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domingo, 20 de julio de 2008

"LA RETÓRICA DE LA LIBERTAD", RESPUESTA DE RAFAEL INOCENTE A HÉCTOR ÑAUPARI



En uso del llamado "derecho a réplica", Rafael Inocente, me hace llegar la siguiente carta dirigida a Héctor Ñaupari. Espero que este intercambio de misivas no sulfate la amistad entre el novelista (biólogo) y el poeta (abogado) y, más bien, lo dialógico ayude a encontrar afinidades y nuevas luces de lo que es la libertad y lo que debería ser en un país de verdadera democracia. En cuanto a Cuba (país del cual tengo un extenso ensayo titulado "Cuba 666"), me reservo mi apreciación.
Aquí el texto reactivo:

Respuesta al poeta Héctor Ñaupari: la retórica de la libertad


"El capitalismo es perfectamente compatible con la esclavitud, la democracia no"

El futuro del capitalismo

L. Thurow

Bien, Héctor. Espero que este intercambio epistolar no se torne en un diálogo de sordos. Ensayaré una respuesta que probablemente no logre modificar su particular percepción acerca de Cuba, pero si cuestionar el ardor con el cual defiende sus ideales liberales.

Mal de muchos, consuelo de tontos, solían repetir nuestros abuelos para referir aquella malhadada costumbre de mirar la paja en el ojo ajeno y no ver la suya propia. Pues bien, al aludir a la desigualdad, la explotación y la corrupción que se ha enseñoreado en nuestra patria en estos casi 20 años de gobiernos asesorados por liberales de toda laya, no fue mi intención justificar lo que sucede con el pueblo de Cuba, una nación soberana condenada a un proceso de demolición lento, agresivo y doloroso por el País de las Grasas Saturadas en el Cerebro. Una condena que sí se hizo efectiva con la República de Haití, aquella que se atrevió a proclamar la Primera República Negra en el Nuevo Mundo a inicios del s. XIX, después de derrotar a la fuerza de elite enviada por el Imperio napoleónico, que invadió su territorio con el único fin de restaurar la esclavitud, masacrar a buena parte de su pueblo e intentar liquidar a la dirección militar y política de aquella revolución. Nunca se lo perdonaron y hoy Haití es un despojo de nación que los poderosos usan como lección a todo aquél pueblo que elija el camino de la libertad, esa libertad por la que usted se bate ahora con furor uterino.

El mito de la inferioridad de la raza negra largamente incubado por los defensores de pseudociencias como la antropometría y la frenología fue derribado de una patada en el poto por el fantasma indoblegable del general Toussaint Louverture, traicionado y muerto luego en una cárcel francesa. Hay que volver una y otra vez sobre estas páginas heroicas de la lucha de los pueblos del mundo, porque en la actualidad aún hay mucho que meditar alrededor de ella. Aquella fue una lección de lucha anticolonialista y antiesclavista sin par, similar a la que da ahora el pueblo cubano.

Es que, Héctor, no se trata de que el liberalismo sea injustamente comprendido, pues ese liberalismo que le reconforta y que le sirve de punto de apoyo para cuestionar la intromisión del estado en las libertades civiles del pueblo caribeño, es un sistema ideológico ambivalente, que usted ha optado por representar garbosamente en tierras andinas. ¿Y por qué digo ambivalente? Podría usar un término más duro, pero me he prometido a mí mismo intentar ser diplomático. Simplemente no logro comprender, estimado Héctor, cómo siendo usted un hombre de mundo, poeta culto, esclarecido y consciente de la villanía de las clases dominantes persista en la obcecada defensa de un orden contrario a cualquier tipo de libertad e insostenible desde cualquier punto de vista, sea económico, sea ecológico, sea ético o social. Y es que la crítica que usted realiza en su artículo al gobierno de Cuba y la conmoción que afirma sentir ante las carestías, represión y corrupción en tierras cubanas deberían además conducirle a severa reflexión acerca de los mismos males en lugares del mundo en donde el liberalismo ha sentado sus reales con tanta o mayor fuerza que el gobierno en Cuba.

Cuba es de alguna forma lo que Haití fue a las batallas de ideas que se dieron por aquél entonces entre el feudalismo decadente y el capitalismo, en las épocas aurorales de su fase industrial. El triunfo de una revolución negra en pleno Caribe, una revolución antiesclavista exitosa que atizó las discusiones acaloradas a la luz de un capitalismo industrial naciente, generó bandos encontrados. En aquellas épocas emergían nuevas clases económico-sociales dotadas de un gran poder intelectual resultado de la Ilustración: por un lado, el desarrollo pujante de las ideas liberales de la burguesía concretadas en las dos grandes revoluciones burguesas, la de las 13 colonias inglesas y la francesa, y por el otro, rechazo al capitalismo y crítica a la sociedad burguesa dieciochesca por parte de una intelectualidad identificada con las tesis más avanzadas del socialismo y la resistencia de un proletariado industrial cuyo crecimiento numérico era desbordante debido a la ruina y el empobrecimiento de la sociedad agraria feudal.

¿Por qué reseño todo esto? Porque Cuba es más allá de sus problemas, un símbolo, es el punto de quiebre de las discusiones entre liberales y lo que usted graciosamente denomina progresía intelectual, cenáculo selecto que todavía no me cursa invitación alguna. Pero más allá de carestías y progresías, Cuba es su gente, esa gente real que vive, lucha, sufre y ama.

Alguna vez me preguntó, estimado Héctor, ¿Y qué sería de aquél pueblo cubano, culto, educado, políglota y generoso si en vez de la tenebrosa gerontocracia que la gobierna, disfrutase de democracia? ¿Qué sería Cuba en democracia?

¿Pero qué tipo de democracia, estimado "Jéctor"? ¿Qué democracia?

Vuelvo aquí a lo que dije párrafos arriba. El liberalismo es una teoría económica y de acción política fundamentalista y ante todo, ambivalente. Ambivalente por no presentar como problemática la relación de los derechos políticos e individuales por un lado, y los derechos económicos de la propiedad privada, por el otro. Históricamente, la alianza de democracia y liberalismo, ha sido absolutamente ambigua. En el siglo XIX, cuando la política liberal tuvo su apogeo, los tres principios coherentes que caracterizan esta ideología fueron la libertad de expresión, el imperio de la ley y principalmente, el derecho de propiedad privada, junto con la libre competencia económica. A través de su historia, los liberales del siglo XIX mostraron que eran siempre menos importantes la libertad de expresión y el Estado de derecho que la defensa de la propiedad privada y por tanto, el establecimiento. Pero el comportamiento del liberalismo con la democracia no fue disociado solamente en el siglo XIX. La racionalidad económica con la que se han obnubilado la mayoría de liberales, los torna defensores de lo más retrógrado del ser humano: basta descorrer el velo para darse cuenta que bajo aquellos tules de seda se esconde una retórica de la libertad que no admite otra adjetivación de la naturaleza humana que no sea la económica. Cuando Hayek, y lo cito literalmente, dijo "Qué tengamos que ver con la justicia social es sencillamente una superstición del tipo de las que, por respeto a la paz, podemos admitir en la medida que ello hace felices a sus partidarios, pero contra lo que debemos luchar cuando esos principios pretendan ser impuestos a otros hombres. La creencia predominante en la justicia social de la actualidad es naturalmente la mayor amenaza a los demás valores de una civilización libre" (Hayek, 1981: Recht, Gesetzgebung und Freiheit, Bd. 2, Landsberg am Lech: 98)", el tío no estaba bromeando. Poco después agrupados bajo la Sociedad del Monte Peregrino parieron esa brillante treta llamada economía social de mercado, financiados por grandes corporaciones norteamericanas y gigantescas transnacionales. Pues bien, ese liberalismo autoritario, fundamentalista y dramáticamente inculto es el que ha calado en estas tierras, sea bajo el rostro amable de la economía social de mercado o el siniestro de los monetaristas que sostuvieron las sangrientas dictaduras latinoamericanas (Argentina, Chile, Uruguay y Perú).

En el año 1973, cuando el status quo se vio en peligro en Chile toda la fraseología pseudolibertaria de Hayek se fue al carajo. Si la realización de la libertad natural sin violencia alguna era el objetivo acariciado por los liberales, la hipocresía de sus principios quedó demostrada de manera sangrienta y criminal. Si la ejecución del proyecto neoliberal en sí mismo era puesto en peligro, este principio se vulneraba fácilmente. Se debía de proceder en forma absolutamente dogmática y pragmática. Y esa es una innegable lección de la historia, Héctor, algo sobre lo que yo quisiera una explicación desde su insaciable y profundo deseo liberalista. Porque el golpe de estado en Chile, preparado y financiado por la CIA, contó con el apoyo expreso de economistas liberales, entre ellos Hayek. Y porque en el Chile pinochetista no existió (amigos chilenos me cuentan que hasta hoy no existe y la valiente acción de la adolescente Música Sepúlveda dice mucho de una sociedad terriblemente clasista y acomplejada) durante mucho tiempo libertad de expresión, estado de derecho, libertades civiles ni nada que se le parezca, al igual que en el Perú de la época fujimorista. El experimento político-económico que significó para el pueblo chileno la puesta en práctica por primera vez, bajo el asesoramiento de un liberal como Milton Friedman, es hoy por hoy un peligro latente para la paz en América del Sur pero sobre todo para el Perú, pues la política económica liberal y autoritaria se expande cada vez más peligrosamente a nuestra patria con la complicidad de la clase política y el beneplácito de intelectuales que critican candorosamente las injusticias en Cuba, pero no son capaces de reparar en la desigualdad económica y social que han producido gobiernos (democracias o dictaduras) asesorados por liberales de todo pelaje.

Repito, estimado Héctor, usted como librepensador debería coincidir, cuando se ha tratado de defender alguno de los tres postulados básicos del liberalismo, a saber, la libertad de expresión, el estado de derecho y el derecho a la propiedad privada, el liberalismo siempre ha optado abierta y sospechosamente por esta última.

Por ello me sorprende su sincera y ardorosa defensa de los derechos del pueblo cubano, es usted un admirador de Hayek muy atípico, pues a este señor le importaban un pepino las libertades individuales cuando de cuidar el bolsillo de los poderosos se trataba, allí si era práctico y ortodoxo para recurrir al golpe de estado y a la violencia de clase en contra de quienes osaban subvertir el orden establecido. No, no reaccione así, estimado "Jéctor" que no voy a caer en el simplismo de igualar a Hayek con Pinocho. Al primero le bastaba el mercado. Al segundo, como a muchos otros de su misma calaña, le bastaron las armas. En rigor, a ambos les sobraron la democracia y aquél valor tan caro a ustedes los liberales y a nosotros, los libertarios, la libertad.

En momentos en que termino de pergeñar estas líneas se celebra en el distrito de Miraflores una Marcha/Fiesta por la Paz en solidaridad con las víctimas de la violencia en el hermano país de Colombia, la que está siendo cubierta desde todos los ángulos por las televisoras sobre todo por el ángulo que mejor ofrece Luz Marina Zevallos. Por otro lado, en la mañana de hoy se enterraron los restos de las víctimas de la matanza de La Cantuta después de 16 años de haber sido secuestrados, torturados, quemados y asesinados por el Grupo Colina durante el régimen dictatorial liberal de Alberto Kenya Fujimori (1990-200), crimen atroz respecto al cual los liberales jamás se pronunciaron (¿o me equivoco, Héctor?). El entierro ha ocurrido en medio de incidentes provocados por las exigencias absurdas de un funcionario de la Beneficencia Pública a los deudos de los estudiantes asesinados, originados a su vez por la ausencia de ciertos documentos (autorizaciones y trámites legales para la inhumación de los restos de los estudiantes asesinados) que debió haber entregado a tiempo el Ministerio de Justicia. Esta afrenta final a la memoria de los universitarios asesinados con autorización de las más altas jerarquías militares y civiles para escarmentar al pueblo combatiente es también una afrenta a la memoria de las decenas de miles de desaparecidos durante la guerra fratricida que ensangrentó nuestra patria, como también es una afrenta para el pueblo consciente esa farsa de juicio en donde el pobre diablo Vladimiro Montesinos zarandea a jueces pusilánimes e ignorantes como le viene en gana. ¿Dónde pues el estado de derecho, las libertades individuales y civiles, el que todos somos iguales ante la ley?

Pero vamos, Héctor, hoy tocarán en la Fiesta por La Paz los engreídos de Montesinos, Losnosequienylosnosecuantos, el Grupo Kaliente de Iquitos y varias orquestas colombianas y ya que usted es el autodenominado Yaipén de la poesía peruana, divertido Héctor, creo que me daré una vuelta por el Parque Salazar para mover las caderas al ritmo de Shakira, Juanes y otros preclaros exponentes del nuevo arte colocho, que recordar muertos antiguos es tarea ociosa de los que han hecho del duelo una forma de vida.


Siempre suyo,

Rafael Inocente



(Arriba: aviso aparecido en página Web de Miami)

jueves, 17 de julio de 2008

CARTA (¿VETADA?) DE HÉCTOR ÑAUPARI



Acabo de llegar de un viaje corto y (al abrir mi correo) me encuentro con la respuesta, casi inmediata, de Héctor Ñaupari a Rafael Inocente. No sé de quién es la queja que aparece en “Luz de Limbo” sobre un posible “veto” ¿? Creo que hay una agilidad por sindicar a los antidemocráticos, en todo caso sirva la presente para alentar la amistad crítica y el comportamiento alturado, donde la búsqueda de la verdad y la razón estén por encima de intereses suntuarios; asimismo, sirva la aclaración para apuntar que no es este blog el primero en recibir la carta de Inocente, y, según me cuenta él mismo, la carta fue dirigida primero a otros blogs donde no halló mayores respuestas.

Sin mayores comentarios dejo aquí la carta del polémico Héctor Ñaupari:


Estimado Rafael,

En primer lugar, mis saludos. Felicito lo que considero un gran avance, de parte de un sector de la progresía intelectual que usted integra, reconocer que Cuba no era el paraíso terrenal que habían defendido con tanto ardor durante tantos años y, aunque ya en una significativa minoría, todavía defienden.

Lo que sí debo aclarar de entrada era que, en mi visita a Cuba, no iba a esperar encontrar esa “Familia Ingalls caribeña” a la que alude. Sólo el inmenso peso de la evidencia informada hasta el agotamiento por sectores e instituciones progresistas como Amnistía Internacional, denunciando las incontables violaciones a los derechos humanos cometidos por la dictadura cubana me parece suficiente para, uniéndolo a lo que ví y padecí en mi estancia en la isla, diera cuenta de este testimonio: un país del que no se puede salir, no se puede leer lo que uno quiera, no se puede expresar libremente, no se puede trabajar libremente, no se puede ser dueño de lo que se gana, en el que no se puede caminar por sus calles, sus playas, y en el que todos se suponen delatores, no es un país que mereciera tal nombre.

En tal caso, si usted considerara dignos y elevados los principios del socialismo, tendría por fuerza que coincidir conmigo que esta terrible situación no se asemeja, ni por asomo, al socialismo en el que usted cree con convicción. De hecho, en mis conversaciones con los cubanos socialistas en la isla, era evidente que no poder comer, ni tener un techo que protegerlos del aguacero, ni una medicina, no tenía nada que ver con el socialismo que defienden.

En lo que sí debo discrepar con usted es que se pretenda confundir una realidad como la peruana con la cubana. Los males de los demás no alivian los propios. Tampoco, a fuerza de hacerlos semejantes, los males nuestros se convierten mágicamente en más llevaderos. Los males de los cubanos, por ende, no se hacen buenos ni se atenúan sólo por contrastarlos con los nuestros. Y es que estábamos hablando de la situación de Cuba. Por difíciles que sean nuestras propias circunstancias y vicisitudes, en la medida en que no nos sean conculcados nuestros derechos, podemos superar esos problemas. En una dictadura, como seguramente sabrá por su experiencia y sus lecturas, eso no es posible.

Terminando, déjeme decirle que no guardo ninguna nostalgia por el régimen de Fulgencio Batista, al cual se ha terminando pareciendo tanto esta dictadura castrista. La idea de una democracia cubana, con libertad y con igualdad, con oportunidades y bienestar, no tiene porque ser incompatible con las metas a las que ambos aspiramos, pues a pesar de parecer opuestas, no lo son tanto, si son bien analizadas. Un librepensador debería entender esto, ¿no le parece?

Para concluir, ¿Para qué juego? Para la libertad. La de los cubanos. La de nosotros. ¿Para quién juego? Para todo aquél que quiera ser libre, y pensar libremente, parecido o diferente a mí, como por ejemplo usted, pues a pesar de tener ideas distintas defenderé siempre su derecho de expresarlas.

Atentamente

Héctor Ñaupari

martes, 27 de mayo de 2008

(OTRA) CARTA ABIERTA AL SEÑOR HAROLD (EDITORIAL ZIGNOS)

Estimados, amigos, al parecer este blog se ha convertido en el punto de los ataques informáticos. Hace tres días que no he podido postear nada, un extraño bicho me redireccionaba a otro lugar infame de la blogósfera; pero,como les dije hace unos meses, tengo un amigo en la avenida Wilson que puede encargarse perfectamente de estas cosas. Total, si lograran anular este blog, veré la forma de abrir otro y así en una tautología necesaria, continuar con mi trabajo blogeril. Aquí una carta del escritor Rafael Inocente, al cual pido disculpas por la demora.



CARTA ABIERTA AL SEÑOR HAROLD (EDITORIAL ZIGNOS)

Señor Harold Alva:

El cinismo y la ceguera son atributos de quienes, en vez de rebelarse, se refocilan con la realidad como los cerdos en el lodo. Y el grado de cinismo al que usted ha llegado con sus excusas y palabrería para justificar lo indefendible, resulta increíble.

Allá por 1920 ocurrió una famosa polémica en la cual se formuló una vieja pregunta, ¿por dónde pasaba el meridiano cultural de América Latina? La respuesta que indignó a los jóvenes escritores latinoamericanos de aquél entonces es que tal meridiano pasaba necesariamente por Madrid. Cuando Unamuno intervino en la discusión, dijo tajante que se estaba torciendo el tema principal, lo que estamos discutiendo, dijo Unamuno, no es por dónde pasa el meridiano cultural, si no por dónde pasa el meridiano editorial, es decir, no estamos hablando de arte sino de economía. Esta cuestión sigue latente hoy en día y con mucho más fuerza. Si en los años 20 existía una independencia que permitía a los jóvenes escritores latinoamericanos rebelarse indignados, hoy las grandes editoriales, están en Madrid y en Barcelona. Es por esos lares, lamentablemente, por donde pasa hoy nuestro meridiano editorial y, en no menor medida, el "intelectual".

Steiner decía que la censura del mercado no es menos terrible para el escritor que la censura que, hace tiempo, llamaron estalinista. Se habla siempre de esta censura política, pero pocos son los que se atreven a nombrar con nombre y apellido a la segunda, la censura del mercado, que se oculta o disfraza y puede ser ejercida por elegantes ejecutivos de periódicos decanos, por reporteros culturales de aspecto trajinado o deliciosas ladies de voz arrobadora. Una engendra rechazo inmediato y general, la otra casi siempre pasa desapercibida y decir algo sobre ella sería insensato, como insensato es ahora mandarse en contra de las sacrosantas leyes del mercado. No es cosa de sonrojarse y negarlo, barajándose en las cosas buenas que de seguro existen, pero decir que casi todo huele a mierda en el mundo editorial peruano, es una verdad de Perogrullo.

Varios otros motivos me llevaron pues a tomar las cosas con calma y no apresurarme en publicar mi Ciudad de los Culpables. Conocedor de lo manaturaloso del ambiente culturete y "literario" en un país que compra libros (Holler, Cornejo y Rosado, Cruz, Rampolla, Coelho, Johnson, Mandino y mejor no sigo, que me perdonen los optimistas) pero ignora la literatura, decidí esperar el momento adecuado para iniciar la romántica empresa de editar una novela en el País de las Combis Asesinas y la Puticumbia Estridente. Primer error. Pese a haber sido reseñada antes de ser publicada—La Ciudad de los Culpables— en El Pacto con el Diablo, el libro de ensayos de nuestro querido Miguel Gutiérrez, y pese también a generosos ofrecimientos realizados por algunas editoriales, me negué repetidas veces a acelerar el parto mediante una peligrosa cesárea sugerida por médicos a palos. Preferí el parto natural, sin prisas ni sobresaltos fuera de hora, para así no deber nada a nadie al momento de decir mi verdad. A mediados del 2007, Arturo Delgado Galimberti, aquél novelista de culto ignorado campantemente por el establecimiento, me presentó al poeta Rodolfo Ybarra, quien había leído un manuscrito de mi novela e iniciamos una amistad basada entre otras cosas en la común devoción por la literatura, la polémica y la política, así, en ese orden. A raíz de este triple encuentro, Rodolfo Ybarra me recomienda a su persona, y, como anota él, nos recomienda —ya que a mí me interesaba publicar mi novela en una editorial peruana y joven, pero que a la vez hiciese un trabajo limpio y honesto, un trabajo profesional— a ambos. Craso error el de Ybarra y lamentable resbalón el mío. El problema, señor Alva, es que muchos creen que la amistad otorga licencias que tal vez no se tomarían con desconocidos y sólo reparan en ello cuando esa amistad ya está completamente resquebrajada o, peor aún, el amigo, compañero poeta o narrador, ya no quiere más excusas y exige solamente lo que es de justicia. Justicia.

Mi novela vio la luz los primeros días de diciembre del año 2007. Desde entonces hasta la fecha (26 de mayo del 2008) han transcurrido más de 5 meses y usted, en su papel de editor, no ha hecho absolutamente nada por encontrar los adecuados canales de distribución y comercialización. Pero no solamente es eso: todo indica que usted esconde parte de mis libros en su domicilio, pues no encuentro otra explicación al hecho de que conserve en su poder, sin distribuirlos, más de 100 ejemplares de mi novela.

Cuando le conocí, quedamos en que nuestro trato sería en base a la confianza (eso le dije yo y cumplí con la palabra empeñada), incluso me negué a firmar algún tipo de contrato, rompí en sus narices el papel —ese papel que aguanta todo— pues confié en la buena fe de sus actos y en la veracidad de su palabra.

El día de la presentación de La Ciudad de los Culpables, el presentador principal, Miguel Gutiérrez, se encontraba sumamente incómodo, pues, pasados quince minutos de la hora convenida, usted no aparecía por ningún lado y yo no tenía ni un solo ejemplar de mi novela. De los 60 ejemplares que llevó apresuradamente aquella noche, encolados a mano, pegoteados y todavía calientes, todos tenían la indeleble marca de un trabajo chambón e irresponsable: groseros errores de impresión, edición y montaje. Insisto, el cinismo y la ceguera son atributos de quienes prefieren la vida muelle y relajada del atolondrado que pica por aquí y pica por allá, reincidiendo sin remedio y hasta el cansancio.

Pasaron los días y usted brillaba por su ausencia. Después de algunas semanas de insistencia logré ubicarlo y fuimos a la imprenta a recoger los demás libros. Otro desliz lamentable, no debí haber aceptado aquellos fardos en que se había convertido mi novela: por lo menos el 80% de los ejemplares adolecen de errores imperdonables de impresión, edición y montaje. He recibido docenas de correos y decenas de llamadas telefónicas alertándome de mutilaciones a mi obra, yo mismo, cada que tomo un libro para regalar u ofrecer en alguna librería, debo coger 20 para que luego de fatigosa revisión, resulte entre mis manos uno solo sin errores impresentables: ausencia de 1,2 ó 3 hojas, hojas en blanco, hojas dobladas, mala compaginación, por no mencionar la pésima calidad del papel, la peor calidad de la impresión y el rematado cuidado de edición de una novela que —usted lo sabe— no se merecía ese boicot editorial, que es como califico su trabajo.

Pero hay más. Hace varios meses tuvimos una conversación, todavía amical, en la que también estuvo presente el poeta y novelista Jorge Espinoza Sánchez, y usted se comprometió a resarcir la fallida edición de mi novela, a más tardar en el mes de abril. Aunque no refirió el año, mi buena fe me indujo a pensar que se trataba del mes de abril del año que transcurre. Tercer error.

Pues bien, le escribí cuarenta y nueve correos referidos a este asunto y hasta la semana anterior usted seguía rutilando pero por su ausencia. Diariamente decenas de mensajes atiborran mi correo electrónico preguntándome en dónde venden mi novela, haciéndome comentarios sobre la misma y la desastrosa edición, muchos colegas la han buscado inútilmente en diferentes librerías y sospecho que si no hubiésemos acudido conmigo mismo al Bulevar de la Cultura del jirón Killka, estoy seguro que La Ciudad de los Culpables no estaría hoy en las calles.

El delito de estafa tiene diversas connotaciones jurídicas, señor Harold Alva, pero el núcleo del concepto reside en el engaño. Sólo usted sabe si su intención respecto a mi obra ha sido esa o alguna otra, que la contundente realidad de la desastrosa edición de mi novela le responderá cualquier argumentación que usted intente ensayar en favor suyo, pues todo lo que aquí reseño no tiene carácter personal, está referido estrictamente a su trabajo como editor de mi novela.

Zein Zorrilla dice que en el Perú la labor de los escritores no termina al finalizar de escribir su obra. Allí recién comienza la titánica faena: difundir y distribuir su propia obra luego de sobrevivir a los editores y al mercado. Cuánta razón tiene el escritor ingeniero cuyo esclarecedor ensayo "Hija de Bergman y Kurosawa, nieta de Balzac", escrito con pluma diestra y editado en bello formato, hubiese causado revuelo en cualquier otra nación que apreciase a sus escritores: aquí toda la prensa le ha dado la espalda y apenas ha sido brevemente comentado.

Espero pues, señor Harold Alva, que esta carta le induzca a severa reflexión y a cumplir con la palabra empeñada que ese es un valor que mis padres me enseñaron de niño, creo que usted puede rectificar los errores, me costaría aceptar que su estructura mental es la típica de sujetos coloniales pervertidos por la semi-feudalidad y la criollada, pero matizada convenientemente por raptos de cinismo, característica de la ética del pendejo. Creo que usted ante todo, sigue siendo todavía poeta.


Rafael Inocente

lunes, 18 de febrero de 2008

ENTREVISTA A RAFAEL INOCENTE EN TORNO A "LA CIUDAD DE LOS CULPABLES"




Por José Luis Ayala, Editor Culturales La Primera

Febrero 18 del 2008


Leer una novela como La Ciudad de los culpables, sorprende y cautiva a un lector atento. ¿Cómo pudo lograr ese hecho un autor joven? Rafael Inocente habla acerca de su experiencia literaria.

Rafael Inocente (Lima, 1969) ha publicado entre otros, los relatos titulados Mi patria en mis zapatos y No todas van al paraíso. Ha sido incluido en la Antología de cuentos sobre el mar y pescadores (2005)

JLA


¿Eres el novelista de los pobres?

¿Pobres?¿Esas masas envilecidas con el pan popular de García y los comedores populares de Fujimori?¿Esos que hoy se divierten con fútbol y reguetón?¿O los riquiricones que menean el trasero en Eisha homogenizados por Saga? La historia que narro es una articulada con los conflictos sociales, políticos y económicos del pueblo. Muchos escritores en el Perú juegan las cartas de la impostura, barajándose en la libertad creativa. Pareciera que la miseria en las calles no existiera, que los torturados, muertos y desaparecidos fueran una fábula, que los asesinos vociferando por TV, burlándose del dolor del pueblo, fuesen otro show mediático; que todo esto fuese un pajeo metafísico…

¿Qué relación hay entre novela e historia?

Es una dicotomía ancestral, tanto como los poemas homéricos o en América, los relatos del Taki Onkoy. Entre la Historia que se escribe desde Europa y una novela que tiene como esencial el hecho de fagocitar otros géneros, me quedo con la novela. Y nos han contado una historia malhadada y mentirosa. Allí es cuando entra el poeta: cuando la historia adultera. Tanto el poeta como el historiador, cuentan, su territorio común es la narratividad, pero aquí lo que importa es la mirada, para darle sentido e intensidad a los hechos. No olvidemos la existencia de un tercer género, a caballo entre la verdad y la mentira, que es el de la ficción, unido carnalmente al libre pensamiento.

¿Por qué esa estructura?

Al comenzar a escribir, se presentó el dilema de la estrategia que debería seguir para transformar la historia en un discurso capaz de emocionar al lector. Entonces opté por el manejo de espacios y tiempos, intercalando historias de manera isocrónica, con múltiples voces y registros lingûísticos.

¿No son muchas historias intercaladas?

Probablemente. El motivo de contar historias paralelas ha sido el de intentar dar diversos puntos de vista. Pienso que la novela debe parodiar la realidad, contar lo que no dice la historia oficial, mostrar su reverso.

¿Todos son culpables en la ciudad?

Nadie puede escapar de la larga sombra que, con el apoyo de parte del mismo pueblo, desangró nuestro país. Mailer alguna vez refirió que cada vez que vemos un espectáculo grotesco por la televisión estamos contemplando a la nación que apoyará el retorno de heliogábalo porque se trata de arte prostituido. Y cada vez que el pueblo se envilece colectivamente, el remedio va siendo más y más violento. Un empacho bravo exige un purgante violento y de largo alcance. Esta novela se debe a Lima. Lima forjó al autor e hizo su desolación, su amor y su odio por esta ciudad.