martes, 1 de julio de 2008

EL INTELECTUALOIDE EN ESTADO DE REPOSO



El intelectualoide es, antes que nada, una sabandija, siempre quiere aparentar que está en la cumbre de la “inteligencia” (léase inteligentzia), gobernando el mundo de las ideas, acechando como ave de rapiña sobre los textos que excretan editoriales burguesas, alienadas, procapitalistas, a los que no les interesa, para nada, incentivar la calidad de la lectura, mucho menos cambiar la línea de Gauss que apunta a la ignorancia, la mediocridad y al analfabetismo. Este es el reino protista putrefacto, los terrenos pantanosos y cloacales del intelectualoide, zarramplín y adocenado quien presume de una sabiduría de Leonardo, ciclópea, elefantiásica, blindada a prueba de balas y de retorcidos conocimientos de salón, geniogramas que siempre llena después de que se publican las soluciones. Las posturas son la principal condición de este homúnculo que se ha creado una fama vergonzosa y maligna, sobre todo cuando intenta engañar a jovencitos neófitos, cándidos, interesados realmente en la literatura y sus farragosos territorios nada fáciles cuando se va con pie de plomo tanteando en la oscuridad del gnosos.
El intelectualoide en estado de reposo se santigua cuando encuentra un “ejemplar” de moda, algún tipo de libro cuyo autor ha salido en televisión hablando sobre el estado del tiempo (hace frío ¿no?, este senamhi nunca acierta una) y sobre el posicionamiento del mercado en los eufemísticos “países en vías de desarrollo” (cosa que está bien ¿no? Pronto los números se pondrán en positivo, exportaremos lechugas y todos seremos felices, y nada pues), y salta en un pie cuando se encuentra con algún escritor de fama pueblerina, algún abyecto garabateador de textos imposibles, entonces lo lleva de aquí para allá (como si fuera una novia recién estrenada), le cuenta los chismes de la escena capitalina, le invita un par de cervezas en un bar de mala muerte, pero a condición que las próximos tragos y el piqueo los ponga el “ilustre” visitante. Así, aprovecha la ocasión para sacar información (transar alguna coalición importante en relación a sus enemigos letrados), jalarle la lengua al “literato”; intenta medir fuerzas, un souflé, un pedigreé, una llave “inteligente”, para eso espera que el interlocutor diga algo, que dé el primer jack, un gancho de izquierda, a lo que él con lengua de trapo dice: “sí, sí, esos personajes me son conocidos, yo leí ese libro hace años…”; cuando el libro recién ha sido editado el año pasado. En el momento en que lo ponen en evidencia del error, dice que se estaba confundiendo con otro libro (que, por cierto, no existe) que había leído en sus épocas de universitario, hace muchos años cuando acababa la carrera en letras (lo cual también es falso, ya que iba a la universidad siguiendo cursos libres relacionados con la oratoria, impostación vocal y no con cursos académicos). Y así la va pasando, eludiendo a sus compañeros de ruta, haciéndose el pendex con uno y con otro, estafando a medio mundo con el cuento de su lucidez supina y sus conocimientos erráticos y de corto alcance con una miopía y estrabismo intelectual patológico y lamentable.
Por cierto, el intelectualoide nunca lee nada completo, siempre se queda en las primeras páginas, su cerebro de jumento estibador, de acémila poronguero, sólo rebuzna ideas ajenas que él mismo no entiende, aunque siempre presume que ha leído el “Ulises” de Joyce en un día, y en dos “El Ser y La Nada” (¿habrá pasado del cogito prereflexivo?), y en tres toda la obra de Proust y se queja altaneramente de esas 100 páginas dedicadas al té de “En busca del tiempo perdido”, libro que, para variar, tampoco ha leído. Trata de darle forma a ese universo culturoso que casi siempre le llega de oídas, vulgares chapuceos, ensayos de risa (no la de Bergson). Le interesa de sobremanera los resúmenes como los que elabora el vendedor de ilusiones José Cáceres Chaupin, y tiene también sus “libros de oro” de frases célebres, sus cartillas literarias que suele citar muy a menudo alternándolo con pequeños fragmentos de obras que no le pertenecen pero que cuida en no ponerle comillas, haciéndole creer a todo el mundo que es un “gran lector”, un especializado “reseñador de libros”, crítico y articulista de primera (siguiendo las mañoserías del beodo, farsesco y cortesano Bryce Echenique. “Total, si este triunfó, ¿por qué no yo?” dice, mirándose al espejo de Onán, mientras presiona, con las uñas negras de sus pulgares, un forúnculo, divieso que le ha salido en la punta de la nariz. Y es que hay que “cuidar” también las apariencias externas. Ah, gran detalle: “La belleza tiene que ser el reflejo del alma”, piensa con su cerebro de queso fundido gruyere).
A menudo infla su abyecta y tonelesca barriga al modo de Ubú rey, Gargantúa y Pantagruel juntos, y saca pecho en sus reuniones y noches de bohemia con fracasados escritores y con culteranos darwinianos, freudianos, comteanos, decimonónicos que se han quedado congelados en los debates sobre la inmortalidad del mosquito, la filosofía del caracol y los injertos testiculares de mono en hombre practicado por el inefable ruso Voronoff, y es cuando entre todas estas seuda-discusiones por alcanzar el nirvana de la insufrible dialéctica (sobre todo cuando los practicantes carecen de alevosía y ventaja) surgen otros personajes terciarios, cuaternarios, indigentes de la cultura mediática, angurrientos escritorzuelos que le piden flacos favores, porque nuestro intelectualoide en estado de reposo permanente (título ganado con esfuerzo porque realmente no trabaja) tiene un pequeño cargo que él mismo se ha inventado en una pequeña editorial de un amigo que saca libelos a 50 céntimos, librillos de chistes, retruécanos, mataperradas, adivinanzas, y pequeños manuales de cocina. Amigo al cual ha engañado diciendo que le hace la publicidad en su muy visitado weblog que cuenta con más de un millón de visitantes y que tiene el título más esnob de toda la net: “Garita de Control de Pasajeros” (GCP) “donde sólo se detienen los entendidos”, reza su subtítulo. Ahí para todo el día webeando y dando opiniones diversas sobre escritores a los cuales ha leído sólo los títulos de sus trabajos, o conoce por fotografías (al autor y al libro), y alguno que otro comentario de otro crítico fracasado con dos dedos de frente, o por recortes de revistas, o fanzines culturales (dios los cría y ellos se juntan). Pero su mayor habilidad consiste en “copiar y pegar”, esa es su verdadera profesión: la de copista y plagero, caco, cleptómano y abigeo irrespetuoso del trabajo de terceros, el cual maquilla con palabritas que saben a cemento fresco a yeso, barro endurecido, galimatías de la peor especie y demás muletillas sacadas del sobaco. Y es que nuestro intelectualoide se sobrevive a sí mismo, hasta ha logrado granjearse un nombrecito en el cielo liliputiense, cielo plúmbeo de enano pituitario de estos lados.
Finalmente, el intelectualoide (después de sacar cita, por teléfono, con una agraciada aprendiz de escritora a la que le ha metido ideas de Anaís Nin, Simón de Beauvoir, Gala, y del sexo libre con el fin único y supremo de llevarla a la cama), posa de perfil para la fotografía, se come un cebiche con ostras y conchas negras a costa de un novel narrador de cuentos, organiza un recital para el INC con sus oportunistas mecenas que a las justas garrapatean algunos versos dromedarios, promociona una novela polifónica, un “corpus concertal” que nunca escribirá (está esperando que se la escriba algún negro literario), pero que ya tiene un provisional título: “La Calamidad”. Vocifera su discrepancia y su “abierto” desdén con el último “premio Nobel” y con el “equívoco” cometido con el “Príncipe de Asturias” y enseña orondo su reluciente invitación como ponente a la próxima “Feria del libro” (gracias a su amistad con una mercachifle de la cultura) y a un encuentro de letrados mediocres, calumniadores, racistas y figuretis en la “madre patria” España, mientras levanta el vaso de cerveza, eructa y le dice al cantinero al oído y con enérgicas palabras coprolálicas, que le “preste” para el pasaje, un pan con chicharrón con harta cebolla y un sencillo para “la causa”, y que tenga muy en cuenta (¡carajo!, serrano de mierda) a todos los comensales y borrachines que ha llevado, esta noche, al bar de mala muerte.

Tambaleándose por una calle estrecha se aleja el intelectualoide en estado de reposo, a su paso recoge torpemente unos periódicos que sobrevuelan la vereda (los lleva porque traen crucigramas), da la mitad de su pan, ahora sin chicharrón, a un perro callejero que lo recibe de mala gracia, y mientras se limpia la boca con la manga de la chompa piensa secretamente en su cita de amor unilateral a las 10 pm. Son las 9 y 30, hay que apresurarse. Olvidó los condones, pero ya es tarde para eso (qué bestia ¿no?, bueno, a pelo será. Total, es una chibola que de repente necesita ser inaugurada).
Sube a la combi en movimiento (Callao, Callao, Colonial, Fawcett, Colonial Fawcett), se sienta al lado del chofer al mismo tiempo en que timbra su celular y responde con voz impostada y galante (No te preocupes preciosa, ahora mismo vamos a corregir esos textos y darle la forma adecuada, déjalos en mis manos, estoy llegando), y un hormigueo le sube por la entrepierna. La combi traquetea sobre unos baches. El intelectualoide cabecea un par de veces, y, cuando está por llegar a su destino, sin percatarse se orina en el pantalón.

23 comentarios:

Anónimo dijo...

EXCELENTE RETRATO DEL NOVELISTA RENGIFO QUERIDO YBARRA, TU PROSA HA MEJORADO.

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
PERSPICAZ dijo...

ESTA ES LA MEJOR PARTE:


A menudo infla su abyecta y tonelesca barriga al modo de Ubú rey, Gargantúa y Pantagruel juntos, y saca pecho en sus reuniones y noches de bohemia con fracasados escritores y con culteranos darwinianos, freudianos, comteanos, decimonónicos que se han quedado congelados en los debates sobre la inmortalidad del mosquito, la filosofía del caracol y los injertos testiculares de mono en hombre practicado por el inefable ruso Voronoff, y es cuando entre todas estas seuda-discusiones por alcanzar el nirvana de la insufrible dialéctica (sobre todo cuando los practicantes carecen de alevosía y ventaja) surgen otros personajes terciarios, cuaternarios, indigentes de la cultura mediática, angurrientos escritorzuelos que le piden flacos favores,

ESTUPENDO YBARRA, YA TODOS SABEMOS DE QUIEN SE TRATA...

Anónimo dijo...

yo también estoy de acuerdo en que esa es la mejor parte, aunque otra vez dejas en la ambiguedad al personaje. Nunca se ha visto aquí un post contra personajes decididamente reaccionarios como Faverón o Garrido Leca, y sin embargo he visto que has borrado comentarios contra estos personajes y dekado otros mucho más fuertes contra otras personas que no tienen blog ni poder. Eso me hace sospechar de ti, con todo respeto y espero que no borres este comentario.

Francisco

RODOLFO YBARRA dijo...

Estimado Francisco, si he borrado algún comentario fue por cuestiones estéticas; hay también otros motivos, pero de ninguna manera por cobardía o por querer congraciarme con algún aludido. Éste blog será siempre una tribuna abierta para las minorías literarias.

Anónimo dijo...

Agg, ya me di cuenta de que se trata de Carlos Rengifo...

Anónimo dijo...

NO, DE NINGUNDA MANERA, ES GONZALES VIGÍL, HASTA TIENE LA BARRIGA

hj

Anónimo dijo...

yo pensaba que era facheron, el inefable.

Anónimo dijo...

el de la foto, no es el poeta de la Semana Santa?

RODOLFO YBARRA dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Vivo retrato de don Harold Alva... ¿cómo conseguiste la foto Ybarra? Ignoraba que además fueras parparazzo...

Anónimo dijo...

Perdón, paparazzo...

Anónimo dijo...

escribes de puta madre Ibarra, ojala algun dia podamos tomarnos un vino, saludos.
jerson

Anónimo dijo...

Leo Zelada es uno de la mancha de los intelectualoides. Ahora medra en las españas y envía correos rogando un billetito para incluir a los incautos en sus famosas antologías.

¿Grupo Neón o grupo Meón?

Anónimo dijo...

agggggggg

Anónimo dijo...

yo pensaba que era el gordo poeta que se alucina doctor

Anónimo dijo...

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