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jueves, 7 de agosto de 2008

OBNUBILACIONES Y UN ARTÍCULO DE CARLOS RENGIFO



El escritor Carlos Rengifo hace un envío de este artículo “Los Paparazzis de la palabra” (también posteado en su blog de sugerente título: “El Escritorzuelo”). Antes, quisiera apuntar que fue Rengifo uno de los pioneros (quizás el más conspicuo y el más suspicaz) de lo que ahora ocurre en los blogs (anonimato compulsivo, ñoñería escritural, señalamientos, injurias, ninguneos, cizaña hasta por los codos, críticas vitriólicas y de escaso calibre, etc.)
Recuerdo claramente un panfleto suyo (mucho antes de la “era virtual”) repartido en la plaza san Martín donde atacaba al escritor, amigo y filántropo Gonzalo Portals (Premio Copé poesía y cuento) a quien, según el autor de “Criaturas de la Sombra”, había visto bailando el “baile del perrito” emulando a un “perrito faldero” (qué carajo le había hecho Gonzalo. No lo sabemos). No olvidemos que muchos de sus cuentos reproducen la vida privada de varios escritores (no quisiera hablar de la novela “La Morada del Hastío” donde uno de los personajes principales es –sin mayores dudas, la descripción, el lenguaje usado, sus búsquedas, así lo señala- quien esto escribe, suicidado a la fuerza con una bolsa de raticida ¿?). Un caso patético es el que involucra a Oswaldo Reynoso, cuya vida íntima es relatada en “El Rumor de la Tormenta”. Hasta el mismo Dante Castro, presentador solitario aquella noche de ausencias (des)obligadas en la Alianza Francesa (los otros presentadores no fueron en –dizque- solidaridad con Oswaldo Reynoso), tuvo reticencias y hasta mostró cierta sorna con el cuento en cuestión, donde el final (sólo imaginado por una mente perversa y de libertades reprochables) el obeso escritor espera desnudo acostado de espaldas a su muchacho escogido. El bendito cuento tiene calidad por lo que los adláteres del creador de “Los Inocentes” no pudieron silenciarlo.
Rengifo ha crecido en las buenas lecturas, en las conversas animosas durante centenas de noches de bohemia (soy testigo de excepción), pero también, no lo podemos negar, uno de sus abonos ha sido, y es, la crítica atrabiliaria, el uso de recursos técnicos dudosos como la maquiavélica grabadora, la que le entregaba los diálogos soñados a la perfección (¿la seguirá usando?), por ello nos (me) sorprende este artículo impostado, lleno de grandes pretensiones humanistoides y de una "corrección" religiosa.
Rengifo es un buen escritor, lo vengo diciendo desde hace casi dos décadas, sus berrinches (como este) no lo desmerecen, ni lo demeritan. Quizás el último párrafo de este artículo (¿le creemos?) sea lo esencial: unirnos todos -y dejar la "pelea de perros"- para seguir hablando de Literatura (con mayúsculas), arte, filosofía, etc. Acepto el reto, pero las cosas claras y el chocolate espeso.
Aquí (donde las verdades son expuestas sin miramientos) el artículo en cuestión, saquen ustedes sus propias conclusiones:


LOS PAPARAZZIS DE LA PALABRA

x Carlos Rengifo

Hablando en un café con mi amigo el narrador y crítico José Guich, coincidimos en admitir que no somos frecuentes visitantes de blogs —de los llamados «literarios» (¿?)—, por el negro tizne que ha venido a caer sobre ellos (no sobre todos, desde luego) y por el elefantiásico soplido y engorde del ego de quienes lo administran, hasta el extremo de hacer de este medio una suerte de consolador o muñeca inflable para un penoso onanismo. Si me he enterado de algunas habas que se cuecen en esta olla de grillos, es porque a mi correo llegan, de rebote, las carnecitas más sabrosas del bajo mundillo letrado como para saborearlas con unas gotas de aceite sacha hinche.
En el fondo, de lo que se trata, a mi entender, es de llenar a como dé lugar —unos, de manera desesperada; otros, con ciertas sutilezas— esa enorme carencia de no tener voz ni siquiera en el coro de los desafinados. Y si con esto me refiero a los administradores de vanidades que escriben como si su vida o sus ideas fueran lo más grandioso (¡a quién le interesan, por dios!), qué decir de esa cloaca inmunda que hierve hasta consumirse en su propia rabia denominada «comments». Solo una vez ingresé en esa madriguera del resentimiento, en ese estercolero de la nulidad, y fue en el blog del señor Ybarra, quien, al parecer, no hace ascos cuando las ratas, las cucarachas y los chanchitos se pasean con plena libertad en el patio trasero.
Durante un día fui piñata de la cobardía sin nombre que lanzaba sus pullas y escupitajos a diestra y siniestra, y en todo aquel vómito de resaca tardía solo pude notar, con pena, cuán baja autoestima alumbra a la gente supuestamente «interesada en la literatura». El chisme, la zancadilla, el puñal por la espalda son los utensilios que se enarbolan, no solo en los cafés, sino ahora en la red (con mucho más libertad y desparpajo, por cuanto la persona agraviante no está al frente para encararlo), en vez de utilizar ese espacio para construir un diálogo serio, educativo y alturado. Ser fisgón y entrometido se ha hecho un mal arte, que viene acompañado por el libertinaje de la pata alzada y los adjetivos con ventilador, y esa fijación deja a un segundo plano lo que debería ser más importante: la obra literaria.
A diferencia de otros gremios o profesiones, es en la pequeña aldea de las bellas letras donde más brincan los saltamontes, donde las emociones se alteran mucho más, tratando de buscar cual perros sabuesos las basurillas debajo de la alfombra, el tartamudeo en la oratoria, la caída en el charco. Nada hace más felices a algunos que ver en el suelo al que intentó elevarse; nada los alegra tanto que mancillar honras (todavía las hay) y hundir al que camina por la línea señalada sin mirar a nadie. ¿Qué interesa que Reynoso, Heredia o Moromisato sean, en lo personal, lo que son? ¿Qué importa que un poetastro sanmarquino esté lavando baños y recogiendo cagada de perros en España? ¿Quién se araña al ver que algunos reciben premios y otros no? Con esto, comprendo muy bien a la cuidadosa Mónica Belevan cuando evita en lo posible todo tipo de «exhibición», según me escribió, para no soplarse las hablillas del «ambiente literario» que vendrían después.
Ante tanto insulto y mala leche, frente a la indisposición hacia el bien de quienes administran y testifican en los corrillos de la blogósfera, propongo tal vez una utopía: sacar lo mejor de cada uno para beneplácito de todos; no ver la mugre, ni las legañas, ni los bostezos, propios y ajenos. Dejar las anécdotas de bar en el bar, las riñas en el cuadrilátero, la ropa sucia en la lavadora. Démosle vuelta a la torta pútrida, que es en lo que se están convirtiendo algunos espacios, y que en los blogs «literarios» se hable de literatura, de arte, de filosofía, y no del lado femenino del pequeño poeta Rubén Quiroz, de las poses que adopta la orate Montserrat Álvarez, de las ediciones maleadas de algunos editores bizarros, del frenillo inevitable de Iván Thays, de la insipidez de algunos narradores de las últimas hornadas, del arribismo de tantas enanas desubicadas y el piquichonismo de tantos minusválidos iletrados, y de otras chorradas por el estilo. Caminemos juntos y sin malicia en una caravana de hermandad, como es lo que propone, por ejemplo, el blog de Javier Garvich, y seamos solidarios por primera vez con los auténticos creadores que trabajan la palabra con honestidad, seriedad, esfuerzo y dedicación. El anonimato en la red ha hecho valientes a muchos pusilánimes que, en el enfrentamiento cara a cara, seguramente no se atreverían ni siquiera a alzar la voz, menos aún a develar su verdadera identidad, y ha servido también para el desahogo de quienes, a falta de tribunas, hacen su propia tribuna egolátrica y autocomplaciente, en beneficio de un individualismo entristecedor.

sábado, 19 de abril de 2008

¿QUIÉN CONOCE A MELISSA?



¿Quién conoce a Melissa? se pregunta el inefable Carlos Rengifo -mi otrora amigo y viejo diletante de las letras peruanas y, porque no decirlo, un viejo responsable de los pastiches y el seudopanfleto literario, ahora último fichado por Norma con su nouvelle "La Casa Amarilla"-. Después de leer varias veces este artículo sólo puedo decir: "de acuerdo carlitos", muchos "se convierten" en poetas encerrados por error y -también, por supuesto- muchos otros se convierten en narradores escribiendo de los caídos en desgracia. Parece que ese viejo debate de hace 15 años -que de seguro se perdió en la memoria- todavía sigue en la cabeza de esta "Criatura de la sombra"; acaso la lógica puede ser derrotada por razones discursivas. O existe una lógica literaria que quiere imponerse a la realidad domeñándola y reemplazándola por todos los motivos o egos circunspectos del escritor.
Aquí el artículo completo:

¿QUIÉN CONOCE A MELISSA?

x Carlos Rengifo

Bastó un e-mail del novio de la chica para que la mecha se encendiera, y brotara como una espina, y se expandiera por la red como una vociferación de protesta, llenando los corazones primero de sorpresa, luego de incredulidad, finalmente de indignación. El azar la había llevado a Ecuador, en una visita sustituta que la hizo partícipe de una reunión abierta, televisada, y sin embargo los hilos de la prepotencia oficial la iban a cercar como una araña arrincona a una mosca. Tal vez la inocencia le jugó una mala pasada, quizás la buena voluntad le mostró su otra cara; no obstante, no era para que se ensañara tanto con ella. ¿Estaba acaso ya predestinada? ¿Todo la llevaba irremediablemente hacia las garras bufalonescas? Sea como fuere, lo cierto es que ella se encontró de pronto en el lugar equivocado, en el momento equivocado, y la pala temeraria —y ciega— de la militancia la arrastró con toda la carga, la levantó en vilo y la hundió en el pozo frío de la represión.

Voces ajenas se levantaron como si de su hermana se tratara, y helos aquí cerrando el puño y escupiendo a destajo la mala estrella que le tocó vivir a la estudiante universitaria, asidua concurrente de tertulias y recitales literarios. De golpe, cual ventarrón intempestivo, medio mundo se sintió tocado por la suerte de la joven, seguían la pista de su destino y urdían plantones frente a edificios públicos para su inmediata liberación. El agua, que tanta falta hace a los pobres de asentamientos humanos y a los que habitan en la cima de los cerros, fue derrochada por un rochabús una tarde de performance en la que lo que menos deseaban los manifestantes era bañarse. Y los apaleos, empujones, botas en ristre, le dieron a esa tarde la razón para seguir odiando a la tombería y continuar con la rabia.

Abogados, parientes, salieron en defensa de la equivocación, y mientras se esperaban pruebas, pruebas al canto, a la vez que registraban la vivienda de la infortunada joven, el mandamás de los captores justificaba su error. Salía con su mejor perfil en la tele, rodeado de micrófonos, en tanto los flashbacks televisivos mostraban a la muchacha esposada en Aguas Verdes, metida en un automóvil, entrando en una dependencia policial. Youtube lo hubiera tenido entre sus videos más vistos si no fuera porque Amy Winehouse acaparaba la atención entonces; pero lo que sí se vio fue al infatigable maestro Delfín participando en la manifestación, enhiesto como sus esculturas de hierro.

El hecho cruzó fronteras mentales, abrió los ojos de muchos, intelectuales insospechados daban su nombre y DNI a una carta dirigida al presidente, y hasta los borrachitos de Quilca dejaron a un lado sus botellas y se unieron al reclamo, que les salió por la culata porque la bufalonada vestida de Rambo les agrió las cervezas encimándolos y amenazándolos cual si fueran terroristas, cuando el único atentado que podrían cometer era solo contra sus hígados. La rabia creció, mientras la situación de la chica no cambiaba, y se incrementó aún más cuando la trasladaron a Santa Mónica y le implantaron un régimen estricto.

Sola, en la frialdad de cuatro paredes, ahora ella medita, siente, sus ojos se cierran al sonido de los ecos distantes, a la reminiscencia de la libertad perdida. Con apenas cuatro horas de camino en el patio, visitas restringidas y sombra por doquier, su cautiverio en el tercer piso del pabellón C es más duro, más indigno. Para consolarse, quizás, para paliar ese sentimiento contrariado de ira, impotencia y desazón, la joven escribe, se ensimisma, procura trasladar en palabras lo que su voz no puede traducir, y el dolor del encierro la alienta, la desgarra, la hace madurar, en medio de una situación que nunca imaginó, que jamás en su vida se le cruzó por la mente. Ella, que tampoco se imaginó, ni siquiera en sus remotos sueños, que iba a ser lo que ahora es: un símbolo, parte de un sentimiento de privación injusta a la libertad. Y que ahora también, de un modo visceral, en la clausura severa que la induce a replegarse para resistir, en el encuentro obligado consigo misma, maniatada tal vez por su propia indefensión y tristeza, esta joven recluida, desahogándose, se está convirtiendo en poeta.