
El escritor Carlos Rengifo hace un envío de este artículo “Los Paparazzis de la palabra” (también posteado en su blog de sugerente título: “El Escritorzuelo”). Antes, quisiera apuntar que fue Rengifo uno de los pioneros (quizás el más conspicuo y el más suspicaz) de lo que ahora ocurre en los blogs (anonimato compulsivo, ñoñería escritural, señalamientos, injurias, ninguneos, cizaña hasta por los codos, críticas vitriólicas y de escaso calibre, etc.)
Recuerdo claramente un panfleto suyo (mucho antes de la “era virtual”) repartido en la plaza san Martín donde atacaba al escritor, amigo y filántropo Gonzalo Portals (Premio Copé poesía y cuento) a quien, según el autor de “Criaturas de la Sombra”, había visto bailando el “baile del perrito” emulando a un “perrito faldero” (qué carajo le había hecho Gonzalo. No lo sabemos). No olvidemos que muchos de sus cuentos reproducen la vida privada de varios escritores (no quisiera hablar de la novela “La Morada del Hastío” donde uno de los personajes principales es –sin mayores dudas, la descripción, el lenguaje usado, sus búsquedas, así lo señala- quien esto escribe, suicidado a la fuerza con una bolsa de raticida ¿?). Un caso patético es el que involucra a Oswaldo Reynoso, cuya vida íntima es relatada en “El Rumor de la Tormenta”. Hasta el mismo Dante Castro, presentador solitario aquella noche de ausencias (des)obligadas en la Alianza Francesa (los otros presentadores no fueron en –dizque- solidaridad con Oswaldo Reynoso), tuvo reticencias y hasta mostró cierta sorna con el cuento en cuestión, donde el final (sólo imaginado por una mente perversa y de libertades reprochables) el obeso escritor espera desnudo acostado de espaldas a su muchacho escogido. El bendito cuento tiene calidad por lo que los adláteres del creador de “Los Inocentes” no pudieron silenciarlo.
Rengifo ha crecido en las buenas lecturas, en las conversas animosas durante centenas de noches de bohemia (soy testigo de excepción), pero también, no lo podemos negar, uno de sus abonos ha sido, y es, la crítica atrabiliaria, el uso de recursos técnicos dudosos como la maquiavélica grabadora, la que le entregaba los diálogos soñados a la perfección (¿la seguirá usando?), por ello nos (me) sorprende este artículo impostado, lleno de grandes pretensiones humanistoides y de una "corrección" religiosa.
Rengifo es un buen escritor, lo vengo diciendo desde hace casi dos décadas, sus berrinches (como este) no lo desmerecen, ni lo demeritan. Quizás el último párrafo de este artículo (¿le creemos?) sea lo esencial: unirnos todos -y dejar la "pelea de perros"- para seguir hablando de Literatura (con mayúsculas), arte, filosofía, etc. Acepto el reto, pero las cosas claras y el chocolate espeso.
Aquí (donde las verdades son expuestas sin miramientos) el artículo en cuestión, saquen ustedes sus propias conclusiones:
LOS PAPARAZZIS DE LA PALABRA
x Carlos Rengifo
Hablando en un café con mi amigo el narrador y crítico José Guich, coincidimos en admitir que no somos frecuentes visitantes de blogs —de los llamados «literarios» (¿?)—, por el negro tizne que ha venido a caer sobre ellos (no sobre todos, desde luego) y por el elefantiásico soplido y engorde del ego de quienes lo administran, hasta el extremo de hacer de este medio una suerte de consolador o muñeca inflable para un penoso onanismo. Si me he enterado de algunas habas que se cuecen en esta olla de grillos, es porque a mi correo llegan, de rebote, las carnecitas más sabrosas del bajo mundillo letrado como para saborearlas con unas gotas de aceite sacha hinche.
En el fondo, de lo que se trata, a mi entender, es de llenar a como dé lugar —unos, de manera desesperada; otros, con ciertas sutilezas— esa enorme carencia de no tener voz ni siquiera en el coro de los desafinados. Y si con esto me refiero a los administradores de vanidades que escriben como si su vida o sus ideas fueran lo más grandioso (¡a quién le interesan, por dios!), qué decir de esa cloaca inmunda que hierve hasta consumirse en su propia rabia denominada «comments». Solo una vez ingresé en esa madriguera del resentimiento, en ese estercolero de la nulidad, y fue en el blog del señor Ybarra, quien, al parecer, no hace ascos cuando las ratas, las cucarachas y los chanchitos se pasean con plena libertad en el patio trasero.
Durante un día fui piñata de la cobardía sin nombre que lanzaba sus pullas y escupitajos a diestra y siniestra, y en todo aquel vómito de resaca tardía solo pude notar, con pena, cuán baja autoestima alumbra a la gente supuestamente «interesada en la literatura». El chisme, la zancadilla, el puñal por la espalda son los utensilios que se enarbolan, no solo en los cafés, sino ahora en la red (con mucho más libertad y desparpajo, por cuanto la persona agraviante no está al frente para encararlo), en vez de utilizar ese espacio para construir un diálogo serio, educativo y alturado. Ser fisgón y entrometido se ha hecho un mal arte, que viene acompañado por el libertinaje de la pata alzada y los adjetivos con ventilador, y esa fijación deja a un segundo plano lo que debería ser más importante: la obra literaria.
A diferencia de otros gremios o profesiones, es en la pequeña aldea de las bellas letras donde más brincan los saltamontes, donde las emociones se alteran mucho más, tratando de buscar cual perros sabuesos las basurillas debajo de la alfombra, el tartamudeo en la oratoria, la caída en el charco. Nada hace más felices a algunos que ver en el suelo al que intentó elevarse; nada los alegra tanto que mancillar honras (todavía las hay) y hundir al que camina por la línea señalada sin mirar a nadie. ¿Qué interesa que Reynoso, Heredia o Moromisato sean, en lo personal, lo que son? ¿Qué importa que un poetastro sanmarquino esté lavando baños y recogiendo cagada de perros en España? ¿Quién se araña al ver que algunos reciben premios y otros no? Con esto, comprendo muy bien a la cuidadosa Mónica Belevan cuando evita en lo posible todo tipo de «exhibición», según me escribió, para no soplarse las hablillas del «ambiente literario» que vendrían después.
Ante tanto insulto y mala leche, frente a la indisposición hacia el bien de quienes administran y testifican en los corrillos de la blogósfera, propongo tal vez una utopía: sacar lo mejor de cada uno para beneplácito de todos; no ver la mugre, ni las legañas, ni los bostezos, propios y ajenos. Dejar las anécdotas de bar en el bar, las riñas en el cuadrilátero, la ropa sucia en la lavadora. Démosle vuelta a la torta pútrida, que es en lo que se están convirtiendo algunos espacios, y que en los blogs «literarios» se hable de literatura, de arte, de filosofía, y no del lado femenino del pequeño poeta Rubén Quiroz, de las poses que adopta la orate Montserrat Álvarez, de las ediciones maleadas de algunos editores bizarros, del frenillo inevitable de Iván Thays, de la insipidez de algunos narradores de las últimas hornadas, del arribismo de tantas enanas desubicadas y el piquichonismo de tantos minusválidos iletrados, y de otras chorradas por el estilo. Caminemos juntos y sin malicia en una caravana de hermandad, como es lo que propone, por ejemplo, el blog de Javier Garvich, y seamos solidarios por primera vez con los auténticos creadores que trabajan la palabra con honestidad, seriedad, esfuerzo y dedicación. El anonimato en la red ha hecho valientes a muchos pusilánimes que, en el enfrentamiento cara a cara, seguramente no se atreverían ni siquiera a alzar la voz, menos aún a develar su verdadera identidad, y ha servido también para el desahogo de quienes, a falta de tribunas, hacen su propia tribuna egolátrica y autocomplaciente, en beneficio de un individualismo entristecedor.


