesinos a matar a todo aquel que no sea de la zona. Y que si no hacían eso, los militares acabarían con el pueblo. Vargas LLosa, encargado de la comisión investigadora, dijo que todo había sido culpa de la premodernidad en que vivían estos pueblos atrasados que habían confundido cámaras fotográficas con pistolas y metralletas. 
No olvidemos, también, a Melissa Alfaro Méndez, periodista, compañera de estudios, amiga y amante de la poesía, fue una víctima más del fujimontesinismo. Agentes de la Marina le enviaron un sobre-bomba al semanario donde trabajaba. (La foto que sostengo de ella la entregaron el día de su velorio que tuvo que realizarse con el ataúd cerrado. Ese año, 1992, también asesinaron al líder sindical de la CGTP: Pedro Huilca, padre de Flor Huilca, solidaria amiga y también compañera de estudios. Muchos más caerían bajo las manos del sátrapa y su “grupo Colina”: en julio ocurriría la matanza de La Cantuta. La matanza de Barrios Altos se había consumado apenas unos meses atrás, en noviembre de 1991. Por ello, la resistencia civil se aglutinó alrededor de los jóvenes universitarios y todo el pueblo en estampida que exigían el retorno a la democracia y acabar con la corrupción, el sicariato y el crimen organizado).
Todavía recordamos a Jaime Alaya Sulca, quien ingenuamente acudió a presentar una queja al cuartel militar de Huanta, en 1984, porque habían agredido a su señora madre. Y lo desaparecieron. Trabajaba para La República. O el caso emblemático del periodista de Caretas, Hugo Bustíos, en 1988, cuyos indicios apuntan a que fue el exministro del interior, Daniel Urresti, el que tiró del gatillo y lanzó la granada para no dejar ninguna huella del asesinato. 
O el caso de la periodista radial, Isabelle Chumpitaz Panta, en 1998, que trabajaba en Radio Satélite, en Piura. Cuando los sicarios llegaron a su casa preguntaron: “¿Quién es el periodista que defiende a los pobres?”. Y arremetieron contra todos los que estaban en la casa. Ahí también cayó muerto su esposo, el periodista José Amaya Jacinto, quien trató de intervenir. Y todos los que estaban en la casa fueron ametrallados. Walter Chumpitaz, el hermano de la periodista, que sobrevivió a la balacera, narró todo lo sucedido.
Todavía recuerdo el dolor de algunas familias de periodistas buscando el cuerpo de sus deudos o familias a las que le di el pésame en medio del horror y el miedo reinante cuando nadie (ni siquiera los partidos políticos o las oenegés de derechos humanos) osaba levantar la voz o solidarizarse con un caído por las balas del estado. 
Nunca olvidemos que también mucha gente de prensa tuvieron que irse del país porque los militares los acechaban y en cualquier momento se convertirían en datos estadísticos.
Existen decenas de casos de periodistas muertos o desaparecidos que ni siquiera salieron a la luz porque se trataba de periodistas de izquierda, gente que hacía periodismo popular y que el estado motejaba como "proterroristas". Y por lo tanto, no tenían derecho a nada, solo a morir en las sombras. Seguro, algún día, se sabrá la verdad y quizás los culpables paguen por sus crímenes cometidos.

martes, 5 de septiembre de 2017

LÍRICO PURO, DE WILLY GÓMEZ MIGLIARO / POESÍA ESENCIAL / POR DAVID ABANTO ARAGÓN



Al decir lo que dicen
los nombres que decimos
dicen tiempo: nos dicen.
Somos nombres del tiempo.
                                                                                                                  Octavio Paz
En tiempos en el que el horror y la muerte, el silencio y la indiferencia van de la mano, articular lo que se queda en la garganta o en la carne es cada vez más difícil en singular. Nunca como en estos tiempos ha sido tan relevante recordar las raíces plurales de la poesía. Lúcido e intenso, incandescente y enigmático Lirico puro (Hipocampo editores, 2017), el nuevo poemario de Willy Gómez Migliaro (Lima, 1968) nos lo viene a demostrar con vigor.
Y en su caso, un poemario nuevo lo es en todo el sentido de la palabra, porque Willy Gómez explora posibilidades diversas en cada uno de sus libros, pasando de la textura abigarradamente metafórica a la experimentación de Lírico puro, donde el caudaloso verso del poeta se siente transfigurado por un ¡Eureka! que le hace desentrañar la experiencia primordial que armoniza la escritura, la creación poética y la vida.
Asistimos a una síntesis expresada en composiciones esenciales en rotación permanente, como ocurre con las imágenes capturadas por «una cámara de video en movimiento» señala Nivardo Córdova Salinas y a través de cuyas imágenes «el lector hace el poema, lo termina, construye su objeto poético» dice César Pineda Quilca.
Lirico puro se ofrece como un drama compuesto de soliloquios y aproximaciones: a la vez delirante y ascético, el yo poético entrega fragmentos de su experiencia y el misterio de la poesía.
El título juega con dos imágenes del poeta como creador. La imagen del poeta como un «lírico puro», vigente en posiciones esteticistas que reivindican una discutible «poesía pura» afín a una idea simplificada de la mística y, por cierto, de cierta lírica amorosa de estirpe romántica: un poeta «puro». La imagen del poeta como el artífice verbal, explorador de los abismos y los enigmas (ricos en conexiones religiosas, filosóficas y psicológicas) del ser humano inmerso en el «mundanal ruido» de la sociedad: un poeta «comprometido».
Vinculado a esto el título nos remite a la idea de una creación «pura» opuesta a la llamada creación «comprometida» (adjetivos que remiten a calificaciones muy empleadas en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado para distinguir dos tipos de poesía).
 Sin embargo, estas imágenes, que invitan a la dicotomía que distancia el vuelo sublimado «desencarnante» de la inmersión implicada con la realidad, caen destrozadas en la sólida propuesta poética de despliega Lírico puro. Sus composiciones están nutridas de belleza y experiencia social a la vez. Nos muestran que lo esencial de la poesía se encuentra en la vida misma de las palabras, y es en esa profundidad de la palabra donde hay que encontrar la acción de la poesía y, a partir de ahí, comprender su importancia. Entender y sentir que la poesía es el fundamento de la vida en sociedad.
Cómo separar lo «puro» y lo «social», en una poética expresada en composiciones que escarnecen la burocracia y la alienación. Como ha explicado Javier Ágreda, la poesía de Willy Gómez Migliaro «une la experimentación verbal con la reflexión sobre temas trascendentes; una combinación que asegura la calidad de los textos, pero que también les da un cierto hermetismo».
Su poesía, añadimos, cree en la palabra —bella o fracturada— como acción. Se aproxima de un modo no escéptico al lenguaje. Es arma cargada de futuro y en cada representación de la realidad alguien toma partido. Cuando vacila, teme, sospecha. También cuando legítimamente afirma.
Sus composiciones tienen un ademán vertiginoso que lleva implícitos el impulso moral y la imperfección que engrandecen las artes. Es una exploración profunda a modo de una aventura transfiguradora y no de mero alarde ingenioso o adorno rítmico-metafórico.
Todos sus elementos contribuyen a la nostalgia de nuestra disolución porque esa mirada del poeta, solo a través de la cual el caos nos es comprensible como un elemento del orden ficticio que nos permite entendernos de cierta manera con la realidad, sabe mirar más hondo que nuestros ojos y sabe descubrir en nuestra posibilidad de aniquilación la trampa de la realidad, la certeza del todo y de la nada.
Y es que como ha señalado el poeta en una entrevista hecha por Katherine Medina: «La poesía es otra manera de pensar la vida. Los que escribimos poemas sabemos que apenas nos alcanza el lenguaje. Nuestros balbuceos no sirven para nada. Sin embargo, nuestros cantos son siempre de vida y esperanza».
El poeta es un hombre y más que uno a la vez: una multitud de voces acalladas, de deseos sepultados por la chatura oprimente de las convenciones sociales, que pugna por liberar las pulsiones nocturnas, por hundirse en el goce del exceso o la locura. Y cuando la disolución parece inevitable, acuden las fuerzas apolíneas, el temple, la firme serenidad para no apartarse del surco esperanzado de la vida.
Javier Ágreda subraya que «En estos nuevos poemas esos grandes temas siguen estando presentes, pero solo como trasfondo, pues los versos giran más en torno a la experiencia cotidiana y la memoria personal». De algún modo, Lirico puro es un viaje de la memoria.
Pineda Quilca ha señalado, por su parte, que en las composiciones de Lírico puro «vemos cómo se construyen y devalúan los objetos, en la palabra, para instaurar una nueva lectura, una nueva búsqueda de sentido para integrar quizás el alma a las cosas» y añade que «La escritura de Lírico puro se impone como una respuesta a la imposición del sentido, de la razón y de una dictadura estética», con la presencia de «una impronta surrealista, de poesía fragmentaria, de discurso disgregado posmoderno».
Por nuestra parte queremos apuntar que más que la entrega al flujo poético de la escritura automática del surrealismo (que permitiría percibir Lirico puro quizás «como un solo poema largo»), se nutre de la efusión de la experiencia beatnik, expresada con recursos expresivos que se acercan más al collage textual de la poesía de lengua inglesa, que a la incandescencia de la imaginación surrealista.
En las composiciones en rotación de Lírico puro se intuye una poesía de dos tonos que se interrelacionan e integran permanentemente. Por un lado, el tono confesional, que rezuma a menudo la desazón por los sueños que quedaron en promesas incumplidas, la angustia ante el futuro incierto, el dolor de la insatisfacción, pero también, por otro lado, una poesía de tono expresionista que Córdova Salinas caracteriza como «una poesía que confronta, que desenmascara, que revela el lado oscuro del mal llamado milagro peruano, donde por ejemplo la informalidad, la explotación laboral, la industria de la falsificación y el crimen organizado a veces visten de saco y corbata, donde incluso la alienación se desborda y la violencia social impera en todas sus formas».
Lirico puro despliega esa transformación de la subjetividad que trasciende la rutina cotidiana, pero no la experiencia de lo real. De hecho, en la encrucijada de lo interno y lo exterior, en la brega por establecer el propio ser y estar en el mundo, es que se halla el centro de gravedad del poemario.
Y sin duda, esa transformación supone el proceso dinámico de una conciencia que, con insistente rigor, encara al mundo y se examina a sí misma a través de «fragmentos de nuestras vidas superpuestas sobre /lo real de su espejo de nuevo».
El estremecimiento esencial privilegiado de la poesía recorre sus composiciones, presto siempre a desencadenar tempestades de belleza que arrasan las pautas acostumbradas de la lógica, la moral, la gramática y el lenguaje poético dócil frente a los cómodos modos de la corrección, la armonía domesticada y el buen gusto domesticado.
El poeta también está rehaciendo su voz expresada en libros anteriores fusionando la recreación de experiencias con la escritura de poemas, a los cuales luego interpreta, lector de sí mismo (el epígrafe que abre el poemario pertenece a Raymundo Nóvak creatura-eje de su poemario La breve eternidad de Raymundo Nóvak) y de la resonancia de obras ajenas en su impulso creador.
La de Lírico puro es, así, una poesía del re-conocimiento: no se orienta hacia un trasmundo metafísico o utópico, sino que redescubre esa otra realidad en la realidad en la cual se respira, se siente, se piensa, se sueña y se muere. Como otros grandes poetas como Martín Adán, Juan Ojeda, Enrique Verástegui, Miguel Ildefonso, o como César Vallejo en Trilce, Gómez Migliaro escribe de (y desde) la descarnada conciencia de un misterio: el de la existencia física, carnal. «el yo se divide uno entre /lo natural y lo obligado del ojo que suma /inclinaciones sin fondo el plano o /de nuevo bosque mental y detalle de los/que quedan desgarrados ante la unidad», declara la voz poética en Lirico puro.
Radical y visceral, la experiencia de hallarse en el mundo es la que alimenta a la imaginación verbal de Lírico puro. La conjetura de la voz lírica señala una forma de entender el ejercicio y el sentido de la poesía. En efecto, la voz del poeta no busca la proliferación y el exceso, sino la esencia, la concentración y el despojamiento.
Para el poeta vivir y crear significan experimentar en una dimensión más honda --y sabia-- al recordar, «reciclar», captando la presencia esencial de lo ausente, el mensaje del silencio y la aceptación de una existencia vivida a plenitud. Todo ello esta vez alcanza su fruto en los poemas cincelados y concisos, siempre al borde de un silencio que no implica fracaso expresivo ni incomunicación, sino depuración vital más allá de las palabras. Así, en las odiseas de saber decir es también esencial aprender a no decir de más.
Independencia, julio-agosto de 2017


Referencias
ÁGREDA, Javier. Lírico puro de Willy Gómez. Reseña publicada en la revista virtual El Montonero. Disponible en: http://elmontonero.pe/columnas/lirico-puro
CÓRDOVA SALINAS, Nivardo. «Willy Gómez Migliaro: “Soy un sobreviviente”».
MEDINA, Katherine. «“La poesía es otra manera de pensar la vida”» Entrevista con Willy Gómez Migliaro publicada en Agenda CIX el 9 de abril de 2017.
PINEDA QUILCA, César. Lírico puro. Palabras de presentación del libro leídas el viernes 21 de julio de 2017 en la Anti-FIL. En la mesa de presentación estuvieron también Franco Osorio-Antúnez de Mayolo Paredes y Teófilo Gutiérrez, editor del libro.
Disponible en: https://nidodepalabras.blogspot.pe/2017/07/lirico-puro-por-cesar-pineda-quilca.html

domingo, 20 de agosto de 2017

ENTREVISTA CON MARIO VARGAS LLOSA. (ENVÍO DE HÉCTOR ÑAUPARI)

Realizada por Luis Chamochumbi, Paul Laurent y Héctor Ñaupari
Editada por Paul Laurent y Héctor Ñaupari



Nota:
"Agradezco a Rodolfo Ybarra publicar esta entrevista que hicimos a Mario Vargas Llosa en el año 2001 Luis Chamochumbi, Paul Laurent y yo. Por desavenencias y nimiedades atribuibles sólo a mi persona, se publicó en mi libro Páginas Libertarias sin la mención completa que correspondía. Se hace ahora para corregir ese error.
Héctor Ñaupari".



Básicamente lo que queríamos tratar era el tema del compromiso del escritor, que es central en su pensamiento. Si sujetamos a cualquier escritor al compromiso, ¿no quedaría circunscrito a todo lo que éste pudiese establecer, mutilando su esencia creativa?

Lo que me parece inaceptable y poco realista es establecer normas a las que tendría que ceñirse rigurosamente la actividad intelectual, literaria y artística.

Eso no ha dado resultados jamás, por una razón muy simple: la comunidad intelectual, artística y literaria es inmensamente variada y los escritores son muy distintos unos de otros, por su sensibilidad, por su temática, por sus obsesiones o por las circunstancias dentro de las cuales escriben. 

Entonces, es una ingenuidad pensar que pueda establecerse un común denominador, de cualquier índole, para los escritores. Dicho esto, y reafirmando que para cualquier actividad artística la libertad es indispensable, también se puede decir lo siguiente: que una actividad creativa no es gratuita, se da dentro de un determinado contexto social, histórico y cultural, y que, en teoría al menos, tiene también unos efectos sobre ese mismo entorno.

Algunas consecuencias se derivan de las ideas, de las imágenes o de las ficciones que produce la actividad creativa. Ése es el contexto indispensable para hablar del compromiso del escritor.

¿Tiene el escritor una responsabilidad que no sea estrictamente estética, artística?

Creo que sí la tiene, por la sencilla razón de que un escritor se comunica a través de lo que escribe, en un contexto social y, por lo tanto, aquello que hace de alguna manera busca tener un efecto en ese espacio. Ahora, tal como yo lo entiendo, el compromiso es muy amplio, no tiene necesariamente una connotación política de una manera explícita.

Pero si un escritor a la hora de escribir no tiene conciencia de su entorno, la actividad literaria sería una actividad completamente solipsista, que no tendría absolutamente ninguna significación para nadie fuera de quien la escribe.

Si tiene un efecto, si de alguna manera deja una huella, es importante que esa huella forme parte de la conciencia del escritor que escribe. Desde luego que no es lo mismo escribir un ensayo donde tú te mueves en un mundo fundamentalmente racional, de ideas, que escribir un poema onírico donde tú actúas muchísimo más en función de impulsos, de pálpitos, de intuiciones, que de un discurso racional.

Hay géneros muy distintos y no puedes hablar del compromiso como de algo perfectamente idéntico en todos ellos. Pero sí creo que si una literatura y una actividad intelectual en general no ejercen algún tipo de función crítica en el medio en el que están, son actividades de alguna manera condenadas al fracaso. Esa función crítica es lo que representa para mí el compromiso del intelectual.

Ahora, "función crítica" es también algo muy amplio, tú puedes criticar aspectos muy negativos de la realidad, y desde otra perspectiva criticar aspectos muy positivos.

Por eso creo que la función de la literatura y de la cultura en general es una función crítica, de cuestionamiento a lo establecido, de una constante revisión sobre lo que una época considera una certidumbre de tipo político, económico o cultural y que la mejor literatura indudablemente es aquella que provoca una revisión constante, permanente, de lo que es el mundo en el que uno vive.

En ese sentido sí creo que toda buena literatura es una literatura crítica, que obedece a una forma de compromiso, en algunos casos conscientes y en otros casos inconsciente, natural o espontáneo, pero la literatura conformista, la literatura que es una mera descripción –diríamos, neutral– de la sociedad, a mí me parece destinada al fracaso.

Es una literatura perecedera, que no deja huella, aunque tenga un valor de entretenimiento, de diversión momentánea, pasajera, en la que no se puede hablar del compromiso.

Tampoco se puede hablar del compromiso como en los años treinta o cuarenta, cuando tenía un carácter político exclusivo y casi excluyente ¿no es verdad?

En esa época hubo ilusiones respecto a los poderes de la literatura que la realidad luego ha desmentido. Un poema o una novela no van a producir un trastorno social inmediato ni muchísimo menos.

Esa idea, que prendió y tuvo muchísima audiencia en los años cuarenta y cincuenta, hoy se ve como una ilusión, una visión muy ingenua de la literatura.


En esa medida, ¿esto del compromiso forma parte de un proceso racional por parte del escritor? ¿Debe serlo?

En muchos casos es racional, desde luego, pero en otros casos no creo que sea racional. Hay escritores que no se consideran escritores comprometidos, y cuya obra sin embargo transpira una actitud muy crítica indudablemente. Vamos a poner el caso de Kafka.

La idea misma de compromiso para Kafka era inexistente, la literatura le resolvía básicamente un problema personal. Y es una literatura que escribió ni siquiera con la idea publicarla.

Era algo tan personal, tan subjetivo, respondía tanto a una problemática individual que ni siquiera se preocupó por publicar e incluso, sabemos que le pidió a su amigo Max Brod que quemara los inéditos que había dejado.

Y sin embargo nosotros no podemos leer a Kafka sin sentir que la extraordinaria riqueza de esa obra de alguna manera tiene que ver con un contexto histórico y social, que todo ese mundo absurdo, disparatado, donde los hombres se convierten en insectos, donde los individuos quedan atrapados en mecanismos que no pueden entender y contra los que no pueden defenderse, que los destruyen, que los deshacen, son entre otras cosas una visión alegórica de una certeza total sobre lo que es el mundo, la deshumanización que representó el fascismo, los totalitarismos, la enajenación burocrática de la sociedad.

Probablemente Kafka jamás planteó su obra como una denuncia de ese estado de cosas; pero su intuición, su sensibilidad, su percepción de la realidad profunda de su tiempo hizo que su obra, sobre todo a la distancia, adquiriese esa perspectiva crítica.

Creo que eso pasa con toda la gran literatura, en muchos casos con prescindencia de la conciencia del propio autor.

Pensaba en el caso del compromiso entendido como la vocación...

Ésa es otra cosa. Desde luego, ése es el compromiso primero y fundamental. Si tú asumes una vocación de tipo creativo, eso implica indudablemente un compromiso, un mandato de rigor, un mandato de autenticidad. Yo creo que allí lo fundamental es la palabra autenticidad.

Expresar aquello que tú sientes, escribir sobre lo que te motiva, una coherencia respecto de lo que eres y de lo que haces, ése es el compromiso básico, previo, sin el cual ningún otro compromiso tiene sentido, porque si tú no eres capaz de producir una obra rigurosa, auténtica, pues el significado que pueda tener esa obra en otros planos no va a existir.

Para que una obra tenga algún efecto es fundamental que tenga un coeficiente de tipo estético, artístico, que la justifique. Pero no creo que ese compromiso agote de por sí la literatura.

Creo que hay, junto con él, un compromiso que forma parte de la literatura, y es ése compromiso el que tiene que ver con el hecho de que tú eres parte de una comunidad, de un conglomerado humano, que tú eres también un ciudadano, alguien inmerso en una sociedad, con una problemática, y el escribir o el pintar o el componer música no te puede exonerar de una responsabilidad que tienen todos los ciudadanos.

Ése es un terreno muy peligroso, muy delicado, siempre hay el riesgo de la demagogia, de la manipulación. Estoy en contra de la idea de la gratuidad de la actividad artística o creativa.

Creo que es una actividad que está dentro del entramado de lo que es la vida, y cuando hablamos de la vida hablamos de la vida social, de vida histórica, de vida política.

Hay escritores como Neruda, que en nombre de un tipo de compromiso social justificaron regímenes totalitarios...

Y no sólo Neruda. Uno de los casos terribles de la historia contemporánea es cómo intelectuales o escritores de altísimo nivel, algunos de ellos de enorme talento, al mismo tiempo que eran capaces de producir una obra riquísima desde el punto de vista poético o narrativo, eran capaces de convertirse en corifeos.

Ésa es una pregunta que se hace siempre George Steiner: ¿Cómo es posible que el filósofo más grande del siglo XX, Heidegger, fuera un nazi?

¿Cómo es posible que esa mente, capaz de reflexionar con esa lucidez tan extraordinaria sobre el problema del ser fuera alguien identificado con un régimen fascista inhumano, monstruosamente injusto?

Lo mismo se puede decir de los poemas a Stalin de Neruda, de los poemas a Stalin de Eluard, de Aragon –uno de los grandes poetas franceses–, de los intelectuales fascistas, La Rochelle, Brassillac, Céline, uno de los más extraordinarios novelistas, indiscutiblemente; un novelista del Apocalipsis, fue un nazi. Es la gran pregunta.

Cuando nosotros hablamos de compromiso, no tenemos que hablar necesariamente de un compromiso positivo, el compromiso puede ser profundamente negativo.

Un compromiso no significa que uno defienda siempre las buenas causas, se pueden defender las peores. Céline es un hombre totalmente comprometido en una lucha política, muy auténtico y al mismo tiempo monstruosamente equivocado.

Es un antisemita constante: sus dos grandes libros, El viaje al final de la noche y Muerte a crédito son fascistas, en los cuales el antisemitismo es una especie de atmósfera en la que se mueven todos esos seres mediocres, de pequeña burguesía, llenos de prejuicios, de complejos, de odios, de resentimientos.

Eso no le impidió escribir unos murales extraordinarios de un mundo, de una época, que al mismo tiempo que nos producen –cuando hacemos un análisis de tipo racional, ético, político– una inmensa repugnancia, también admiración por su vuelo creativo, por su fuerza.

Esas paradojas forman parte de la cultura, de la literatura. La literatura no sólo es bienpensante, también es mal pensante, muchas veces. Pero lo que no es, creo, es conformista. La literatura puede producir obras que nos parezcan, desde un punto de vista político, aberraciones intolerables; y, al mismo tiempo hay en ellas una grandeza, que podemos llamar infernal, pero esa grandeza forma parte de la realidad.

Las obras de Marqués de Sade por ejemplo, que describe un mundo que por una parte nos produce un vértigo de horror por la infinita crueldad y por el egoísmo monstruoso, al mismo tiempo hay una genialidad en la que de alguna manera se están expresando todas esas pulsiones destructivas y autodestructivas que forman también parte de la personalidad humana.

Creo entonces que cuando hablamos de compromiso es muy importante tener presente que ese compromiso puede tener un carácter positivo, constructivo, o profundamente destructivo e, incluso, antihumanista y antihumano.

La literatura expresa lo que es el ser humano, y el ser humano no sólo son los ángeles, son también los demonios, que se debaten allí en esa jaula –como decía Bataille– que es el ser humano.

¿En su caso es lo mismo cuando escribe? ¿Cuándo crea una novela o un artículo periodístico?

Cuando escribo un artículo periodístico o un ensayo me muevo en un mundo que para mí es fundamentalmente racional, donde creo tener un control casi absoluto sobre aquello que escribo. No es el caso cuando escribo una novela.

En ésta también me muevo en un mundo de racionalidad, pero ese mundo está alimentado constantemente por materiales que son espontáneos, que muchas veces vienen de esos fondos que la razón no controla, que son instintivos, intuitivos, donde hay un factor irracional que juega un papel muy importante en la creación.

En ciertos géneros es más visible y en otros lo es mucho menos. Por eso creo que cuando un escritor quiere defender unas tesis determinadas, algo que tiene que ver fundamentalmente con la conciencia, con el conocimiento, con la razón, es mejor que utilice el artículo, el ensayo, la conferencia, y no la novela, un género creativo en el cual el elemento de espontaneidad es muy grande e importante, y por tanto el control racional sobre ello es mucho más precario, es mucho más débil.

La literatura está llena de obras que de ninguna manera fueron una expresión coherente de lo que el autor fue, de la realidad social de su tiempo.

Al contrario, hay unos contrastes extraordinarios entre lo que era quien escribió y la obra que él escribió, y eso se debe a la presencia de ese factor irracional, que en muchos casos no aparece y en otros es un factor fundamental.

A mediados del siglo XX, un crítico inglés, Gilbert Highet, explicaba que, a comienzos del XIX, esta noción del compromiso era propia de la perspectiva romántica, la misma que le era ajena, por ejemplo, a Goethe, quien no tenía la misma óptica de Víctor Hugo.

En el primero lo social no estaba en su mente. No era parte de su angustia intelectual. En el segundo era todo lo contrario. Así, por la irrupción del librecambio, mientras los comerciantes veían un mundo apto y pletórico de posibilidades, el intelectual (romántico) asumía aquello de distinta manera, un futuro negro y perverso.

La función del intelectual ha sido buscarle tres pies al gato, aunque tuviera cuatro. Por eso te decía que la literatura –que quizás en el mundo clásico no era así– en el mundo moderno es un contrapoder, es una manera de oponer una resistencia a lo que es el poder temporal, el poder social.

Si en una sociedad determinada la Iglesia tiene un poder demasiado grande entonces la literatura suele tener un sesgo libertario, radical, antidogmático, porque es el poder que tiene al frente, y el que estimula más esa actitud crítica.

En un mundo totalitario la literatura –lo hemos visto en el caso de Rusia– más interesante, la que puede escapar al corsé terrible de la censura, es fundamentalmente una literatura antitotalitaria, antidogmática, que se defiende contra ese conformismo atroz que tiene la cultura dentro de una sociedad totalitaria.

En un mundo democrático, es un caso bien interesante. En la sociedad democrática la literatura no tiene necesariamente un sesgo antiautoritario porque ése es un problema teórico antes que real.

Entonces la literatura va por otro tipo de resistencias y puede defender el placer, en un mundo donde hay todavía mucho conservadurismo y muchos prejuicios.

Porque ese ribete crítico, rebelde, antipoder, para no decir antisistema, está siempre irrigando la literatura, unas veces de manera explícita y otras de manera indirecta.

Pero la literatura no parece ser –por lo menos en la edad moderna– una actividad para describir neutralmente la realidad, para contradecirla, para contrarrestarla, oponiéndole ideas o imágenes que de alguna manera la cuestionen.

Algunas veces la fuga es hacia la pura irrealidad y eso también puede tener un sentido crítico muy fuerte en un momento determinado. Por ejemplo, un caso muy interesante que señalan los críticos es Bartleby, de Melville.

Es el relato de un oficinista que un día se niega a trabajar, a ser activo, sin ninguna manifestación de hostilidad: simplemente, se niega a hacer nada. Al final, pierde la vida adoptando esa actitud de pasividad extrema.

Ahora, ¿en qué momento se escribe ese relato? En el momento de la máxima eclosión industrial en Estados Unidos, cuando este país pasa a ser rápidamente la potencia de dinero, del trabajo, del esfuerzo individual.

Bartleby es la oposición radical trágica: la inmolación de un individuo en contra de eso, como el bonzo que se quema protestando contra la guerra. Melville sostiene que ese mundo que se está cuajando alrededor de mí es completamente inaceptable y ¿qué voy a hacer yo? Nada, voy a bajar los brazos y voy a dejarme morir.

Es un símbolo extraordinario de la oposición a través de la ficción de la tendencia dominante e irresistible de una época. En eso sentido, tomando ese ejemplo, creo que toda gran literatura es siempre una literatura crítica, comprometida.

Hablando del proceso creativo, del oficio, de la experiencia en las técnicas narrativas, ¿padece crisis narrativas?

Creo más bien que uno vive en crisis permanentemente. A no ser que un escritor se vuelva un escritor rutinario, que ha llegado a dominar una técnica, y esa técnica simplemente alimenta todo lo que hace. Pero ése no es el escritor del que hablo, el escritor rutinario se vuelve rápidamente un cadáver.

Si un escritor está siempre cuestionando la realidad, a sí mismo, lo que ha hecho, fijándose topes diferentes, y además manteniendo una autocrítica muy intensa de lo que hace, eso lo hace vivir en la inseguridad y lo mantiene vivo. En el momento en el que empiece a sentirse muy seguro de sí mismo, se empieza a volver una estatua, y las estatuas son muy malos escritores.


Barranco, 6 de diciembre de 2001