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sábado, 18 de octubre de 2008

¡¡¡¡¡¡¡MELISSA ALFARO VIVE!!!!!!!!



Conocí a la periodista Melissa Alfaro en mis épocas de estudiante, a fines de los ochentas e inicios de los noventas, cuando estudiaba en la “Bausate y Mesa” y tenía que compartir mis horarios yendo a la Universidad “La Cantuta” (en el “burro” de la calle Ayacucho a las 5 y 30 de la mañana) y a la facultad de San Fernando a la vez, no tenía tiempo, literalmente, para nada; no obstante ello, siempre me escapaba para conversar con Melissa y con otros amigos –“conocidos de neón” como dice el poeta- en la esquina de “el chino” que vendía golosinas en el cruce de la calle Río de Janeiro con Costa Rica en la residencial “San Felipe”. Eran tiempos de aprendizaje, de experiencias políticas controversiales y de muchas búsquedas.
Melissa estaba de novia con un joven de aspecto radical, barba y chalina, a quien le llamaban “el chileno” (por su nacionalidad mapocha), un tipo bastante amable y con lenguaje de sociólogo social-cristiano. Muchos amigos se alternaban para el diálogo, por ahí estaban el flaco Aníbal, el chato Tacuri, el cara de niño Abecasis, JJ Herrera (quien purgó cinco años de prisión infame en el Castro Castro, luego recibió amnistía porque era inocente y no tenía nada que ver con el “terrorismo” y salió gracias a la labor del padre Huber Lansier. Hoy padece un extraño síndrome y lo veo cada cierto tiempo).
Cierta aura protegía siempre a Melissa, quien me invitó, alguna vez, para ir a colaborar al diario “Cambio” (diario en la que ella ejercía de Jefa de Informaciones), cuestión que me parecía, en cierta forma, un estigma para mí, porque otros medios radicales y de ultraizquierda también me querían –como a muchos- en sus filas. Muchos partidos políticos radicales (remanentes del UDP, Frenatraca, PUM, IR, PCP-Unidad, Bandera Roja, etc.) en la legalidad e ilegalidad se disputaban uno a uno a los jóvenes con sensibilidad política. La subversión crecía a costa de la inocencia de una juventud sin mayores futuros y muchos no querían mirar detrás de la ventana sino que sentían un llamado, una fuerza que les obligaba a ser partícipes de su tiempo y proceso histórico.
Debatí muchas horas, días interminables, tardes de invierno y verano, noches a punta de emoliente o café con todos ellos en las afueras de “Bausate”, entre los edificios de San Felipe, en el comedor de La Cantuta y en la canchita de la Facultad de San Fernando –muchos eran jovencísimos e incluso menores que yo que tenía 19 años- y no me arrepiento de haberlo hecho. Aprendí de la vehemencia, del amor al prójimo (en algunos casos con cierto grado de perversión), del sentido de solidaridad y, también, de la praxis política y, porque no decirlo (el tiempo se encargaría de ello), de los errores, de los dogmas, de cierta inflexibilidad política, de cierta desesperación por solucionar las cosas ipso facto, de la nulidad de una teoría dialéctica inadecuada para nuestra realidad, de los líderes “totémicos”, etc. Fueron tiempos bastantes agitados. La vida no valía nada o valía poco. Muchos tomaron caminos erráticos y cayeron abatidos por el mismo sistema que querían salvar. La guerra sucia acabaría con la ilusión y aplanaría las mentes de mi generación hasta encontrar una domesticación y un servilismo desesperante. Mientras tanto el neoliberalismo armado, en su versión chicha, ametrallaría todo intento de rebelión. Quizás mi convencimiento en la soledad y mis principios anárquicos –y quizás ciertos designios- me permitieron mantener una independencia que hasta ahora enarbolo, alejado de partidos políticos, de ideologías trasnochadas, de peleas con molinos de viento, de planes de acción monolíticos, de sujeciones insoportables, etc.
“La Bausate” en esas épocas era considerada “escuela roja”, motivo por el cual se respiraba un aire a conspiración, pero, también, un aire medio policial, casi coercitivo. En mi salón estudiaban tres policías, repartidos estratégicamente: uno adelante, uno al medio y otro al final; se hacían los que no se conocían y trataban de mezclarse con el alumnado intentando estar cada uno en grupos diferentes, era relativamente fácil identificarlos, sobre todo si eras acucioso o te planteabas la duda. Aparte de ello el porte militar y el lenguaje marcial que siempre los acompañaba aún en los momentos recreativos era delatorio. En cierta oportunidad una estudiante que era practicante de periodismo para una radio local se encontró dentro del congreso con un policía-alumno que era ¡¡guardaespalda!! de un congresista, luego de este suceso el policía desapareció de la Escuela. Así de complicada estaba la cosa en la escuelita de periodismo de San Felipe donde todos nos conocíamos a la perfección porque sus instalaciones no superaban a una casa de dos pisos y se respiraba un ambiente familiar.
Llevaba un par de cursos con Melissa, si más no recuerdo uno era “Redacción Periodística III” y otro relacionado a la “Ética y Deontología”. En septiembre de 1991 Melissa se matriculó extemporáneamente, motivo por el cual me pidió mis cuadernos y su integración al grupo de trabajo en el que yo estaba para ponerse al día. Incluso el día 9 de octubre de 1991, en la noche (que era el turno para quienes trabajaban o ejercían el periodismo), le di mis apuntes para que sacara fotocopias y así pudiera adelantar los cursos que, debido a su tardía matrícula y a su trabajo en “Cambio”, no había podido normalizar. Al salir me dijo que “mañana, no fallaría por nada del mundo”. Me sonrío y salió antes de que el profesor y escritor Manuel de Priego (hoy fallecido por una metástasis, el congreso de la república logró editarle un trabajo bastante extenso sobre Abraham Valdelomar) acabara la clase. Volteé para responderle el saludo de despedida sin pensar, jamás, que era la última vez que la volvería a ver. El mismo 10 de octubre de 1991, por la tarde, nos enteraríamos por la radio y la televisión de este vil atentado causado, increíblemente, por un sobre-bomba (mandado por el servicio de inteligencia de la marina) contra alguien inocente, una persona amante de la vida, dotada, no solamente, de una inteligencia superior, sino de esa “humanidad” del que muchos intelectuales o periodistas carecen. Por aquella época, unos meses antes, el 15 de marzo de 1991, también recibió un sobre-bomba el abogado Augusto Zúñiga Paz, director de la oficina de asuntos jurídicos de la comisión de derechos humanos del Perú. El artefacto explosivo le amputo un antebrazo. De la misma forma, Ricardo Letts Colmenares, luego de pedir que el congreso hiciera un minuto de silencio a favor de la memoria de Melissa Alfaro Méndez, recibió, como represalia, otro sobre bomba el día 13 de octubre del mismo año, bomba que, afortunadamente, fue desactivada. La modalidad empleada y el tipo de explosivo plástico utilizado en demolición, como se demostró en varios peritajes, correspondería al servicio de inteligencia de la marina del Perú. El estado calló cobardemente en esa oportunidad y sigue callando hasta ahora.
A propósito de todo esto, el domingo pasado (12/10/2008) César Hildebrandt escribió un artículo en “La Primera” donde despotrica contra Jehude Simon (sus razones tendrá, muchas de las cuáles, a mi manera de ver, son irrefutables y merecen un artículo aparte), pero creo que hace mal al querer levantar la idea del “terrorista-Simon” a través de el diario “Cambio”, creo que ya Dante Castro ha explicado, mejor que yo, este asunto del, para mí, pusilánime, cobarde, oportunista y vendepatria, Simon. Incluso “Cambio” ganó legalmente en todas las estancias donde se le acusaba por “apología de terrorismo” y no se le logró encontrar ningún vínculo directo o indirecto con el MRTA, salvo las noticias que aparecían en el mismo diario y que aparecían en otros diarios, no necesariamente, de izquierda.
Bueno, al final se impuso el Estado y Carlos Arrollo, director de “Cambio” (y a quien estuvo dirigido verdaderamente el sobre-bomba que asesinó a Melissa) tuvo que salir del País antes de ser detenido; hoy dirige “Wayra” una revista sobre cultura y literatura. Hace poco unos poetas amigos (Gonzalo Portals y Rubén Quiroz) lo visitaron en Europa, al parecer, sigue impulsando proyectos culturales, pero padece enfermedades propias de la vejez.
Este 10 de octubre se celebró 17 años de la dolorosa partida de Melissa Alfaro, para quien, desde esta humilde tribuna, pido justicia. La Asociación Nacional de Periodistas organizó un magno evento al que asistieron los familiares cercanos de Melissa, amigos como Magali Quiroz (hasta ahora recuerdo su llanto y sus ojos nublados al frente del periódico mural “El Vendaval” donde yo había colocado un poema a la amiga caída, a la compañera solidaria y sonrisa de niña, víctima de una guerra que hasta ahora, y me atrevo a decirlo, no encuentra solución porque las causas originarias no han sido atendidas. El poema salió publicado en la revista “Aedosmil” de los poetas de la desaparecida ANEA) y compañeros de trabajo como el escritor Dante Castro –amigo y colega de Melissa- que, recuerdo, le pudo dedicar el libro “Parte de Combate”, conjunto de cuentos que había ganado el premio “Casa de Las Américas” en Cuba.
Muchos años han pasado ya, y al igual que muchos amigos, inocentes de todo, que partieron en esta guerra intestina, sus memorias necesitan ser reivindicadas (no con procesos fantasiosos y payasescos como la CVR). La justicia necesita hacerse presente (en su forma más pura y democrática) y lavar las lágrimas de todos los que sufrieron ante estas pérdidas irreparables. Los padres, los hermanos, los amigos, el país lo exige.
Solo me queda decir que Melissa Alfaro Vive y vivirá para siempre en nuestras memorias, nunca la vamos a olvidar. Su vida seguirá siendo un ejemplo. Sus reportajes que todavía releo. Sus fotos, especialmente, esa donde aparece rodeada de niños pobres y sin zapatos en un asentamiento humano (lugares a los que le gustaba ir porque ahí se encontraba con el verdadero pueblo que sufría y necesitaba ser escuchado). E incluso el frío ataúd flanqueado por sus compañeros. La triste mortaja. Recuerdo que tuvieron que velarla con el ataúd cerrado porque el sobre-bomba, literalmente, la había destrozado. Las palabras de “el chileno”, aquella tarde, fueron bastante emotivas e incluso logró deslizar una carta dentro del ataúd para que Melissa la “leyera más tarde” cuando estuviera sola, cuando todos nos hayamos ido. Hasta ahora imagino esas palabras. Han pasado 17 años. Dicen que la justicia tarda pero llega. Todavía estamos esperando.

jueves, 7 de agosto de 2008

OBNUBILACIONES Y UN ARTÍCULO DE CARLOS RENGIFO



El escritor Carlos Rengifo hace un envío de este artículo “Los Paparazzis de la palabra” (también posteado en su blog de sugerente título: “El Escritorzuelo”). Antes, quisiera apuntar que fue Rengifo uno de los pioneros (quizás el más conspicuo y el más suspicaz) de lo que ahora ocurre en los blogs (anonimato compulsivo, ñoñería escritural, señalamientos, injurias, ninguneos, cizaña hasta por los codos, críticas vitriólicas y de escaso calibre, etc.)
Recuerdo claramente un panfleto suyo (mucho antes de la “era virtual”) repartido en la plaza san Martín donde atacaba al escritor, amigo y filántropo Gonzalo Portals (Premio Copé poesía y cuento) a quien, según el autor de “Criaturas de la Sombra”, había visto bailando el “baile del perrito” emulando a un “perrito faldero” (qué carajo le había hecho Gonzalo. No lo sabemos). No olvidemos que muchos de sus cuentos reproducen la vida privada de varios escritores (no quisiera hablar de la novela “La Morada del Hastío” donde uno de los personajes principales es –sin mayores dudas, la descripción, el lenguaje usado, sus búsquedas, así lo señala- quien esto escribe, suicidado a la fuerza con una bolsa de raticida ¿?). Un caso patético es el que involucra a Oswaldo Reynoso, cuya vida íntima es relatada en “El Rumor de la Tormenta”. Hasta el mismo Dante Castro, presentador solitario aquella noche de ausencias (des)obligadas en la Alianza Francesa (los otros presentadores no fueron en –dizque- solidaridad con Oswaldo Reynoso), tuvo reticencias y hasta mostró cierta sorna con el cuento en cuestión, donde el final (sólo imaginado por una mente perversa y de libertades reprochables) el obeso escritor espera desnudo acostado de espaldas a su muchacho escogido. El bendito cuento tiene calidad por lo que los adláteres del creador de “Los Inocentes” no pudieron silenciarlo.
Rengifo ha crecido en las buenas lecturas, en las conversas animosas durante centenas de noches de bohemia (soy testigo de excepción), pero también, no lo podemos negar, uno de sus abonos ha sido, y es, la crítica atrabiliaria, el uso de recursos técnicos dudosos como la maquiavélica grabadora, la que le entregaba los diálogos soñados a la perfección (¿la seguirá usando?), por ello nos (me) sorprende este artículo impostado, lleno de grandes pretensiones humanistoides y de una "corrección" religiosa.
Rengifo es un buen escritor, lo vengo diciendo desde hace casi dos décadas, sus berrinches (como este) no lo desmerecen, ni lo demeritan. Quizás el último párrafo de este artículo (¿le creemos?) sea lo esencial: unirnos todos -y dejar la "pelea de perros"- para seguir hablando de Literatura (con mayúsculas), arte, filosofía, etc. Acepto el reto, pero las cosas claras y el chocolate espeso.
Aquí (donde las verdades son expuestas sin miramientos) el artículo en cuestión, saquen ustedes sus propias conclusiones:


LOS PAPARAZZIS DE LA PALABRA

x Carlos Rengifo

Hablando en un café con mi amigo el narrador y crítico José Guich, coincidimos en admitir que no somos frecuentes visitantes de blogs —de los llamados «literarios» (¿?)—, por el negro tizne que ha venido a caer sobre ellos (no sobre todos, desde luego) y por el elefantiásico soplido y engorde del ego de quienes lo administran, hasta el extremo de hacer de este medio una suerte de consolador o muñeca inflable para un penoso onanismo. Si me he enterado de algunas habas que se cuecen en esta olla de grillos, es porque a mi correo llegan, de rebote, las carnecitas más sabrosas del bajo mundillo letrado como para saborearlas con unas gotas de aceite sacha hinche.
En el fondo, de lo que se trata, a mi entender, es de llenar a como dé lugar —unos, de manera desesperada; otros, con ciertas sutilezas— esa enorme carencia de no tener voz ni siquiera en el coro de los desafinados. Y si con esto me refiero a los administradores de vanidades que escriben como si su vida o sus ideas fueran lo más grandioso (¡a quién le interesan, por dios!), qué decir de esa cloaca inmunda que hierve hasta consumirse en su propia rabia denominada «comments». Solo una vez ingresé en esa madriguera del resentimiento, en ese estercolero de la nulidad, y fue en el blog del señor Ybarra, quien, al parecer, no hace ascos cuando las ratas, las cucarachas y los chanchitos se pasean con plena libertad en el patio trasero.
Durante un día fui piñata de la cobardía sin nombre que lanzaba sus pullas y escupitajos a diestra y siniestra, y en todo aquel vómito de resaca tardía solo pude notar, con pena, cuán baja autoestima alumbra a la gente supuestamente «interesada en la literatura». El chisme, la zancadilla, el puñal por la espalda son los utensilios que se enarbolan, no solo en los cafés, sino ahora en la red (con mucho más libertad y desparpajo, por cuanto la persona agraviante no está al frente para encararlo), en vez de utilizar ese espacio para construir un diálogo serio, educativo y alturado. Ser fisgón y entrometido se ha hecho un mal arte, que viene acompañado por el libertinaje de la pata alzada y los adjetivos con ventilador, y esa fijación deja a un segundo plano lo que debería ser más importante: la obra literaria.
A diferencia de otros gremios o profesiones, es en la pequeña aldea de las bellas letras donde más brincan los saltamontes, donde las emociones se alteran mucho más, tratando de buscar cual perros sabuesos las basurillas debajo de la alfombra, el tartamudeo en la oratoria, la caída en el charco. Nada hace más felices a algunos que ver en el suelo al que intentó elevarse; nada los alegra tanto que mancillar honras (todavía las hay) y hundir al que camina por la línea señalada sin mirar a nadie. ¿Qué interesa que Reynoso, Heredia o Moromisato sean, en lo personal, lo que son? ¿Qué importa que un poetastro sanmarquino esté lavando baños y recogiendo cagada de perros en España? ¿Quién se araña al ver que algunos reciben premios y otros no? Con esto, comprendo muy bien a la cuidadosa Mónica Belevan cuando evita en lo posible todo tipo de «exhibición», según me escribió, para no soplarse las hablillas del «ambiente literario» que vendrían después.
Ante tanto insulto y mala leche, frente a la indisposición hacia el bien de quienes administran y testifican en los corrillos de la blogósfera, propongo tal vez una utopía: sacar lo mejor de cada uno para beneplácito de todos; no ver la mugre, ni las legañas, ni los bostezos, propios y ajenos. Dejar las anécdotas de bar en el bar, las riñas en el cuadrilátero, la ropa sucia en la lavadora. Démosle vuelta a la torta pútrida, que es en lo que se están convirtiendo algunos espacios, y que en los blogs «literarios» se hable de literatura, de arte, de filosofía, y no del lado femenino del pequeño poeta Rubén Quiroz, de las poses que adopta la orate Montserrat Álvarez, de las ediciones maleadas de algunos editores bizarros, del frenillo inevitable de Iván Thays, de la insipidez de algunos narradores de las últimas hornadas, del arribismo de tantas enanas desubicadas y el piquichonismo de tantos minusválidos iletrados, y de otras chorradas por el estilo. Caminemos juntos y sin malicia en una caravana de hermandad, como es lo que propone, por ejemplo, el blog de Javier Garvich, y seamos solidarios por primera vez con los auténticos creadores que trabajan la palabra con honestidad, seriedad, esfuerzo y dedicación. El anonimato en la red ha hecho valientes a muchos pusilánimes que, en el enfrentamiento cara a cara, seguramente no se atreverían ni siquiera a alzar la voz, menos aún a develar su verdadera identidad, y ha servido también para el desahogo de quienes, a falta de tribunas, hacen su propia tribuna egolátrica y autocomplaciente, en beneficio de un individualismo entristecedor.