
Escribir sobre Vargas Llosa –al menos para los que no aceptan su posición liberal- siempre trae una doble connotación: la de tener que pasar por alto sus conceptos relacionados a la política y a la economía, y el tener que aceptar que, a pesar de todas sus incongruencias y necedades ideológicas, es uno de los mejores escritores –quizás el mejor por falta de competidores, vacíos o ausencias- que tiene el Perú y Latinoamérica. Pero como él mismo dice “una cosa es la realidad y otra la ficción”. Por ello, es necesario plantear que “La era de la sospecha”, uno de los últimos artículos de Vargas Llosa (publicado en “El País” de España y reproducido este domingo (19/10/2008) en “El Comercio”) que versan sobre la situación actual en el mundo, es un lánguido y desnutrido manifiesto procapitalista –quizás exigido por sus propias creencias y miedos naturales- en un momento clave en que este sistema –viejo monstruo torturador de los países en desarrollo- parece empezar su esperado derrumbe.
“La Era de la Sospecha” es el título de un ensayo literario de Natalie Sarraute, escrito en los cincuenta, donde se manifiesta la necesidad de reinventar la novela al estilo de la “nouveau roman” espacio de escritores hastiados del manejo tradicional de la narrativa (personajes formales, historias recurrentes, tramas lineales, formación aristotélica: inicio, medio, final, etc.,) planteaban reinventar la novela, darle nuevos influjos y nuevos aires para deleite de los, también, nuevos lectores. Vargas Llosa trata de hacer una comparación forzada con el capitalismo agónico, tratando de decirnos que no hay por qué pensar que el capitalismo ha llegado a su fin, sino que, por razones (que no detalla bien y que, intuyo, no quiere aceptar) es necesario reinventarlo ya que no hay un modelo económico que pueda reemplazarlo ¿¿¿??? Esto último se entiende –creo yo- dentro de la ortodoxia y el conservadurismo de una persona que ha entrado en la tercera edad sin darse cuenta que en el universo todo es relativo, nada es estable y todo está en constante movimiento, mucho menos la economía que ha iniciado la contrafase del big bang económico, un retrotraimiento no esperado –al menos, no, para los países del primer mundo ni para sus psicopompos- pero sí avizorado por el marxismo clásico (por ello -y no por "curiosidad estudiantil"- “El Capital” ha subido sus ventas y está volviendo a ser revisado en las universidades europeas). También es resaltable la comparación, casi necesaria, de Vargas Llosa con los líderes comunistas ante el derrumbe del sistema socialista. Evento al que se negaban a creer hasta que la misma realidad se encargaría de mostrarle lo contrario. Y es que la incredulidad, aparte de ser una posible patología, es una manifestación clara que el hombre necesita para continuar su viaje sin olor a derrota o inseguridades, sobre todo cuando se ve amenazado por situaciones que no puede explicar o que exceden su capacidad de soporte.
Vargas Llosa es, en este punto, el viejo comunista del buró político que no acepta la caída de su aparente orden, es el Hitler que ordena atacar cuando ya no tiene hombres en la línea de fuego. Es el general que no acepta la derrota y que, ante el fracaso, propone un cóctel de alucinógenos para olvidar los problemas y soñar con el triunfo (por lo menos Hitler fue más honesto y a último momento, propuso las cápsulas de cianuro).
Pero la incredulidad no es estigma negativo sino una forma de proteger lo que se ha tenido como cierto y que, por razones -que Vargas Llosa no puede explicar o no quiere- nos negamos a encontrar mayores soluciones que las que nos ofrece nuestro ángulo de visión 20 x 20. Y el novelista se pregunta asombrado: “¿Cómo es posible que se haya llegado a estos extremos críticos sin que nadie lo advirtiera? ¿Cómo se explica que banqueros, financistas, ministros de economía, jefes y técnicos de los grandes organismos encargados de vigilar la marcha de la economía no encendieran las luces rojas cuando todavía estábamos a tiempo de rectificar, dar marcha atrás y, por lo menos, atenuar ese desplome generalizado del sistema financiero mundial?” La respuesta a estas interrogantes no son menos asombrosas que la realidad que la origina, el novelista nos cuenta la ficción de que la economía de los países occidentales “perdió amarras con la realidad” y comenzó a vivir en una construcción ilusoria alimentada por las pingües ganancias aparentes que brotaban del espasmo inmobiliario, las tasas bajas, el incentivo para la adquisición de viviendas que nunca podrían ser pagadas, el aparente boom del crecimiento en el papel (no en el papel moneda, se entiende) y las aseguradoras que mafiosamente respaldaban ciegamente todas estas operaciones y transacciones sin ton ni son; papeles y más papeles que beneficiaban a algunos tenedores pero que, a la larga, le pasarían el cheque incobrable de lo que han llamado, ahora, las “hipotecas basura”. Creo yo que nadie perdió la realidad, mucho menos los grandes inversores y capitalistas, sino que, en un afán por materializar mayores ganancias y alimentados por la codicia y sentimientos insanos, apostaron, como en un juego de ruleta, todo lo que tenían incluido la seguridad, no obstante que esta última palabra en economía se basa más en la creencia en un sistema cuyo sostén principal no es el dinero (y estamos viendo que los pasivos económicos que se entienden como inmuebles y las reservas en oro son los que están ayudando a resistir la crisis, aparte de la “seudosolidaridad” de países pusilánimes que se niegan a una renovación de sus sistemas progeriosos) o los grandes capitales (que en la practica se traducen solo a guarismos que pueden esfumarse en cualquier momento) como nos lo han hecho creer, sino que es la creencia firme en que el sistema funciona y nos incluye. Cuando esto se quiebra, y lo estamos viendo en Islandia, simplemente el sistema se derrumba y se viene abajo con todo lo que ello pueda significar. Todos los ahorristas y aportantes en el sistema bancario de Islandia están pidiendo retirar sus activos a la vez, ante esta pérdida de credibilidad no hay forma de satisfacer las demandas y cumplir con todos, simplemente el sistema entra en shock y se declara en quiebra. Islandia ha pedido la intervención de la ONU para salvaguardar su economía, aparte de pedir balones de oxígeno traducido en fuertes préstamos a Rusia, quien está entrando en el juego por razones de estrategia y conveniencia. No tardaremos mucho en enterarnos de cómo acabara todo esto (Rumanía de ceaucesco podría ser un gran ejemplo).
El derrumbe del Leman Brother y el rescate de bancos enclenques vía 700 mil millones de dólares nos entrega una nueva disposición de cómo se moverán en el corto plazo las economía mundiales (no olvidemos los 800 mil empleos perdidos en USA hasta agosto del 2007). Lo importante para ellos (me refiero a los grandes tenedores y manejadores del sistema capitalista) es que el hombre común no pierda su esperanzas en el sistema, que siga aportando con normalidad para su jubilación, que siga trabajando cabizbajo y sin preguntas, que entienda que esta es solo una crisis ocasionada por unos cuantos "atrabiliarios y desmedidos granujas codiciosos", que el sistema se va a reponer como alguien se repone de la neumonía neomocóquica. Para ellos esto es simplemente un tiempo de convalescencia.
Pero, no, señores, esto no es la crisis de todos ocasionada por algunos, sino que es la manifestación crítica de un sistema íntegro basado en la explotación del hombre por el hombre, en la apropiación ilícita de la plusvalía y del trabajo honorable, en el abuso del fuerte y el poderoso sobre el débil. En reglas de juego hechas para beneficiar a algunos y perjudicar a las mayorías. No ver esto es como querer tapar al sol con una mano.
Pero, Vargas Llosa, es más terco de lo que podríamos imaginar, y en un arranque de locura peripatética apunta enceguecido y delirante: “El sistema capitalista no va a desaparecer, desde luego, porque, aunque les duela a los nostálgicos de las economías estatizadas y su inevitable corolario –la dictadura totalitaria- no hay alternativa alguna para reemplazarlo”. Sin embargo, estamos viendo cómo han empezado las estatizaciones de bancos en Estados Unidos, capital de la libertad mundial, estamos viendo cómo el Estado, simple voyeur de un mundo frío y calculador dejado a su libre albedrío, está entrando sigilosamente, como un cocodrilo, en el juego para con grandes dentelladas poner el orden esperado y devolver la credibilidad a millones de personas que no saben si lo que tienen en los bancos es dinero, reserva y seguridad para un futuro mejor o deudas, mayores miedos e infelicidad a punto de estallar como una bomba de tiempo. El lagarto se mimetiza en su hábitat pero fuera de él es visible y se le notan los dientes. El futuro no está tan claro como pretenden pintarlo algunos, quizás la nebulosa del fracaso capitalista esté a la vuelta de la esquina. Mientras tanto, el novelista en un último intento por retornar al orden, cita -como un prestidigitador sacando palomas del sombrero- a Adam Smith: “el capitalismo solo funciona si la legalidad que lo regula está formada por leyes justas, equitativas, que respeten la libertad, y –sobre todo- si estas leyes se cumplen. Y, de otro lado, si la frialdad en las relaciones humanas y en el trabajo que la moderna sociedad industrial provoca, está contrarrestada por una vida ética y espiritual intensa que mantiene a la comunidad unida, decente y solidaria. Tal vez este sea el talón de Aquiles del capitalismo en nuestros días”.
Y en otro remate que nos hace pensar que Mario Vargas Llosa ya excedió todo tipo delirio intelectual y no se encuentra en sus cabales, apunta: “Hay leyes generalmente bien orientadas, pero que no se cumplen, o se cumplen a medias porque están llenas de trampas que permiten burlarlas. Y ello ocurre porque en este mundo de cultura frívola, desencantada y cínica no hay frenos éticos contra la irresponsabilidad y la codicia desbocada”. Entonces podemos deducir, de estas palabras casi moralistas, que el capitalismo debe sus fallas a un pecado capital como la codicia o que la ética -criticada por el novelista- es intrínseca al capitalismo y hay que devolverla a su cauce natural ¿¿¿???. Sin embargo, el capitalismo ha sido siempre la encarnación de la deslealtad y la codicia institucionalizada (¿por qué sus áulicos y adláteres dicen ahora que no se dieron cuenta, acaso creían confundir el infierno con el paraíso?). El capitalismo ha sido el triunfo de unos sobre la derrota de otros y la imposición del desarrollo de unos sobre el subdesarrollo de otros. La marcada línea de países pobres y países ricos está marcada por el capitalismo. La división internacional del trabajo, el hambre, la miseria, la corruptela, los vicios, las guerras por un poder cada vez más estúpido. Sin embargo, el capitalismo –previsto por Marx- ha generado sus propias contradicciones y ahora asistimos al cortejo fúnebre de este modelo que quiérase o no –lo quiera o no Vargas Llosa- se tendrá que cambiar. En cuanto al modelo de reemplazo, eso queda para análisis más estrictos que un simple artículo. Por ahora, estamos en compás de espera. La corneta fúnebre del proletariado y de los olvidados del sistema ha empezado a sonar. La pala del enterrador de los asalariados, los aportantes, ahorristas y ciudadanos de a pie ha empezado a arrojar tierra sobre las exequias del capitalismo.