domingo, 10 de noviembre de 2013

ROCK INDIGENTE (Reportaje publicado en la revista Lima Gris Nro 6)

A inicios de 1980 los vendedores de casetes y vinilos de rock se nucleaban pavorosos en la puerta de la universidad Villarreal, centro de Lima, avenida La Colmena cuadra 3. Ahí se encontraban diversos personajes que, como el streaking(*), esos  desnudos que asombraron la Lima postvietnam, poco a poco irían desapareciendo: el pescador Vicente Fu, un adolescente Ron Kin, el popular Borrego, el flaco Felipe, el Comegato, el Che Luján, el cholo Adrián, la gente de Bandera Negra, las Tombas, Mariella y Alipio o “Petete” entre otros que fueron recalando poco a poco, haciéndose un lugar en la escena subterránea de esos años de violencia política, apagones, inflación, crisis económica y desidia cultural.

Después de 30 años, esto es lo que queda de un grupo de fans, grouppies e impulsores de una música que ha convertido en multimillonarios, burócratas, representantes de gobierno y hasta en sir ha muchos de sus iconos. Total, los recuerdos se los lleva el viento o regresan precisos como un boomerang: “Para el último número les voy a pedir ayuda. Los de las entradas baratas, hagan palmas. Los demás, hagan sonar sus joyas”.

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El gordo Peña, viejo amigo y colaborador, viene a visitarme y me cuenta que se ha encontrado con Alipio, un antiguo vendedor de vinilos y casetes de la Colmena. Me dice que el hombre está en la ruina, ya no puede más, y me da las coordenadas cerca de la plaza Unión de Lima. Inmediatamente recuerdo el primer lustro de los ochentas cuando en ropa de colegio me acercaba donde estos señores desaliñados que ofrecían un apetitoso menú de música variada que iba desde el rock clásico, Led Zepellin, Buchman Turner Overdrive, Ten Years After, The Who, King Crinson, etc., hasta el más reciente sonido metálico de esa época, Black Metal de Venom, los Carnivore o Vulcano y el Warfare Noise brasileño, Chacal, Mutilator, Sarcófago, etc.
Fue Palma, un amigo de colegio, quien intercedió por mí ante Alipio para convertirme en su ayudante vendedor de discos en aquel verano del 83. Y ahí mismo, en una carreta azul sobre el que descansaba una desvencijada tornamesa, empezó una de las aventuras más interesantes de cómo convertirse en melómano recibiendo una paga por ello. El negocio de Alipio no era precisamente vender los vinilos –es más, siempre salía con una triquiñuela para no ofertar el disco y preservar la gallina de los huevos de oro–  sino copiarlos “en alta fidelidad” en casetes Maxwells, Sony o  TDK, y, si el cliente pagaba un poco más, la grabación podía quedar en una cinta de cromo de hora y media a la que se le agregaba un bonus track de regalo y se le rompían las lengüetas para preservar el valioso material.
Alipio era un tipo fornido, de mediana estatura y tenía un corte de pelo a lo carré que simulaba un casco, usaba siempre una raída casaca de cuero y lentes a lo Ray-ban o al de conductor de aeroplano que le daban un aire a algún personaje decadentista de Mad Max. Era bueno para los negocios, lo que se conoce como un gran ofertador o martilleante, y un gran conocedor del rock de los cincuentas, sesentas y setentas. Al atardecer, ponía a todo volumen el tocadiscos y empezaba la juerga, porque todas las noches era fiesta para Alipio y los amigos. Las bancas de madera colocadas al borde de la avenida La Colmena servían de descanso y tribuna para la ocasional platea que se quedaba hasta entrada la madrugada cuando los pirañas todavía respetaban a los transeúntes locales y cuando ese motociclista enmascarado –que en un par de años más fungiría de presidente de la república– todavía no se paseaba por ahí.
Recuerdo perfectamente esos bacanales de música y ron cuitado con emoliente, comida de carreta o al paso. Las largas conversas sobre música, arte y cultura popular y que casi siempre derivaban en política, porque la política era un artículo de pan llevar en las conciencias de esos años. El discurso quemaba en la boca de muchos y la lengua se descolgaba más de la cuenta. El decreto legislativo 046 de Belaunde Terry y el duro ministro de justicia, Felipe Osterling recién empezaba a escucharse relacionado con un caso de abigeos o de invasión extranjera que se irradiaba desde Ayacucho. El asunto concluía cuando Alipio en un arranque de histeria volteaba la carreta y los discos rodaban por la pista a la de Dios y había que recogerlos uno por uno y apaciguar al eufórico o eufóricos que casi siempre terminaban abrazados al pie de las escaleras de la universidad profiriendo palabras irreconocibles.
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Llamo por teléfono a la fotógrafa Susana del Castillo Facho, quedamos en encontrarnos en un punto intermedio de la ciudad para acudir a una cita a la que no hemos sido invitados. Ella está en Breña y yo en Pueblo Libre. El camino es en línea recta, las líneas geodésicas o sinuosas las dejamos para después, así que no hay problema. El carro va por la avenida Brasil, bordea la plaza Bolognesi, sigue por la avenida Alfonso Ugarte, elude a unos perros vagabundos, a una tropa de gritantes de la academia Pedro Paulet, y recala a un costado de la plaza Unión, plaza proleta, rotonda provinciana donde todos miran con desconfianza y protegen sus bolsillos.
A mitad de uno de los puentes encontramos a un hombre sentado con una taza de plástico, tiene una pequeña ruma de vinilos y unos cuantos casetes. No me reconoce, después de treinta años, ya no queda nada del Alipio que conocí, seguro él afirma lo mismo de mí: no me reconoce. Me dice que le colabore, que le ayude, que está hasta las huevas, y le compro varios vinilos descascarados o rotos; mientras le pregunto por la gente de esa época, trato de hacerle la conversa, pero el hombre se siente molesto por la cámara fotográfica, le causa alergias. “No fotos”, me dice y se tapa la cara. “Aquí ha venido la gente de Lúcar y unos periodistas que hacen reportajes para canal 2 y los he tenido que botar. No me gustan las entrevistas. Qué es eso de estar preguntándole a uno por sus cosas. No me gusta nada”. Sí, Alipio, le digo, no te molestes. Por lo menos, me podrás contar qué fue de los otros amigos. “Sí, me dice. Te acuerdas de Felipe. Pobre Felipe. Se murió. Y Vicente, ese loco está con diabetes, se está muriendo, creo que le van a cortar las patas. Y el negro Rigo lo encontraron tieso en su casa. Ya ves amigo, de esa época ya no queda nada”.  Regresaron a casa, le respondo. I’m going home. Sí, me dice, a lo Alvin Lee. El helicóptero de la canción queda zumbando en mis oídos. Imposible juntar a los viejos amigos. Imposible traerlos de vuelta. I’m going home, I’m going home, I’m going to see my baby.

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Mick Jagger contó alguna vez que junto a Keith Richards recogían botellas en las calles con el fin de agenciarse un poco de dinero para comprar cuerdas para la guitarra. Lo mismo le pasó a muchos bluseros como Ike Turner, Little Milton, Rufus Thomas, B.B. King o ‘Howlin’ Wolf del pobrísimo Sun Studio –donde grabaría Elvis Presley–; quizás Wolf sea la imagen emblemática cuando canta How many more years  (no confundir con How many more time de Led Zepellin) con un puñado de dólares en la mano a la amada que se va: I’m gonna fall on my knees, I’m gonna raise up my right hand/ Say I’d feel much better darling, if you’d just only understand, etc. Del mismo modo, Bob Marley vivía en una choza y, según cuenta su viuda Rita: “solo tenía un par de calzoncillos que –ella– lavaba todas las noches”, jugaba fútbol sin zapatos (la zapatilla siempre fue un lujo para los pobres jamaiquinos) y por eso se pinchó el pie con un clavo oxidado que luego le desencadenaría la muerte.
No obstante, si el rock y sus variantes se iniciaron con los negros cantando spirituals en las plantaciones de algodón y/o en los bajos fondos de la estratificación social, muchos de los principales propulsores y emblemas del rock terminaron compartiendo sus vidas con el jet set o con las alcurnias y realezas de sus tiempos. Mientras tanto, los seguidores y propulsores de este género casi siempre se quedaron en el mismo lugar: detrás de la mampara, a la expectativa viviendo de la gloria de sus ídolos. En suma, el rock contracultural, tal y como afirma Luis Britto García, ya fue absorbido en su totalidad y ahora es una mercancía para canalizar la rabia o el desencanto juvenil y no tan juvenil hacia planos más “estéticos” y/o pintorescos. El simple gusto.
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En el centro de Lima, era común ver al maestro Rigo arropado con una frazada marca Tigre (o marca Santa Catalina, su verdadero sello), tocando una guitarra despanzurrada. Rigo había formado parte de la mítica banda Los Dollars 500 que asoló los oídos del puerto chalaco en los años sesentas y que –según dicen muchos conocedores—llegó  a grabar un 45. Lo cierto era que Rigoberto fabricaba guitarras, las hacía a medida con o sin palanca; modelos stratocaster, Gibson SG o Ibanez RG, etc., y siempre andaba con bellas mujeres, y sus amistades eran cultísimos anónimos como la filósofa argentina Marissa quien vivía en unos altos a una cuadra del Queirolo del jirón Quilca. Todo era felicidad para él, además de ser admirado por los músicos de la época. Usaba  su cabello largo que acababa en una colita al estilo de la corte inglés  del siglo XVIII. Unas semanas antes de partir nos encontramos en el chifa Hermanos de Jesús María, conversamos hasta las tres de la mañana sobre temas sucedáneos del rock y sobre su lamentable situación económica: estaba durmiendo en un garaje y realizaba algunos cachuelos que apenas le alcanzaban para pasar el día. También hablamos de su hermano, eximio guitarrista Edgar Casas, con quien tenía duelos guitarreros que duraban días o semanas.  Y así nos despedimos con el sonido de los armónicos y el pasito aicidiciano de Angus Young que a veces le gustaba remedar a Rigo. Una noche el sueño se hizo largo y ya no despertó.

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Alipio agitando los brazos, me vuelve a hablar de Vicente Fú y otra vez en paso xendra volvemos a mediados de los ochentas, parados en la puerta del cine Saenz Peña en el Callao, recién se estrenaba el licor isopropílico Cien Fuegos y los grupos metal de aquella época ya empezaban con el estruendo: Almas Inmortales, Orgus, Anubis, etc.
Los jóvenes tomaban sendas bocanadas de pico del CF. A este oidor se le apagó el televisor, la gitana acompañante le logró despojar de su chamarra de cuero y todo lo que tenía en el bolsillo; y las cosas hubieran llegado a mayores, si Vicente no lo hubiera cargado o llevado a rastras para devolverlo  a La Colmena. Ahí donde los días y las horas se medían con canciones, ahí donde una tarde podía ser The Mule y sus casi 30 minutos de duración o los solos kilométricos de Steve Ray Vaughan o los 55 minutos de Thick as a Brick de Jethro Tull.
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Regresando por la avenida Wilson nos encontramos con el nirvanero Christian que toca canciones con una guitarra eléctrica enchufada a un pequeño amplificador artesanal; también tiene un parante y un micrófono de botellero. A su costado hay un plato de sopa que funge de recipiente para que los transeúntes dejen sus monedas sin interrumpir la música. I’m worse at what I do best/ And for this gift I feel blessed/ Our little group has always been/ And always will until the end/ Hello, hello, hello, how low?
Por la radio anuncian un homenaje y colaboración a Gerardo Manuel, otrora hombre fuerte del rock en el Perú, con su Disco Club y su grupo El Humo; ahora, sin embargo, no tiene seguro y tiene que costear los gastos del señor Parkinson.
El reconvertido al cristianismo y legendario promotor del rock, Lucho Aguilar refiere que Coco Cotos, músico de Los Silverston, se encuentra grave y abandonado a su suerte. Carlos Rodríguez, un viejo periodista y administrador de una galería roquera de la avenida Brasil, me da mayores datos: “Huy, ¡carajo!, me dice –al modo de The Howl de Ginsberg y su visión apocalíptica–, el hombre está mal. Y como él, he visto a muchos roqueros abandonados a su suerte. Sin seguro. Sin jubilación. Lo que pasa es que viven la vida rápidamente sin pensar en el mañana y cuando se les acaba la juventud se quedan en la calle”.
Es hora de regresar a casa. El tráfico atascado por una eventual marcha antiminera obliga al carro a voltear por la Colmena. Viejos recuerdos de neón se esparcen en el aire. Ahí se encuentra otra vez Alipio parado en la avenida haciendo “el remolino”, girando sobre sus macarios con los brazos abiertos y la cara mojada por la lluvia y dando de patadas a sus discos que vuelan en el aire como palomas y que esta vez, con seguridad nadie los recogerá.

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El streaking fue una protesta de desnudos que sacudió la mojigatería limeña a mediados de los setentas. Consistía en desnudarse en plena vía pública y correr por las calles o cruzar una pista donde lo esperaban los amigos o auxiliares para devolverle las ropas. Uno de los lugares de mayores demostraciones de streaking fue la plaza san Martín. Aunque el principal componente era político –recordemos la guerra fría USA-URSS y que el gobierno militar de Velasco había iniciado las expropiaciones–, muchos solo veían un acto de exhibicionismo muy aprovechado por las revistas de la época como Caretas que mensualmente publicaba su secuencia de fotos de los streakings limeños. Los roqueros de aquellas épocas también se sumaron a las protestas y corrieron desnudos por las principales calles de la capital. Quizás la moda se impulsó cuando en 1974 el actor Robert Opel, en una de las ceremonias del Oscar, corrió sin ninguna prenda detrás del presentador David Niven.
ENTREVISTA PUBLICADA EN LA REVISTA IMPRESA LIMA GRIS N° 6 LA PUEDES DESCARGAR AQUÍ http://www.limagris.com/descarga-la-revista-lima-gris-n-6-con-solo-un-click/
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lunes, 14 de octubre de 2013

AIR DOLL: LA SOLEDAD DE LA MUÑECA INFLABLE.

Aquí la película completa:



Air dolls es una extraña película del cineasta japonés  Hirokazu Koreeda, quien antes ha dirigido otros films bastante particulares sobre la cosmovisión asiática, la memoria viva, la pérdida de los seres queridos o la soledad de la metrópoli, trayendo consigo una crítica bastante sutil, y por ratos atrevida, sobre el hombre contemporáneo, automatizado por la máquina y ninguneado en los valores que lo deberían diferenciar de un animal, pero que solo una característica, ya visto por el protomarxista Engels, lo mantiene al borde de lo que entendemos por civilización: el trabajo, el hombre trabaja y eso lo convierte ipso facto en humano.

El personaje principal de AD es una muñeca inflable que acompaña y otorga placer a su dueño, un plúmbeo trabajador que no tiene tiempo ni dinero para estar con una mujer de carne y hueso. La sociedad japonesa, muy exigente con sus conciudadanos, ejerce una presión sutil sobre la idea del trabajo. El trabajo es visto como sinónimo de honor, honorabilidad, ataraxia y fin supremo de todo hombre. Y hasta existe una religión japonesa, la iglesia de Meishu Sama, cuyo principal objetivo es otorgar salud a sus feligreses para que puedan trabajar hasta que puedan dejar sus huesos en las usinas del progreso y la felicidad enfermiza de la tecnología y sus subvalores lobotomizantes.

La muñeca Nozomi --interpretada por la bella Bae Doona, aquí vista en Cloud Atlas--, cuyo nombre no es más que el reciclaje nobiliario de una antigua pareja del esclavo trabajador, es alcanzada por la iluminación, hecho que no se explica sino a través de un milagro o un “alumbramiento” platónico con aires pinochescos; y empieza su “vida” hacia lo que podríamos llamar el conocimiento interior, pasando primero por una indagación en el mundo externo: la praxis in situ de la miseria urbana, el desinterés del prójimo y el frío proceso de autoengaño de las multitudes para realizar vidas vacías que no le importan a nadie y cuya mayor trascendencia es una vela, un incienso o una frase mortuoria en el cementerio.

Y es en este camino que Nozomi se plantea buscar a su creador, a su dios personal que no es otro más que el fabricante de muñecas, quien la guía a un deshuesadero de plásticos y cabezas de pvc decapitadas cuyos moldes ya están descontinuados. Ahí Nozomi descubre que su vida no tiene sentido ni un propósito que salga de su interior, sino que es una persona-objeto que sirve para paliar el estrés, la pasión y la soledad de quien pueda pagar por ella, pero a diferencia de una meretriz, su cosificación (sin ninguna voluntad) no es pasiva sino contradictoriamente activa (¡el plástico sintetizado puede llegar a amar?, la pregunta no es tonta, quizás es reversible si es que nos fijamos en los miles de individuos que están haciendo hogares con muñecas de plástico o los que encuentran el placer perfecto en el orgasmatrón que no es más que una máquina). Por ello mismo, cuando ella cree enamorarse del dependiente de ventas pone en duda sus sentimientos y entra en una pánico escénico, un absurdo de lo real concreto porque al fin y al cabo es una muñeca de plástico casi como los seres que deambulan por el mundo, los yonkis, los sin trabajo o los que no quieren empeñar su fuerza motriz y se ven aherrojados a un infierno que se llama desempleo y/o indigencia.

Cuando el regente o dueño de la tienda la “viola”, Nozomi se deja llevar; acaso no fue creada para eso, acaso su fin ulterior no es otorgar placer a un pobre diablo que ni siquiera sabe cuál es su verdadera misión –si es que hay una-- en un mundo donde la comunicación ha perdido el habla y se ha transformado en un arma de dominación, porque ya no nos comunicamos: “interactuamos”, mandamos mensajes de texto, damos regalos virtuales, pagamos las cuentas por la red o dormimos con el iphone enchufado en la oreja y cada día nos importa menos el vecino de al lado o la familia que se convierte en una carga, una pesada sombra que hay que desechar o borrar con el mouse.

Pero es quizás en el amor (o en la idea del amor) en que Nozomi cree encontrar una luz, pero se da cuenta de que nunca va a poder ser como los demás, el dolor y el desamor es inevitable; en realidad nadie puede ser como los demás. La salvación no está en lo uniforme, la domesticación de la conciencia, sino en el aislamiento o en el dejarse morir, la inmolación. Y así lo ve la muñeca de plástico, la muñeca inflable que de tanto uso se abandona en el tacho de basura para que los recicladores hagan con ella lo que hacen con todo lo que la sociedad excrementicia hace con la basura, detritus de la seudocivilización o con el hombre.

DÉJÁ VU


Déjà Vu: las señoritas Jessica Tapia y Astrid Fiedler no estaban capacitadas (ni tenían la voluntad) para entender la verdad por más que se les refregara sobre la cara.

jueves, 10 de octubre de 2013

Alice Munro gana el Nobel de Literatura


Después de muchos años el Nobel premia al cuento. ¡Y que cuentos! La escritora canadiense Alice Munro ha ganado hoy el premio Nobel de Literatura 2013. “Maestra del relato corto", según el dictamen de la Academia sueca, "su estilo es claro y de un realismo sicológico”. Munro, nacida en Wingham (Ontario) en 1931, es la decimotercera mujer que obtiene el galardón más importante de las letras universales y la primera que se apunta el tanto para el país norteamericano. Conocida como "la Chéjov de Canadá", la narradora ha colocado los cimientos del realismo moderno literario de su país. Mundos corrientes que tras su serenidad esconden tormentas afectivas y sentimentales a punto de desatarse.
"Era un castillo en el aire que podía suceder, pero probablemente no sucedería. Sabía que estaba en la carrera, sí, pero la verdad es que nunca pensaba que fuera a ganar”, ha reconocido la premio Nobel aThe Canadian Press. “Estoy feliz y muy agradecida y en particular orgullosa de ganar este premio y agradar a tantos canadienses”, ha declarado en un comunicado a través de su agente.


"Está al nivel de los mejores como Chéjov, Maupassant y de Borges", afirma Javier Marías. Parte de esa maestría, agrega el escritor madrileño, que le concedió a Munro el titulo de duquesa del Reino de Redonda en 2005, se deba que "tiene una grandísisma escritura en la que consigue transmitir una profunda emoción con personajes normales en una época en la cual se privilegian los buenos o malos sentimientos que rozan la cursilería. Ella escribe sobre gente normal sin, cargar las tintas, y consiguiendo unos niveles de emoción profunda con poco parangón en la literatura actual"

Un recado en el contestador: "Ha ganado el Nobel de Literatura"

Alice Munro también pasará a la historia por haber sido la primera Nobel de Literatura que recibió el anuncio en su contestador. La Academia sueca fue incapaz de contactar con ella antes de difundir el galardón públicamente, como ocurre habitualmente.
Después de varios intentos frustrados, según tuiteó un portavoz de la Academia, optaron por dejar un mensaje en su contestador. Todavía pasaron tres horas hasta que los responsables del Nobel pudieron informar directamente a Munro de su distinción.
"Aquí estábamos en mitad de la noche y por supuesto yo me había olvidado por completo de esto", dijo la escritora a la cadena de televisión canadiense CBC, que informó que ella estaba visitando a su hija, que la despertó con la noticia de que era la flamante Nobel de Literatura.
La aportación de Munro a la Literatura y su universo literario los define así el escritor y crítico argentino Alberto Manguel: "Las grandes obras de la literatura universal son vastos panoramas globales o minúsculos retratos de la vida cotidiana. Alice Munro es el genio indiscutible de estas últimas, capaz de hacernos ver a través de la una banal circunstancia toda la gama de nuestras pasiones y de nuestras pequeñas derrotas y victorias". Sobre su inequívoco mundo femenino añade un interesante matiz el crítico, escritor y traductor estadounidense Davil Homel: "ella escribe sobre mujeres y para mujeres, pero no está demonizada por los hombres".
Munro se inició en la literatura a los 30 años, con cuentos y relatos que vendía para la radio pública canadiense. La autora, madre de tres hijas, ha reconocido la importancia de su madre y de las mujeres que ha conocido en su vida para construir su gran territorio literario. En cuanto a la influencia de otros autores en su obra, ha destacado la influencia de Katherine Anne Porter, Flannery O’Connor, Carson McCullers y, sobre todo, Eudora Welty. Así como de James Agee y William Maxwell.
La editora de Lumen, su sello en España, Silvia Querini, se encontraba hoy “escandalosamente feliz” de que el Nobel hubiera recaído en Munro, una autora que había perseguido durante nueve años para que sus obras figurasen en su catálogo. Mientras la editora corría por los pasillos de la Feria del Libro de Fráncfort destacaba de ella su intenso trabajo, “aprovechando para hacer lo que realmente le gustaba: escribir”.

Algunos de sus libros

Las lunas de Júpiter (1982, edición original)
Progreso del amor (1986)
Amistad de juventud
 (1990)

Secretos a voces (1994)
El amor de una mujer generosa (1998)
Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio
 (2001)

Escapada (2004)
La vista desde Castle Rock
 (2008)
Mi vida querida 
(2013)
Alice Munro ha volcado en su literatura la experiencia de su vida cotidiana. Hija de una profesora y un granjero, estudió periodismo y filología inglesa pero abandonó los estudios para casarse y ser ama de casa. Entonces aún no escribía. Montó una librería con su primera esposo, padre de sus tres hijas, hasta que se divorciaron. La escritora, se casó por segunda vez (aunque mantuvo el apellido de su primer marido) y empezó a publicar con éxito en 1968. "Utiliza los retales del tiempo y las 26 letras del alfabeto para crear un universo espléndido", asegura Querini. "Su literatura es hermosamente feroz cuenta con la inteligencia del lector. Te invita a un juego y si tienes las cartas adecuadas te invita a entrar para que te lo pases estupendamente”. Según su editora, Munro "ya no escribirá mucho más de lo que ha hecho hasta ahora. De su obra me quedo con Mi vida querida no solo porque sea el último sino por la parte autobiográfica, que es fantástica”.
Solo en los últimos años se han difundido la mayoría de sus libros en español. De los treces títulos que lleva publicados se conocen en castellano los siguientes: Las lunas de Júpiter (Debolsillo) (1982, edición original), Progreso del amor (RBA) (1986), Amistad de juventud (Versal) (1990), Secretos a voces (RBA) (1994), El amor de una mujer generosa(RBA) (1998), Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (RBA) (2001),Escapada (RBA) (2004), La vista desde Castle Rock (RBA) (2008) yDemasiada felicidad (Lumen), conocida en 2009 pese a que antelación había anunciado su retiro definitivo de la literatura. Siete de sus ficciones han sido llevadas a la pantalla, especialmente a la televisión. Sarah Polley filmó en 2006 Lejos de ella, con Julie Christie, basada en uno de sus cuentos.
* Con información de Aurora Intxausti.

Noticia de El País: 
http://cultura.elpais.com/cultura/2012/10/10/actualidad/1349889198_516069.html 

domingo, 29 de septiembre de 2013

KILOWATS, kOkA kOLA ROCK




introx

Richi Lacra insiste con las colaboraciones, llama por teléfono, escribe correos, pone ultimátums, dice que la fecha se (le)acaba, que le tengo que enviar el texto, que el material era para ayer, etc., etc. Este señor Lacra ya me tiene harto y no sé cómo sacármelo de encima. Ahora me pide que escriba algo sobre nuestro recordado amigo Kilowats; «cualquier cosa –me dice–, lo que te salga del forro, usted es un maestro y bla bla bla… y después pasamos por el bolo y su impuesto de guerra, usted ya sabe cómo es esto, vivimos en los cerros y nadie nos auspicia, etc., etc.» Pero en este preciso momento no se me ocurre nada. Ni si tuviera un cerebro hipertimésico (capaz de acordarse de todo) podría hacerlo. Fueron tantos años y hoy solo conservo un par de casetes con grabaciones artesanales de nuestro malogrado amigo. Quizás si pusiera play, podría acordarme de algo. Entonces busco una vieja casetera a pilas que usé en mis épocas de periodismo radial. El ruido vuelve a hacerse realidad. La onda expansiva nos alcanzará. Hey Ybarra, qué riquiti te cuentas. ¿Hacemos una chancha para trago? Mira quién viene por ahí, esa gente…

Jhonny B. Goode  or Johhy Huancayo

 Lo conocí a fines de los ochentas e  inicios de los noventas, ahí en la vieja calle del jirón Quilca, en una de esas mesas de Las Rejas, las que estaban al fondo, cerca al baño, sumidero y berrinchero. Lugar donde se reciclaban los artesanos y waikis, junto a los rockers, los poetas y artistas que fumaban yerba, coca, pasta o cualquier cosa que pudiera entrar por la tráquea; y uno que otro parroquiano que lloraba sus penas a moco tendido, mientras “Picapiedra”, el mesero enamorado de la luna, se cortaba las venas con una botella rota. Ahí conocí a Kilo, Edgard Barraza, amigo de todos y lead vocalist-frontman del underground Cola Rock. Por entonces, ya le decían Kilowats por el singular parecido con el logo-mascota de las Empresas Eléctricas Asociadas: Kilowatito, que en realidad era una burda copia del cartoon «Reddy Kilowatt» (a quien se le pagaba regalías por este asunto) y que por nuestros lares tuvo tanta pegada que salía al lado del acahuma presidente Belaúnde Terry. Y también publicitaba cuestiones que tenían que ver con el Estado; hasta dicen que esa chamba de muñeco eran tan codiciada que había que postular y llenar formularios de psicotécnico y tests de Rorschach. Lo cierto, es que eso le importaba un rábano a Kilo, siempre presente en todos los eventos de rock y poesía, como el otrora Los Lunes del Sapo con Piero Bustos y César N en la alta dirección colegiada, monitoreando toda la manada subterránea que asomaba la cabeza en esta Lima pacharaca y Astalculo a cuyos primeros músicos subterráneos llamó «vándalos» y a quienes, en cierto momento, se les quiso aplicar el decreto legislativo 046 por terrorismo, instaurado por el execrable ministro de justicia ultraderechista, Felipe Osterling Parodi.

 The  rocker salvo salve

Kilowats vestía de jean con un polo blanco y una casaca camionera de cuero, llevaba el pelo al ras y era de contextura delgada. Su frase célebre siempre fue «ay riquititi», sobre todo cuando nos encontrábamos en los culturosos eventos de aquellas épocas y mi compadre siempre ponía la buena onda y armonizaba, mismo plenipotenciario o incienso limpiacasa, con los grupos menos integrados o los más belicosos. Kilo no tenía problemas con nadie y siempre estaba a la espera de que hubiera un hueco, un vacío en el escenario para ponerse a tocar con algún grupo improvisado o parchado, o con cualquiera al que le gustase el punk rock o las melodías antisistemas que hacían las delicias de los jóvenes renegades de aquellas épocas. Seguro habrán muchas historias y anécdotas que contar y que pudieran ayudarnos a recordar a Kilowats. Yo rememoro algunas; una fue en un concierto cuando varios lúmpenes querían masacrar a un escriba por haberlos ofendido al pedirles que respetaran a una dama. Los facinerosos sacaron sus cuchillos oxidados y cuando ya estaban dispuestos a hacer picadillo al escriba, Kilo salió al frente y calmó los ánimos, metió su mano al bolsillo y les ofreció algo enrollado y un encendedor. Todos volvieron a sus asientos y el escriba no tuvo que regresar por partes a su casa. (Gracias K por esa delicatesen).
Dicen que fue el cáncer quien le ganó la batalla; quienes estuvimos cerca siempre lo vimos con buen ánimo, incluso al final, cuando los ganglios se le inflamaron, una pañoleta de seda al cuello y seguir roqueando fue la consigna. Su sonrisa amable y su fuerza de rock and roll siempre estarán presentes. Honor y gloria al rocker subterráneo.

Outrox

Richi Lacra vuelve a la carga. «Su texto, comandante»,  dice. Ahora se metamorfosea y cuelga en su página de fb un vídeo donde se me injuria. Pienso mandarlo a la damier, a la misma shit o a la merda de Alfred Jarry, pero ya son tantos los años que nos conocemos y sobre todo, que me ha hecho escuchar una cinta que tenía perdida entre todos mis cachivaches. Quizás es hora de volver a repasar el casete y ponerme a escribir unas cuantas líneas de Kilowats. Quizás un buen título debería ser Kilowats, koka kola rocks o quizás debería guardarme esta pequeña nota en el bolsillo y salir al concierto homenaje que se le dará hoy sábado en el boulevard de Quilca. Antes presionó play y sale Chuck Berry con su camisa de flores tocando: «Solía llevar su guitarra en la funda de una escopeta, o se sentaba bajo un árbol al lado de la vía del tren. Oh, un maquinista lo podría ver sentado ahí en la sombra, rasgueando al ritmo que marcaban con sus trenes. La gente pasaba y paraba para decir: “Oh, Dios mío, ¿pero éste pequeño chico de pueblo puede tocar?” » *

*«He used to carry his guitar in a gunny sack. Or sit beneath the tree by the railroad track. Oh an engineer could see him sitting in the shade. Strummin' to the rhythm that the drivers made. People passing by they'd stop and say. “Oh my but that little country boy can play”».



lunes, 23 de septiembre de 2013

PARIS: GRAN JORNADA DE ESTUDIOS SOBRE JULIO RAMÓN RIBEYRO.


EL BOTÍN DE LOS AÑOS INÚTILES
JORNADA DE ESTUDIOS SOBRE
JULIO RAMÓN RIBEYRO
III. Radiografías del cambio: urbe y sociedad
13h40 - 14h00 // Félix Terrones:
Lima ciudad de papel y ficción: alcances y evoluciones de una imagen
desde la obra de Julio Ramón Ribeyro
14h00 - 14h20 // Porfirio Mamani Macedo:
La representación de la decadencia de la aristocracia en el cuento
El marqués y los gavilanes
14h20 - 14h35 // Rueda de preguntas.
IV. Elementos para un catastro literario: espacios y valores
14h35 - 14h55 // Jorge Cuba-Luque:
El enclaustramiento y sus significados en los cuentos de Ribeyro
14h55 - 15h15 // David Barreiro:
El espacio natural como vector de tensión en la novela Crónica de
San Gabriel, de Julio Ramón Ribeyro
15h15 - 15h30 // Rueda de preguntas.
15h30 - 15h45 // Pausa.
V. Prácticas y construcciones autorales
15h45 - 16h05 // Françoise Aubès:
La imagen del escritor según Ribeyro
16h05 - 16h25 // Gersende Camenen:
«He escogido cuentos ribeyrianos teñidos de maupassantismo»,
Ribeyro traductor de Maupaussant
16h25 - 16h40 // Rueda de preguntas.
VI. Mesa redonda de escritores: el legado de Ribeyro
16h40 - 17h00 // Alfredo Pita:
Ribeyro, un maestro discreto
17h00 - 17h20 // Ricardo Sumalavia:
Realmente qué estamos viendo en Por las azoteas de Julio Ramón Ribeyro
17h20 - 17h50 // Rueda de preguntas y debate
17h50 - 18h00 // Conclusión y cierre de la jornada
Organizadores:
Paul Baudry & Ina Salazar.
Université de Paris-Sorbonne / CRIMIC
Université de Caen Basse-Normandie / LASLAR
Programa:
9h15 // Bienvenida a los participantes
9h30 // Presentación de la jornada por Sadi Lakhdari
9h40 - 9h50 // Breve documental sobre Julio Ramón Ribeyro
I. Dos acercamientos a lo biográfico
9h50 - 10h10 // Jorge Coaguila:
Algunos detalles de la biografía sobre Julio Ramón Ribeyro
10h10 - 10h30 // Daniel Titinger:
Ribeyro por sus amigos. ¿Quién era Julio Ramón más allá de sus libros?
10h30 - 10h45 // Rueda de preguntas
10h45 - 11h00 // Pausa
II. Posicionamientos en el campo literario
11h00 - 11h20 // Luis Dapelo:
El dinero en los diarios de Julio Ramón Ribeyro
11h20 - 11h40 // Paul Baudry:
Ribeyro, ¿un retaguardista?
11h40 - 11h55 // Rueda de preguntas
11h55 - 13h40 // Almuerzo

domingo, 22 de septiembre de 2013

"Sendas y andurriales. Apuntes sobre algunas novelas peruanas recientes", de José Donayre


El viernes 4 de octubre, a las 7 p.m., en el auditorio del Centro Cultural de España, se presentará el libro de José Donayre Hoefken: "Sendas y andurriales. Apuntes sobre algunas novelas peruanas recientes", publicado bajo el sello de Ediciones Altazor.  
Los comentarios estarán a cargo de Rodolfo Ybarra.

"Sendas y andurriales" es un conjunto de ensayos en los que José Donayre desarrolla algunos conceptos literarios a partir de novelas de Enrique Congrains ("El narrador de historias" y "999 palabras para el planeta Tierra"), Percy Galindo ("Como los verdaderos héroes" y "A pedir de boca"), Karina Pacheco ("Cabeza y orquídeas"), Lucho Zúñiga ("El círculo Blum"), José Güich ("El misterio de la Loma Amarilla"), Enrique Cortez ("La felicidad de los muertos"), Grecia Cáceres ("La vida violeta" y "La colección"), Alina Gadea ("Obsesión"), Francisco Medina ("El grito de la placenta"), Rodolfo Ybarra ("Matagente"), Yuri Vásquez ("El nido de la tempestad"), Carlos Calderón Fajardo ("La noche humana" y su trilogía sobre Sarah Ellen) y Ricardo Sumalavia ("Mientras huya el cuerpo"), entre otros autores peruanos. A partir de estas lecturas, José Donayre indaga sobre lo que cada escritor oculta tras el planteamiento narrativo, ficcional y temático, así como los nexos que establece con la tradición, la realidad y los intereses estéticos dominantes.

FALLECIÓ ÁLVARO MUTIS

El escritor colombiano Álvaro Mutis, premio Cervantes 2001 y que residía en México, ha fallecido este domingo en la capital de ese país, según han informado fuentes oficiales.
El fallecimiento del autor ha sido confirmado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de México (Conaculta), que no ha dado a conocer aún razón de la muerte del escritor.
Mutis, de 90 años, Premio Cervantes 2001, ha perecido en un hospital de la capital mexicana, según informes de los medios locales de comunicación.

lunes, 16 de septiembre de 2013

LA BOMBA DE PLUTONIO DE JAVIER JABATO*


 *Una versión de este texto ha sido publicada como prólogo del libro Grimorios de la España cementerio, de Javier Jabato. Bohodón Editores, Madrid España, 2013. http://bohodon.net/publicacion.php?id=353



I

La historia cuenta que, en 1966, cayeron cuatro bombas atómicas en la playa Palomares de Almería, España. Esas ojivas nucleares cayeron al chocar dos aviones norteamericanos en plena “guerra fría”, pero nunca explotaron. Más de cuarenta años después de este hecho y en tiempos en que la carroza del capitalismo desbocado se precipita a la fosa común de la historia, asistimos a este hermoso encuentro radioactivo en la explosiva/implosiva poesía de Javier Jabato: anarquista, cocinero, mesero, baja policía, oficial de construcción civil, amante de los bajos fondos y del concolón de la historia; y, sobre todo, hambriento canibalizador de arte, sus derivados transgénicos, y escribidor de textos que tienen todos los condimentos y especias que saltan de la sartén al fuego y del fuego al lector.
Sus poemas queman en las manos y en los ojos, son lava ardiente producto de las vivencias más sórdidas o cotidianas: desde los empleos menos lisonjeros hasta las catilinarias contra alguna mujer que le ahorró la soledad y lo dejó varado flotando sobre un colchón mugroso recordando que el amor es también un perro del infierno –Chinaski dixit– o una estaca en el corazón (de esto entendía bien Sigfrido, Boris Karloff o el vampiro Béla Lugosi que murió solo y abandonado). Y el poeta sabe que es Blake, Verlaine, Hölderlin, Rilke, Panero o César Vallejo. Él es todos los aedas que, en transfusión sanguínea sin catéter y en completa inmanencia, han guiado su destino a este Grimorios de la España cementerio, camposanto eterno de la guerra civil, las malvadas falanges, los trastazos de Franco Bahamonde-Hitler-Musolini-Idi Amin-Zapatero-Los Aliados, etc., y de, cómo no, todos los caídos en acción directa en la lucha por la dignidad y por ese mañana que amanece cualquier día y que no tarda en llegar.
Así, su poesía está provista de las retrocargas de los anarquistas, de las bombas molotov, los quesos rusos y del agit-prop de los indignados, cuyas voces azotan la vieja Europa, hacen temblar los muros de Jericó, los castillos dóricos y los palacetes de los jerarcas, los jeques, los plutócratas y retumban en todas las direcciones de la roseta náutica. Los ludistas con máquinas y sin ellas, los conspiradores con altavoz y a voz en cuello, los obreros sin Marx-Engels-Lenin-Trotski-Bakunin-Kropotkin-Mao-Mariátegui-González Prada-Malatesta-Durruti-Žižek…, los campesinos sin tierra o con tierra en las manos, los renegados y olvidados homeless que (des)creyeron en un sistema que se cae a pedazos y que ahora encuentran en la sobrevivencia la única forma de alcanzar la “felicidad” (así en comillas, o entre paréntesis), aunque esta se resuma a más crisis, más represión, más guerra contra las naciones pobres para saquear sus recursos naturales y obligarlos a vivir de rodillas, a latigazos sobre la espalda pelada frente al club Bilderberg, el club de Forbes, los Skull and Bones o cualquier club chino de trillonarios.
Mientras tanto, la poesía no puede ser solo palabras bien dichas o interjecciones de dolor, la poesía no es una isla o antípoda de sí misma. La poesía es también un arma de combate: dispara a quemarropa a las conciencias o se convierte en un potente detonante o detonador. Jabato sabe bien, más allá de Freud, Kant o los alienistas de la pos-posmodernidad, que cualquier palabra que se diga regresará como un búmeran, como un efecto de rebote, acción-reacción (segunda ley de Newton), porque, ante la fuerza de la realidad, solo es posible la aseveración, incluso el silencio o el dejar pasar: “Hace tiempo/hubiera escrito que/ESPAÑA ES CAÍN/pero/hace tiempo entendí/que/no por escribirlo/o no escribirlo/dejaría de/serlo”. O sea, (d)enunciamos, pero ya sin mayores aspiraciones, pero no desde el lugar de la rendición o de las tablas (=), sino más bien desde su antitético sentido, belleza y lucha por la belleza, porque como lo dijo Goethe: “terrible es aquel que no tiene nada que perder”. Y ahí tienen al Unabomber, los hombres bomba de Oriente Medio, los liquidadores de Chernobyl o de Fukushima y los monges budistas de Nepal convertidos en bonzos humanos.


II

Hoy, después de tantos siglos, hemos visto que la economía es también feedback, retroalimentación; y esa vieja idea regurgitada desde el efecto mariposa de “si Europa se resfría, al Tercer Mundo le da pulmonía” no es más que un lado de la historia, una parte del discurso que debería incluir al catoblepas o a esa ley hermética: tanto como es arriba igual es abajo. Ergo, Jabato escribe este libro en Madrid, repleto de sudacas, marroquíes, eslovenios, polacos, turcos, ucranianos, etc., pero bien lo pudo escribir desde Buenos Aires, Santiago o Lima, rodeado por miles de migrantes –y no precisamente turistas–, atraídos por el boom de una economía acromegálica, formada por capitales golondrinos y las excreciones del narcoEstado, lugar donde ahora trazo estas palabras casi como si fuera un acto ilegal, porque el tiempo no nos alcanza ni para cepillarnos los dientes y ya no somos “seres humanos” u “hombres”, sino “horas-hombre”, PEA (población económicamente activa) y tenemos que robarle tiempo al sueño, a la esposa o a los hijos para mantenernos vivos un tiempo más en el mundo del logos, la neomatrix de los que decodifican al mundo y lo imprimen en papel o lo trazan en las cavernas-fábricas-cocinas-baños-sumideros del libremercado y su filosofía de globoidiotización y la paz de los cementerios.
El trabajo se ha convertido en acto de crueldad, las cadenas de los esclavos se han convertido en las ocho, catorce o dieciséis horas de laburo de los ilotas modernos: lo vemos en las maquilas de México, Sudamérica, Tailandia, Corea del sur, Singapur y en todo el resto del Sudeste Asiático, donde se esclavizan a niños, se doblegan a jóvenes y adultos, y hasta los ancianos son repuestos en los lugares donde alguna vez se jubilaron para que mueran mientras manejan máquinas automatizantes casi como si fueran la extensión o las prótesis de sus propios cuerpos y mientras otros se ceban en el poder y la abundancia y recapitalizan la plusvalía en nombre de la libertad, el progreso y el orden.
Y es que la base material determina el pensamiento, la estructura condiciona a la superestructura: la moldea a su imagen y semejanza; y, en un mundo material, digámoslo de una vez, la poesía se convierte en producto, bien de consumo fungible, artefacto de uso y cambio, y así como hay cine de divertimento o carreras profesionales creadas por la burguesía para justificarse a sí misma como administración de empresa, antropología, economía o sociología, etc., también hay poesía de divertimento o de juguete, poesía hologramática, sin alma, que le canta a la perfección de las formas, donde se venera hasta el orgasmo a la rima, al ritmo y a la métrica, o los neoexperimentos, que casi siempre son trasnochados retruécanos donde alguien ha descubierto la fórmula de la pólvora (o la polvorosa), pero cuyo contenido no nos sirve ni para razonar en la filosofía del caracol o cuestionarnos que no hay ni puede haber poesía sin sentimientos o poesía sin alma. Y, frente a todo este marasmo y embestida capitalista en los hábitos, costumbres y creaciones humanas, el estro poético ha reaccionado de la mejor forma generando una poiesis de clase, underground, nihilista, ácrata, anarquista, lumpen, postsituacionista, ilegal, ecológica, punk, insumisa, distópica, antisistema, etc., como es la poesía de Javier Jabato.
                                                                                                                          

III

Grimorios de la España cementerio es el proteico poemario que nos presenta J. J. luego de sus generosos textos: Anti Disney tales (2012), Parusía punk (2011, presentado en un bar subte de Lima, Perú) y Caín o la literatura del odio (2009). El texto abre como una flor carnívora, con un texto de uróboros donde la serpiente es el mismo hombre que “reptilíneamente” se entrega a ese sentimiento que Dante Alighieri denominó el motor de la historia, una máquina ausente de pájaros “sobre el cadáver del mundo”; pero el amor de Jabato, alejado del circo hollywoodense o de las telenovelas latinoamericanas, siempre tiene un resabio amargo, una aureola del Maudits Français o del romanticismo alemán, y escurre su propia soledad de multitudes, la soledad del que, a pesar de la vorágine, el espleen y el ruido infernal de las ciudades, siente que nada lo puede acompañar, que el estar solo no es una coyuntura o un acto reflejo, sino también decisión u obligación. Entonces la escritura se convierte en fiel compañera, tanto para ser testigo de su tiempo (acaso no hizo lo mismo san Juan al escribir el Apocalipsis en la isla de Patmos, u Horacio arengando frente a los romanos) como para denunciar o sindicar lo que le hiere, le oprime, le repele o le incomoda.
Jabato ha logrado construir este Grimorios de la España cementerio al modo clásico, sin capítulos, sin cortapisas, separaciones ni mayores afeites, casi de un solo aliento; ha apostado por la poesía en su nivel más alto, monolítico, incandescente, fulminante, radioactivo y natural. Por eso, la pasión del amor es también la pasión por la resistencia, el combate cuerpo a cuerpo o la inmolación frente a un sistema que ha hecho metástasis y que ha encontrado en España a su mejor laboratorio de pruebas clínicas o su mejor cobayo: Who? No es la crisis es la propia España. Ergo, ¿qué es España? El mismo Jabato nos da la respuesta: “España son —y esto no es noventayochismo, derrota, complejo o culpa-/sus camareros sin contrato/& los fontaneros/& los carpinteros/& los ferrallistas/& sus cancerberas/bandas/de/gitanos/en las obras/por la noche/agazapadas”. Y es que España, jalada de los pies por Grecia, simboliza la crisis mundial, pero también es el escenario natural donde el capitalismo se juega su última carta; la crisis inmobiliaria y financiera, así como la crisis de los valores humanos han entrado en una vorágine que quizá arrastre a la sima a toda Europa y a Estados Unidos como un fallido Colisionador de Hadrones. Solo es cuestión de tiempo, dicen los críticos más severos. El mercantilismo en su fase más agresiva ha devenido en su propio enterrador.
Pero no nos alejemos de la irradiación jabatina, el hongo radiotrófico que nos convoca. El dolor físico es también el dolor de las multitudes enajenadas, subyugadas. El cansancio y la bastardía del trabajo es la doblegación en macro de los obreros-esclavos, de la cual Jabato se conduele y reniega con justa razón, a veces hasta del modo más sublime y menos sutil: todocortatodopinchatodoquema, que quizá es una expresión común dentro de los que laboran en la cocina o ejercen oficios al pie del fogón, la hornilla, la olla caliente o el cuchillo afilado picando tubérculos, haciendo picadillos la vida que se nos escurre de las manos.
El cómo todas estas vivencias se van convirtiendo en poesía nos puede llevar al cómo un territorio o cuerpo se torna en “radioactivo”, cómo la sola presencia del logos –y en especial de este tipo de logos– implica ya una inmanencia, un deber, un acto políticamente incorrecto. Y así como esas bombas de Palomares radiaron cincuenta mil metros de tierra y mar, sin explotar, podemos decir que la poesía de Jabato es peligrosa en sí misma y en muchos sentidos, solo abriendo el libro, repasando el título u hojeando sus páginas, y no solo en lo ideológico, que, a fin de cuentas, es el plano ético –el ethos de la costumbre–, sino en cuanto a formas, donde la estética es un derivado más de la palabra misma, su belleza como sinónimo de franqueza, honestidad, tan raros en estos tiempos donde todo atrezzo y maquillaje para el televisor o las grandes pantallas es la norma: “me gustaría que me acompañaras/sé que es mucho pedirte/la semana santa de mi pueblo,/a la nocturna en concreto,/y que vieras alucinada/enteras filas espectrales/avanzando penosas por la calle Cuesta/y oyeras en la noche/las castañuelas del óbito/y entendieras así/tantas/y/tantas/cosas mías”. Y, como sabemos, todo salto cualitativo es también producto de lo cuantitativo, del “sin luchas no hay victorias”, del “siempre de pie y nunca de rodillas” y de la suma de todas las experiencias, lecturas y la ejercitación sobre la materia, su papel transformador, cuyas síntesis se pueden convertir en arte, sutra o poesía. Lo estamos viendo.


IV

Este es el imago mundi de Javier Jabato, la palabra que nos envuelve como una serpiente y nos narra los hechos cotidianos de un habitante de España, esta nueva España poscarlista con rey borbónico y crisis económica, con burócratas y nuevos millonarios; con modelos de pasarela y harapientos, mendigos, mano de obra “no calificada” (o mano de obra sin obra); y, cómo no, los “parados” –que ya son una clase en sí–, los indignados u olvidados de Buñuel, el daño colateral que crece como una nube de avispas o langostas ante la tempestad que se acerca y que ya avizoramos en los rayos catódicos de los televisores plasma y en las noticias de los periódicos del cochambroso Hearst.

Esta es la España de alma en pena, con recortes de salarios y subidas de impuestos, con rentas imposibles, baja de activos, cero inversión, cero consumo, paro, depresión y huelgas en la espiral deflacionista de Fisher o de, para decirlo en un verbo de Jabato, españece, mengua, se expolia y hasta el aire se enrarece, y la poesía brota de la posible ruina como una dalia o como el ginkgo biloba que creció fortalecido después de la explosión de Hiroshima: “Toda España/desde Las Palmas a Gerona/es un cementerio/en el que los turistas fotografían al niño precadáver,/un cementerio en el que yo duermo sin compañía/sin ti que es lo mismo/en mi tumba/número 12.771”.


Este es, pues, el canto redivivo de Jabato y los rapsodas del famoso grito de guerra francés Épater la bourgeoisie, escandalizar a la burguesía, golpearla en la nariz, hacerla caer de bruces bajo las suelas de nuestros zapatos, no darle tregua, cortarle la respiración, porque, al fin y al cabo, los pintores de caballete, los músicos de conservatorio, los dramaturgos de salón y los poetas de taller se extinguieron para siempre, se hicieron humo, partículas de Higgs, o se debaten en la lucha esquizofrénica contra el vacío al modo de los cátaros y los que vivieron como Rómulo y Remo, prendidos a las ubres secas de una realidad caníbal y panofóbica que ha perdido todo sentido.

Hoy en día el arte de la miseria ha tomado la posta y se reclama conspirador, insurrecto, independentista, solidario: “Ojalá/esa felicidad imbécil/esa libertad para acuchillar impunes el verano/se vea/definitivamente/desnuda/ante/doscientos/trescientos/cuatrocientos/inmigrantes/de las pateras/desembarcando/desluciendo el sol un tanto/reclamando su parte”. El arte de la miseria no solo empuña su numen, su genio y su (estar en) gracia, sino que es testigo de su tiempo y traza sus propias directivas comprometiéndose, aggiornándonse, sirviendo intuitivamente a las causas justas y al frente común de desclasados, porque ahora, ante el derrumbe progresivo de la clase media, lo único que queda son un puñado de billonarios y siete mil millones de deudores.

Y, de esta manera y no de otra, la poesía –esta poesía que no es mímesis fantastiké o “imitación de la naturaleza”, pues, de lo contrario, habría que arrojarla de La República, de Platón– se va convirtiendo en un río cargado de cuerpos vivos, sentimientos, interjecciones, reclamos, metáforas, creatio, esencia y aquiescencia, fuga de uranio o plutonio purificado, y, sobre todo, esa voz que nos ausculta con su estetoscopio de Pinard, nos habla al oído, nos susurra los hechos que sucedieron o sucederán en un futuro que fue ayer como si fuera un oráculo de Delfos y nos dice a boca de jarro: Grimorios de la España cementerio.
Me agarro/a mi patria que soy vosotros.


Vigesimoprimera Fiscalía de Lima, Perú

Rodolfo Ybarra