miércoles, 2 de septiembre de 2009

PRINCIPIO DE CONTRADICCIÓN EN “TEORÍA DE LOS CAMBIOS” DE ENRIQUE VERÁSTEGUI


Para no repetirme,
y sentado como yoga,
aparto el macetero de helechos a un costado.
Platón, Aristóteles se equivocaron.
Mitos bíblicos, Babel, Babilonia,
se opusieron al universo.
Primavera austral me envuelve.
Sobre mi cabeza flota la luna.
Abajo el reflejo de la luna
permanece inalterable sobre el fluir del río.
El mundo que cambia es pasado:
teoría de los cambios florece cuando sueñas.

E.V.

Intro

Antes que nada, quisiera decir que conozco a Enrique Verástegui desde hace muchos años; primero lo leí a fines de la década del setenta, en el colegio, gracias a un profesor que había distribuido en esténciles algunos poemas de “Los Extramuros del Mundo”; luego, en la década de los noventas, después de leer varios libros de él, pude ir a visitarlo (atendiendo a una invitación bastante particular) en su casa-biblioteca de Cañete (casa que, por cierto, ya no existe; luego del sismo de Pisco se tuvo que demoler. Tengo una grabación en vídeo del lugar donde quedaba la casa, espero poder tener tiempo para colgarlo). Después de muchas conversaciones uno se va enterando y sacando sus cuentas de que la obra y el mismo Verástegui siempre está en constante contradicción. Recordemos cuando el poeta se reclamaba maoísta (en plena convulsión interna), luego estructuralista, seguidor de Wittgetstein, seguidor de Pound, etc., etc.
Ahora que acabo de leer Teoría de los Cambios, su último libro, encuentro que las contradicciones se acentúan, que las búsquedas se convierten en hallazgos, pero nunca dejan de ser impulsos, curiosidad intelectiva, puentes hacia algo que quizás sea inhallable, pues el conocimiento --como río heraclitiano-- es inacabable.
En atrevimiento hacia una persona que estimo, no voy a escribir una reseña conformista con el texto, un laudatorio que no aporte a la crítica y que al final se arrume en todos esos textos que caminan sobre lo trajinado. Dicho esto paso a esta breve reflexión.

Explaye

Mao Zedong decía que la contradicción, principio hegeliano, era la ley principal de la dialéctica materialista y la herramienta de todo revolucionario. Verástegui, en varias entrevistas que se pueden rastrear desde mediados de los ochentas e inicios de los noventas, ha dicho que él es dialéctico y, por lo tanto, contradictorio. Teniendo esta premisa (segura distorsión para algunos o facilismo para otros) vamos a revisar uno de los últimos textos de este autor, baluarte de la generación poética del setenta y líder hipostático de “Hora Zero” (el otro era el desaparecido Juan Ramírez Ruíz; Pimentel siempre ha sido más terrestre, su poema “Balada para un Caballo” sigue a pesar de su “Tromba”, con algunos matices, en tropel hasta la actualidad). Teoría de los Cambios, 2009, así se intitula el libro editado en mancuerna proteica entre "Sol Negro" y "Cascahueso Editores".
Así, el poeta puede escribir este reclamo poético: quisiera florecer sin recibir nada/por mis poemas, publicar grandiosas novelas/ sin que me paguen derechos de autor,/ escribir ensayos fundamentales/ sin hacerme famoso.// Déjenme así extraño y solitario./Oh por favor déjenme florecer.
E inmediatamente, y en plena reverberación pide ayuda al presidente de la República tal y como dice la llamada del diario “Expreso” del 21/08/09
Al parecer, para Verástegui la poesía es, muy a pesar suyo, algo así como el no lugar del pensamiento, una península que se adentra en un mar de contradicciones (¡dialéctica?) y donde lo único valorativo va a ser la expresión misma, sin necesidad que esta exprese alguna verdad o se remita a un hecho verosímil (aunque parezca). Total, la palabra es bella (no importa lo que exprese) y la metáfora (y toda la tropología) existen al margen de una correspondencia con la razón y la lógica. Sin embargo, es posible lanzar una pregunta al futuro sabiendo que la respuesta es sólo un deseo respaldado por lo que entendemos nuestra obra: ¿Cuántos siglos deberán pasar todavía/ Antes de que la muerte sea finalmente vencida,/ Y mis obras glorificadas?
Y donde quizás hasta lo biológico no tiene sentido sino expresan un deseo estético, un deseo del yo creator donde la lógica intelectiva tendría que imponerse a la naturaleza: ¿Para qué envejecer/ Si no se ha escrito el gran libro de la juventud?. Y por supuesto la autocita, necesaria para confirmar que el poeta no ha dejado de confiar en sí mismo: ¿Por qué no consultar ALBUS para salir de la desdicha?
Pero el poeta no establece las leyes del orden racional, al menos no las que dependen de su estro, uno tiene que descubrirlas o interpretarlas detrás de todo ese exorcismo de sentimientos y emociones que un escritor de la estirpe de Enrique Verástegui puede tener: “Así, si distingues Verdad de Falsedad/ serás una Princesa consorte (o “con suerte”, apunte nuestro), comerás uvas frescas/ y acertarás cuando leas poesía”. La poemancia como fin supremo de la virtud sirve también para alumbrarnos, como Diógenes, el camino.

Del mismo modo, Verástegui puede retorcer criterios de la homeostasis o de la enfermedad y oponerle un sentido sicalíptico y/o de servicio (salvo que se interprete al trajín físico y a la libido como elementos antimelanomas): “El cáncer tiene varias causas,/ la misión cumplida,/ y la impotencia. //Así nos mantendremos jóvenes, sin falsos elíxires,/ logrando la eterna longevidad/.Que fluyan tus arterias sin grumos, y serás ágil.// Danza, mujer, danza como diosa de Oriente.

Todavía recordamos ese enfrentamiento en el que el amigo Modesto Montoya le recomendó una clases de matemática para poetas (Verástegui contestó en Perú21, Lima 28/03/07, lo siguiente: “Escribo para el carretillero y para el físico nuclear inteligente que sea capaz de inventar una bomba de protones, pero no escribo para Montoya, pues. Que haga esta bomba y lo respetaré”; sin embargo, el asunto de la bomba de protones o las reacciones químicas que dan origen a la bomba de protones ocurre dentro de todo organismo biológicamente constituido, y un físico no pierde su condición ni su prestigio por tener que hacer una bomba); o esa petición extrasístole en la que Verástegui desbarraba en que Argentina y Perú invadieran Chile y lo desaparecieran del mapa ¿?. Verástegui insiste en su versión literaria de las matemáticas y en la simulación de un mito que, aunque él parezca dudar, es aceptado por sus seguidores: “Chin Chui-Shao, matemático chino del siglo XII, rescribió un libro titulado las nueve secciones matemáticas en el que aparecen, aparte de algunos análisis escritos en tinta roja y negra, el símbolo del número cero –vacuidad y plenitud- que, desde entonces, revolucionaría todas las matemáticas hasta la actualidad. Sin embargo, no sólo escribió y revolucionó las matemáticas, sino también –y adelantándose a los tiempos de Ilya Prigogine-, revolucionó la poesía en su libro titulado ‘Teoría de los Cambios’, que el poeta y filósofo Enrique Verástegui ha traducido para bienestar de la humanidad. El manuscrito, hay que decirlo, fue encontrado en una biblioteca de New York”.
A pesar de ello, ciñéndonos a la verdad: los mayas descubren y emplean el cero en sus cálculos astronómicos. Utilizan un pequeño óvalo con un arco inscrito para representarlo, de esto más o menos cuando recién se iniciaba la era cristiana, mucho antes de Chin Chui-Shao y muchísimo más antes de que los árabes lo introdujeran en Europa.
Quiero apuntar que Enrique Verástegui (Jarry para los amigos) es quizás uno de los poetas peruanos vivos de mayor importancia en el siglo XX, no interesan que sus postulados sean desvariantes (acaso Ezra Pound no se declaraba fascista, Artaud no reventaba de peyote en el “país de los Tarahumaras” gritando incoherencias. Quizás sea la locura del loco del rey Lear que está cuerdo) o que su versos tenga la forma del pensamiento oriental, capcioso y con pretendida sapiencia filosófica a modo de moraleja (él agregó el apellido chino AhTaoHo a su apellido vasco): Escribí ese poema en la otra vida/ y lo refrendo ahora. No es un Karma,/ es el apretón de manos entre el pasado y el futuro./ Tal vez no escribí ese poema ayer,/ sino en un mundo múltiple/ donde pasado, presente, y futuro se confunden:/ luz al final del túnel/ que traspasa la montaña hacia la luz.
Recordemos esa respuesta memorable en la referida entrevista de Perú 21:
¿No cree que su vida linda con la exageración y con la locura?
Yo me preguntaría: ¿cuánta locura hay en mí y cuánta hay en el mundo? Yo lucho por la razón en un mundo enloquecido. Mi lucidez está en la poesía porque he escrito Ética, un libro sagrado. Sin embargo, no sé cuánto de locura y cuánto de lucidez hay en mí. Bueno, la verdad es que creo que no hay locura en mí.
El poeta es siempre más que su poesía, más que su imaginación, e incluso más que su racionalismo y su lógica (en su internidad yace la palabra); cuando el terreno que se habita es mágico (“mundo múltiple”) no se puede esperar correspondencias o insinuaciones del expresionismo clásico, ni aplicar la lógica a la coloratura del lenguaje o el fotómetro al estallido de panoplias del pensamiento. Todo se ha abolido para el paso de la genialidad, incluido la razón: “Se me ha prohibido hacer filosofía,/Se me ha prohibido pensar,/ Cuando de lo que se trata es de organizar el caos”.

10 comentarios:

Víctor dijo...

Ybarra, también Roland Forgues le da su patadón a Faverón, cheka esto, hoy en el mercioco:
Por: Roland Forgues Peruanista

En octubre pasado, estando yo en Lima en un simposio sobre los “Siete ensayos” un amigo me dijo acerca de un comentario iracundo que un escritor peruano acababa de publicar en su blog y enviar a varios conocidos retándome a un debate sobre Mariátegui, que Internet era la pared de pintas más grande del mundo y frente a eso lo mejor era no leer o ignorar lo leído. Tenía razón y me cuidé de no caer en la trampa de una respuesta que, de todos modos, le hubiera dado la razón al provocador subiéndolo a la cresta de la publicidad mediática que esperaba.

La tentativa de polémica cayó por su propio peso. Lo mismo harán las polémicas que algunos “intelectuales” procuran armar en la blogósfera peruana al “Diccionario Abracadabra” (Premio Copé de Ensayo 2009) de Gregorio Martínez, para ganarse un espacio en el mundo de las letras en detrimento de otros, mayormente dotados, vertiendo su bilis y resentimiento en los comentarios sin percatarse que ello los delata como lo que son. No se trata de una cuestión de línea ideológica derechista o izquierdista a la que suele remitirse la conciencia social, sino de una simple cuestión de respeto al otro y a sí mismo, de moral en relación con la “ética sui generis” de la creación literaria, como afirma Mario Vargas Llosa.

La situación no es nueva en el mundo de las letras y es tan vieja como la prostitución, el más antiguo oficio del mundo. ¿Pero, a qué viene esa comparación? Porque debajo de los blogs y su voyeurismo, anida la impotencia creativa y un inconsciente sentimiento de insatisfacción y frustración frente a la “madre prostituida”, como diría el psicoanalista y crítico Max Silva Tuesta.

No hay palabras buenas ni palabras malas, bonitas ni feas, pero sí hay, parafraseando al Eclesiastés, un tiempo para todas ellas y un momento para cada una. Lo demuestra con creces “Diccionario Abracadabra”. Que esta nueva publicación sea “ensayo” serio y conforme con el concepto de Michel de Montaigne, como dice Martínez y creo yo, o simple “palabreo”, según se afirma despectivamente en un blog, no importa. Es una fiesta de la palabra, que se inscribe en la línea creativa del escritor.

El juego fácil de las rectificaciones que no dicen nada al estilo de “ lean a Montaigne y luego lean a Martínez”, o de las pequeñas citas sacadas de contexto, que intentan desacreditar la honestidad del autor y del jurado que lo eligió, no aporta nada a una argumentación que carece de ética, y por lo tanto de solidez y credibilidad.

Contra sus detractores, como los grandes, Martínez seguirá siendo Martínez, el gran artífice del lenguaje, el diablo músico de la palabra hecha carne, para nuestro mayor deleite de lectores no prejuiciados.

Anónimo dijo...

muy bueno tu artículo, rodolfo.

jr

Jane dijo...

Sabes porque te leo Rodolfo, porque no le franeleas a ningún bastardo que se dice "intelectual". Eres un hombre rudo, vale.

giacomo dijo...

¿Verástegui? Al poeta de los extramuros, lo conocí primero gracias a un poemario que mi buen y vago profesor Américo Mudarra nos pasó allá por el año de 1997. Luego lo volví a ver en el Queirolo, ebrio, con el siempre campechano Domingo de Ramos, quien se fue ofendido porque todas las mesas se acercaban a las nuestras para recibir un abrazo o un mimo del "maestro" Verástegui. Luego escuché por ahí que se ofrecía a hacer presentaciones de libros siempre y cuando le bajaran una botella de vino previo a la presentación (al de Alex Anchante, me parece) y finalmente, que se dedicaba a hacer las compras en el mercado en sus largas estancias de ocio poético en su natal Cañete. El "Michael Jackson" de la literatura le dije esa noche en el Queirolo, abrazándolo y convenciéndolo para que asista a la presentación de la revista Lhymen. Jamás fue. Pero bien que se empujó solito la botella de vino que entre varios, juntamos para hacerle la corte.

RODOLFO YBARRA dijo...

Bueno, pues, qué te puedo decir. Jarry está --esperamos que por mucho tiempo-- alejado de todo vicio, salvo el de la escritura que es lo que nos importa. Salud.

Leo Zelada Grajeda dijo...

Que se siga ninguneando a Verastegui me parece una vergüenza. Leopoldo María Panero es un gran poeta en España y a pesar de que está loco y recluido en un psiquiátrico, lo valoran. Yo conocí a Verastegui y aunque a veces decía cosas ilógicas, siempre le estaré agradecido por haber publicado tan buenos poemarios como Los Extramuros del Mundo o Teorema de Yu. Que unos poetastros jóvenes o algunos eunucos críticos se quieran burlar de Enrique me indigna. Yo siempre que podía lo invitaba a comer y beber y yo encantado de la vida.Era un honor para mi hacerlo. Por que es un amigo y ha dado mucho por la poesía castellana. Ya me imagino cuando muera todos los homenajes que le harán. Pero en este aquí y ahora Verastegui es uno de los principales poetas en lengua castellana. Hay que reconocerle más en vida y tomar sus extravagancias con benevolencia. El día que algunos que lo critican escriban un libro que se acerca algo a la calidad de los poemarios antes mencionados, pues ese día podrán hablar. Mientras tanto se guarda silencio y se respeta a un maestro como Verastegui.

Anónimo dijo...

eso te pasa por hacer la corte, no tienes verguenza de confesarlo, qué bestia!

RODOLFO YBARRA dijo...

Leo: creo lo mismo que tú; creo, además, que a Enrique le gustan las críticas constructivas y, cómo no, las polémicas.
Saludos.

giacomo dijo...

Por precaución, contesto (aunque no sé si los comentarios posteriores se refieren estrictamente al mío): No ha sido jamás mi intención el hacer escarnio de la vida privada del poeta Verástegui. Todos los que algo sabemos de él y de nosotros mismos, debemos reconocer nuestro sincero apego a las bebidas espirituosas (Rafael Inocente, por ejemplo, cuando le da la gana, suele regalar con autografía incluida "La ciudad de los culpables" en estado de coma etílico). Lo único que hice fue recordar la manera jocosa y, por qué no, lúdica, en que conocí al poeta de uno de los más bellos poemarios que he leído de escritor peruano, "Monte de goce". Si fue un desatino referir esa anécdota sucedida en el Queirolo, pues las disculpas del caso. Pero dejo sentado que no me uno al coro de ridiculizar a alguien, y menos por asuntos privados. Enrique Verástegui es uno de los más importante poetas de nuestra literatura, más allá de la bohemia y sus vicios, y eso es lo único que debiera importarnos.

Anónimo dijo...

ya dejen al zambo en paz!