
En uso del llamado "derecho a réplica", Rafael Inocente, me hace llegar la siguiente carta dirigida a Héctor Ñaupari. Espero que este intercambio de misivas no sulfate la amistad entre el novelista (biólogo) y el poeta (abogado) y, más bien, lo dialógico ayude a encontrar afinidades y nuevas luces de lo que es la libertad y lo que debería ser en un país de verdadera democracia. En cuanto a Cuba (país del cual tengo un extenso ensayo titulado "Cuba 666"), me reservo mi apreciación.
Aquí el texto reactivo:
Respuesta al poeta Héctor Ñaupari: la retórica de la libertad
"El capitalismo es perfectamente compatible con la esclavitud, la democracia no"
El futuro del capitalismo
L. Thurow
Bien, Héctor. Espero que este intercambio epistolar no se torne en un diálogo de sordos. Ensayaré una respuesta que probablemente no logre modificar su particular percepción acerca de Cuba, pero si cuestionar el ardor con el cual defiende sus ideales liberales.
Mal de muchos, consuelo de tontos, solían repetir nuestros abuelos para referir aquella malhadada costumbre de mirar la paja en el ojo ajeno y no ver la suya propia. Pues bien, al aludir a la desigualdad, la explotación y la corrupción que se ha enseñoreado en nuestra patria en estos casi 20 años de gobiernos asesorados por liberales de toda laya, no fue mi intención justificar lo que sucede con el pueblo de Cuba, una nación soberana condenada a un proceso de demolición lento, agresivo y doloroso por el País de las Grasas Saturadas en el Cerebro. Una condena que sí se hizo efectiva con la República de Haití, aquella que se atrevió a proclamar la Primera República Negra en el Nuevo Mundo a inicios del s. XIX, después de derrotar a la fuerza de elite enviada por el Imperio napoleónico, que invadió su territorio con el único fin de restaurar la esclavitud, masacrar a buena parte de su pueblo e intentar liquidar a la dirección militar y política de aquella revolución. Nunca se lo perdonaron y hoy Haití es un despojo de nación que los poderosos usan como lección a todo aquél pueblo que elija el camino de la libertad, esa libertad por la que usted se bate ahora con furor uterino.
El mito de la inferioridad de la raza negra largamente incubado por los defensores de pseudociencias como la antropometría y la frenología fue derribado de una patada en el poto por el fantasma indoblegable del general Toussaint Louverture, traicionado y muerto luego en una cárcel francesa. Hay que volver una y otra vez sobre estas páginas heroicas de la lucha de los pueblos del mundo, porque en la actualidad aún hay mucho que meditar alrededor de ella. Aquella fue una lección de lucha anticolonialista y antiesclavista sin par, similar a la que da ahora el pueblo cubano.
Es que, Héctor, no se trata de que el liberalismo sea injustamente comprendido, pues ese liberalismo que le reconforta y que le sirve de punto de apoyo para cuestionar la intromisión del estado en las libertades civiles del pueblo caribeño, es un sistema ideológico ambivalente, que usted ha optado por representar garbosamente en tierras andinas. ¿Y por qué digo ambivalente? Podría usar un término más duro, pero me he prometido a mí mismo intentar ser diplomático. Simplemente no logro comprender, estimado Héctor, cómo siendo usted un hombre de mundo, poeta culto, esclarecido y consciente de la villanía de las clases dominantes persista en la obcecada defensa de un orden contrario a cualquier tipo de libertad e insostenible desde cualquier punto de vista, sea económico, sea ecológico, sea ético o social. Y es que la crítica que usted realiza en su artículo al gobierno de Cuba y la conmoción que afirma sentir ante las carestías, represión y corrupción en tierras cubanas deberían además conducirle a severa reflexión acerca de los mismos males en lugares del mundo en donde el liberalismo ha sentado sus reales con tanta o mayor fuerza que el gobierno en Cuba.
Cuba es de alguna forma lo que Haití fue a las batallas de ideas que se dieron por aquél entonces entre el feudalismo decadente y el capitalismo, en las épocas aurorales de su fase industrial. El triunfo de una revolución negra en pleno Caribe, una revolución antiesclavista exitosa que atizó las discusiones acaloradas a la luz de un capitalismo industrial naciente, generó bandos encontrados. En aquellas épocas emergían nuevas clases económico-sociales dotadas de un gran poder intelectual resultado de la Ilustración: por un lado, el desarrollo pujante de las ideas liberales de la burguesía concretadas en las dos grandes revoluciones burguesas, la de las 13 colonias inglesas y la francesa, y por el otro, rechazo al capitalismo y crítica a la sociedad burguesa dieciochesca por parte de una intelectualidad identificada con las tesis más avanzadas del socialismo y la resistencia de un proletariado industrial cuyo crecimiento numérico era desbordante debido a la ruina y el empobrecimiento de la sociedad agraria feudal.
¿Por qué reseño todo esto? Porque Cuba es más allá de sus problemas, un símbolo, es el punto de quiebre de las discusiones entre liberales y lo que usted graciosamente denomina progresía intelectual, cenáculo selecto que todavía no me cursa invitación alguna. Pero más allá de carestías y progresías, Cuba es su gente, esa gente real que vive, lucha, sufre y ama.
Alguna vez me preguntó, estimado Héctor, ¿Y qué sería de aquél pueblo cubano, culto, educado, políglota y generoso si en vez de la tenebrosa gerontocracia que la gobierna, disfrutase de democracia? ¿Qué sería Cuba en democracia?
¿Pero qué tipo de democracia, estimado "Jéctor"? ¿Qué democracia?
Vuelvo aquí a lo que dije párrafos arriba. El liberalismo es una teoría económica y de acción política fundamentalista y ante todo, ambivalente. Ambivalente por no presentar como problemática la relación de los derechos políticos e individuales por un lado, y los derechos económicos de la propiedad privada, por el otro. Históricamente, la alianza de democracia y liberalismo, ha sido absolutamente ambigua. En el siglo XIX, cuando la política liberal tuvo su apogeo, los tres principios coherentes que caracterizan esta ideología fueron la libertad de expresión, el imperio de la ley y principalmente, el derecho de propiedad privada, junto con la libre competencia económica. A través de su historia, los liberales del siglo XIX mostraron que eran siempre menos importantes la libertad de expresión y el Estado de derecho que la defensa de la propiedad privada y por tanto, el establecimiento. Pero el comportamiento del liberalismo con la democracia no fue disociado solamente en el siglo XIX. La racionalidad económica con la que se han obnubilado la mayoría de liberales, los torna defensores de lo más retrógrado del ser humano: basta descorrer el velo para darse cuenta que bajo aquellos tules de seda se esconde una retórica de la libertad que no admite otra adjetivación de la naturaleza humana que no sea la económica. Cuando Hayek, y lo cito literalmente, dijo "Qué tengamos que ver con la justicia social es sencillamente una superstición del tipo de las que, por respeto a la paz, podemos admitir en la medida que ello hace felices a sus partidarios, pero contra lo que debemos luchar cuando esos principios pretendan ser impuestos a otros hombres. La creencia predominante en la justicia social de la actualidad es naturalmente la mayor amenaza a los demás valores de una civilización libre" (Hayek, 1981: Recht, Gesetzgebung und Freiheit, Bd. 2, Landsberg am Lech: 98)", el tío no estaba bromeando. Poco después agrupados bajo la Sociedad del Monte Peregrino parieron esa brillante treta llamada economía social de mercado, financiados por grandes corporaciones norteamericanas y gigantescas transnacionales. Pues bien, ese liberalismo autoritario, fundamentalista y dramáticamente inculto es el que ha calado en estas tierras, sea bajo el rostro amable de la economía social de mercado o el siniestro de los monetaristas que sostuvieron las sangrientas dictaduras latinoamericanas (Argentina, Chile, Uruguay y Perú).
En el año 1973, cuando el status quo se vio en peligro en Chile toda la fraseología pseudolibertaria de Hayek se fue al carajo. Si la realización de la libertad natural sin violencia alguna era el objetivo acariciado por los liberales, la hipocresía de sus principios quedó demostrada de manera sangrienta y criminal. Si la ejecución del proyecto neoliberal en sí mismo era puesto en peligro, este principio se vulneraba fácilmente. Se debía de proceder en forma absolutamente dogmática y pragmática. Y esa es una innegable lección de la historia, Héctor, algo sobre lo que yo quisiera una explicación desde su insaciable y profundo deseo liberalista. Porque el golpe de estado en Chile, preparado y financiado por la CIA, contó con el apoyo expreso de economistas liberales, entre ellos Hayek. Y porque en el Chile pinochetista no existió (amigos chilenos me cuentan que hasta hoy no existe y la valiente acción de la adolescente Música Sepúlveda dice mucho de una sociedad terriblemente clasista y acomplejada) durante mucho tiempo libertad de expresión, estado de derecho, libertades civiles ni nada que se le parezca, al igual que en el Perú de la época fujimorista. El experimento político-económico que significó para el pueblo chileno la puesta en práctica por primera vez, bajo el asesoramiento de un liberal como Milton Friedman, es hoy por hoy un peligro latente para la paz en América del Sur pero sobre todo para el Perú, pues la política económica liberal y autoritaria se expande cada vez más peligrosamente a nuestra patria con la complicidad de la clase política y el beneplácito de intelectuales que critican candorosamente las injusticias en Cuba, pero no son capaces de reparar en la desigualdad económica y social que han producido gobiernos (democracias o dictaduras) asesorados por liberales de todo pelaje.
Repito, estimado Héctor, usted como librepensador debería coincidir, cuando se ha tratado de defender alguno de los tres postulados básicos del liberalismo, a saber, la libertad de expresión, el estado de derecho y el derecho a la propiedad privada, el liberalismo siempre ha optado abierta y sospechosamente por esta última.
Por ello me sorprende su sincera y ardorosa defensa de los derechos del pueblo cubano, es usted un admirador de Hayek muy atípico, pues a este señor le importaban un pepino las libertades individuales cuando de cuidar el bolsillo de los poderosos se trataba, allí si era práctico y ortodoxo para recurrir al golpe de estado y a la violencia de clase en contra de quienes osaban subvertir el orden establecido. No, no reaccione así, estimado "Jéctor" que no voy a caer en el simplismo de igualar a Hayek con Pinocho. Al primero le bastaba el mercado. Al segundo, como a muchos otros de su misma calaña, le bastaron las armas. En rigor, a ambos les sobraron la democracia y aquél valor tan caro a ustedes los liberales y a nosotros, los libertarios, la libertad.
En momentos en que termino de pergeñar estas líneas se celebra en el distrito de Miraflores una Marcha/Fiesta por la Paz en solidaridad con las víctimas de la violencia en el hermano país de Colombia, la que está siendo cubierta desde todos los ángulos por las televisoras sobre todo por el ángulo que mejor ofrece Luz Marina Zevallos. Por otro lado, en la mañana de hoy se enterraron los restos de las víctimas de la matanza de La Cantuta después de 16 años de haber sido secuestrados, torturados, quemados y asesinados por el Grupo Colina durante el régimen dictatorial liberal de Alberto Kenya Fujimori (1990-200), crimen atroz respecto al cual los liberales jamás se pronunciaron (¿o me equivoco, Héctor?). El entierro ha ocurrido en medio de incidentes provocados por las exigencias absurdas de un funcionario de la Beneficencia Pública a los deudos de los estudiantes asesinados, originados a su vez por la ausencia de ciertos documentos (autorizaciones y trámites legales para la inhumación de los restos de los estudiantes asesinados) que debió haber entregado a tiempo el Ministerio de Justicia. Esta afrenta final a la memoria de los universitarios asesinados con autorización de las más altas jerarquías militares y civiles para escarmentar al pueblo combatiente es también una afrenta a la memoria de las decenas de miles de desaparecidos durante la guerra fratricida que ensangrentó nuestra patria, como también es una afrenta para el pueblo consciente esa farsa de juicio en donde el pobre diablo Vladimiro Montesinos zarandea a jueces pusilánimes e ignorantes como le viene en gana. ¿Dónde pues el estado de derecho, las libertades individuales y civiles, el que todos somos iguales ante la ley?
Pero vamos, Héctor, hoy tocarán en la Fiesta por La Paz los engreídos de Montesinos, Losnosequienylosnosecuantos, el Grupo Kaliente de Iquitos y varias orquestas colombianas y ya que usted es el autodenominado Yaipén de la poesía peruana, divertido Héctor, creo que me daré una vuelta por el Parque Salazar para mover las caderas al ritmo de Shakira, Juanes y otros preclaros exponentes del nuevo arte colocho, que recordar muertos antiguos es tarea ociosa de los que han hecho del duelo una forma de vida.
Siempre suyo,
Rafael Inocente
(Arriba: aviso aparecido en página Web de Miami)




