
El izquierdista de salón, también conocido como el izquierdista caviar o el izquierdista sicofante, es de los sujetos más vivaces y el que mejor conoce y representa a la parapolítica o a la política entendida como un apéndice de la proctología (estudio de los esfínteres). Comúnmente trabaja con onegés y empresas extranjeras que tienen pactado llevarse en carretilla los recursos naturales de los países empobrecidos y sometidos a esclavitud. El izquierdista de salón, hábilmente quiere encubrir su verdaderos intereses y hacerle creer a todo el mundo que “lucha” a favor de los menos favorecidos, a favor de los pobres y olvidados de estas tierras del señor. Su lenguaje (muy parecido al de esa mujerzuela de los realitys show que ha confundido su boca con su ano) es de carácter tumefacto y amaniatado por el exuberante sueldo que sus patrones depositan en su cuenta bancaria con determinadas condiciones y reglas que tienen que cumplirse.
A propósito, siempre “fustiga” a la derecha cavernaria y jurásica, pero tiene la costumbre de no apuntar a los responsables, o sea señala el pecado, pero no al pecador, señala lo robado (y lo muestra con desparpajo e ironía) pero tiene miedo (y por supuesto, se cuida de no hacerlo) de señalar al ladrón; habla en plural y señala en plural (“eso está mejor” dice con aires de cinismo). Habla en difícil y siempre muestra una nube espesa de datos que enceguecen, confunden y no esclarecen el verdadero panorama porque le conviene mantener las cosas como están, para seguir parasitando y chupando, como maldita alimaña, piojo, pulga, chinche, garrapata, la sangre del pueblo que dice defender (contrario censu).
Ah, por cierto, se le da de culto en temas relacionados con el socialismo nativo (Mariátegui y su segundo apellido tallán, Galindo y el regreso del Incarry, Vallejo y el marxismo-leninismo-poeto-combativo, el MIR y sus queridos e inimitables Luchito de la Puente Uceda, Maximito Velando, Guillermito Lobatón, Javiercito Heraud, etc.) y le gusta participar e irse de lengua en debates (financiados por alguna institución extranjera con intereses mineros y portuarios, presta a la manipulación y a la estafa) donde encabritado y con horrísonos gruñidos de cerdo en celo, se manda su perorata sobre las izquierdas y el pensamiento “postmoderno” y delirante de Slavoj Žižek
Los fines de semana se le suele ver dando puñetazos a la mesa de un conocido bar de un distrito poetástrico, ese de los puentes y alamedas y huariques de mala muerte donde se reúne con otros pobres diablos y mequetrefes intelectuales con doctorados en una universidad dirigida por un sacerdote pederasta que se masturba los domingos por la mañana, antes de la misa, con la imagen retocada y en tercera dimensión de Escrivá de Balaguer. Ahí nuestro izquierdista de salón hace honor a su nombre y se emborracha decimonónicamente con jemjibre (regalo de unos amigos rusos), se embute de cocaína barata, cabanosi picante, pan con chicharrón, tequeños con queso de búfala, etc., y sueña con la revolución, los miasmas del “Ché” y “la victoria del proletariado”. Ahí en su laberinto mental se ve dirigiendo su propio “ejército de liberación”, haciendo repartijas a lo Robin Hood y gritando y cantando “La Internacional” (¿!), o alguna cancioncita de “Quilapayún” (¿Cantata Santa María de Iquique?) a voz en cuello y atorándose por la contundencia de sus alaridos mientras –sin percatarse y puteando a todo el mundo- vomita, en la realidad supina, en la espalda de otro “revolucionario” profesor universitario, dormido y borracho, que ha liberado hace rato (quizás en el fondo es lo que entienden por liberar) sus heces en el pantalón.
Este tipo de izquierdista es tan “correcto” que tiene a uno de sus hijos fronterizos estudiando Derecho en el extranjero, y a otro, el menor, con rasgos esquizoides, estudiando “Administración de Empresas” en una conocida universidad particular (no, hermano, en una universidad nacional, ni cagando, además, así me aseguro que mis hijos no vayan a salir terrucos, imagínate tú, no me vaya a ocurrir como le pasó a ese cojudo de Desco, o a la bailarina, esa, cuya carne se la comerán los gusanos y no nosotros o, perdón, alguno de nosotros…).
La esposa de este izquierdista de salón también se presta al juego, ha visto que su vida se ha alivianado y ha cambiado drásticamente, ahora es socia de un distinguido club que protege a los animales, va todos los días al “salón de belleza” y tiene continuos viajes de placer al extranjero, hasta la esposa de un ministro la tiene entre sus amigas predilectas, le ha presentado a su cosmiatra personal y a su cirujano plástico con apariencia de carnicero (“hábil en aplanar y estirar esas arrugas y patas de gallo y bajar un poco los mondongos”) y la invita a jugar canasta y a ver secretamente películas pornográficas (cinco equis) con el desaparecido John Holmes y el dotado Ron Jeremy (esas son los pequeños placeres que da las carreras de nuestros mariditos), hasta le ha regalado un vibrador de vidrio hecho en murano para las noches solitarias cuando esté de viaje su “amado esposo”. (“No te preocupes en agradecérmelo hija, primero úsalo y después me das las gracias. No te olvides que para eso están las amigas”). Al despedirse, la esposa del izquierdista de salón recibe un sorpresivo beso en los labios de parte de la refinada damisela del Ministro. (Ay, disculpa querida, fue un pequeño accidente, no te olvides que el domingo vamos a ir a cazar patos y montar a caballo, es divertidísimo, trata de venir sola, tengo algo que mostrarte, dice, mientras se pone un dedo en sus rojos labios carmesí inyectados con colágeno como si fuera una molleja).
El izquierdista de salón orgulloso de su esposa arribista y sus dos hijos imbéciles, sabe que tiene que mantener su imagen y se cuida de verse cercano a sus supuestos enemigos o rivales ideológicos, generalmente usa el chateo o los mensajes en el blackberry. El teléfono es peligroso, con tanto chuponeo, uno no sabe, hay que fijarse mucho si uno quiere hacer carrera con esto de la izquierda. Justamente anoche, un mensaje de texto le avisaba de una reunión secreta con uno de sus compadres liberales en un conocido sauna de ambiente y pensadores alegres. La última frase que escarapeló de placer los vellos de su espalda, decía: “Hermanón, no te olvides de llevar tu babydoll rojo para jugar a la guerra de partidos e izar mi asta en tus carnosas grupas de revolucionario suicida. No te olvides que llevaré los látigos dominatrix, marcados con “la hoz y el martillo”, que me pediste. Te espero, no falles, mi rojilla shemale. Firma: El pensador erguido y derecho, asesor de la presidencia y próximo candidato de peso a un escaño parlamentario”.
El izquierdista de salón, mientras revisaba presuroso el ropero de su mujer arribista algo se le hacía agua dentro de sí, el ansia le dejaba cierta erección y cierta contracción en su rollizas nalgas como si quisiera evacuar, cuando de pronto se topó con el vibrador de murano escondido entre la ropa interior y el babydoll rojo que, a propósito, y con otros fines, había comprado a su mujer. Fue en uno de esos viajes a Europa, precisamente en Suecia donde este tipo de ropa interior es de uso unisex, cuestión que aprovechó y le (se) hizo el regalito a su consorte. En cierto momento reflexionó un poco –cosa que pocas veces hacía- y se preguntó si la política, esa “comunión y lucha constante de los hombres de progreso, ese gran negocio por arrear ganado electoral y pregonar su ideología izquierdista” no se reducía –quizá con un poco de esfuerzo- a un falo erecto en su propio trasero.

