jueves, 15 de mayo de 2008

"QUÉ CAMBIA DESPUÉS DE BUSH"



(Artículo expropiado a "La Nación")

x Tomás Eloy Martínez

HIGHLAND PARK, N.J.

La palabra “cambio” domina obsesivamente la campaña por la candidatura presidencial en los Estados Unidos. En la mañana del martes, en el camino de Boston a Salem, New Hampshire, se vendían pancartas con los nombres de los postulantes: McCain for President, Hillary 2008, Obama President ‘08. Una de las pancartas no tenía un nombre propio sino un lema que podía servirle a cualquiera de ellos: The Change We Need (el cambio que necesitamos). Con ligeras variantes, tanto los demócratas como los republicanos ofrecen lo mismo: cambiar, empezar de nuevo. Ninguno explica, sin embargo, qué se quiere cambiar ni para qué.

Hace ocho años, el único candidato que no hablaba de cambio, George W. Bush, terminó cambiándolo todo, y para peor. Bush recibió un país con superávit fiscal y fue reelegido en 2004 luego de llevarlo al endeudamiento y a la guerra, de haber manipulado magistralmente el miedo al terrorismo y de haber puesto en duda valores tradicionales como el respeto a la privacidad, a la tolerancia, a la igualdad de oportunidades.

“Somos un solo pueblo –dice el senador demócrata Barack Obama–. Nuestra hora de cambiar ha llegado.” “El cambio puede ganar”, dice el ex gobernador republicano Mike Huckabee, quien cambió de veras su apariencia en los últimos quince meses, al bajar 45 kilos. A su vez, la senadora demócrata Hillary Clinton se ilusiona: “No sólo estamos eligiendo un presidente. Estamos tratando de cambiar nuestro país”.

El vacío del discurso es tan visible que otro de los candidatos, el senador republicano John McCain, centró sus ataques a Mitt Romney, ex gobernador de Massachusetts, en el hecho de que Romney es el verdadero paladín del cambio: “Estamos en desacuerdo en muchas cosas –le dijo–. Sólo coincidimos en que usted es el candidato del cambio”. El sarcasmo apuntaba a que Romney apoyó el derecho al aborto y la unión civil para las parejas homosexuales cuando gobernaba un estado progresista, mientras que ahora, ante el electorado nacional, que es más conservador, está en contra.

Por obvias razones, Clinton y Obama encarnan el cambio en su misma identidad. El es el quinto senador negro en la historia de EE.UU.; ella aspira a ser la primera presidenta. Ser distintos no será suficiente para ganar mientras no expliquen cuál sería la ventaja. Aunque los Estados Unidos están más divididos que nunca entre conservadores y liberales, el bipartidismo tradicional sigue funcionando para que nada cambie. La senadora Clinton apoyó el envío de tropas a Irak, y el electorado está dispuesto a recordárselo. Y Obama, que pronunció un brillante discurso contra la guerra en 2002, cuando no era senador, aprobó desde su banca el presupuesto de 300.000 millones de dólares para continuarla. También entre los republicanos hay precandidatos que encarnan el cambio. Huckabee amenaza con transformar el sistema de recaudación y la estructura del gobierno federal, bases de la alianza conservadora que se estableció durante la presidencia de Ronald Reagan. McCain coincide con él y con los demócratas en la necesidad de resolver la ilegalidad de millones de inmigrantes. Para Washington, sin embargo, es un disidente peligroso, porque se opone a legalizar cualquier forma de tortura (él mismo fue un prisionero torturado en Vietnam) y votó contra los recortes de impuestos para los sectores de mayores ingresos, impulsados por Bush.

Qué se cambiaría, por qué se cambiaría y cómo se cambiaría son preguntas que no se respondieron con claridad en Iowa y New Hampshire. “Se hace campaña con poesía, pero se gobierna con prosa”, atacó Hillary Clinton a Obama, al recordar que Obama conmueve a las multitudes cuando recuerda sus orígenes –es hijo de un pastor de cabras negro de Kenya y de una estudiante blanca de Kansas–, aunque a la vez recibió una educación privilegiada en Harvard. Los detractores de Obama lo han bautizado Oreo, por las galletas de chocolate negras por fuera y blancas por dentro. Y algunos, al nombrarlo en público, confunden deliberadamente su nombre completo, que es Barack Hussein Obama. Se lo ha llamado Saddam Hussein y también, con peor intención, Barak Osama.

Aunque es prematuro formular vaticinios diez meses antes de las elecciones –el primer martes de noviembre–, se puede imaginar que los demócratas se inclinarán por Obama o Hillary, y los republicanos por McCain o Huckabee, aunque a última hora podría emerger el ex alcalde Rudolph Giuliani. Los republicanos apuestan a que cualquiera de ellos aventajaría con facilidad a una mujer y a un mestizo, inaceptables para los conservadores más recalcitrantes. Pero si el país quiere un cambio verdadero, todo es posible.

No es poco lo que Estados Unidos podría cambiar, después de las desastrosas dos administraciones de Bush. Incluso los aspirantes republicanos hablan de cambio, aunque no atacan al presidente salido de su mismo partido. De hecho, coinciden con él en temas centrales como la necesidad de continuar las operaciones en Irak y mantener la cárcel de Guantánamo así como ciertas formas de tortura. También apoyan la reforma impositiva que benefició a los ricos, rechazan la legalización de los inmigrantes, postergan las medidas contra el calentamiento global y se oponen a una cobertura médica nacional.

Todos los demócratas quieren evitar que en Irak se repitan los errores de Vietnam. Hillary propone retirar las tropas lentamente hasta 2013 y dejar militares para combatir a Al-Qaeda, apoyar el ejército local y evitar que el enfrentamiento civil se expanda en la región en detrimento de los intereses norteamericanos. Obama restringe la propuesta de retiro a dieciséis meses. Dejaría militares para combatir el terrorismo, pero se alejaría de la lucha interna en Irak y realizaría esfuerzos diplomáticos personales con Irán.

Las diferencias son más claras en otros campos. Todos los demócratas prometen reformar el sistema de salud, que deja sin protección a 47 millones de personas. También todos aseguran que rechazarán las modificaciones impositivas de Bush e impondrán un sistema fiscal que beneficie a la enorme clase media. Todos cerrarían la prisión de Guantánamo, volverían a instaurar el hábeas corpus y –con excepción de Obama– sacarían a los detenidos de los tribunales militares para someterlos a los federales. Todos se oponen a la tortura, aunque Clinton prevé la posibilidad de apartarse de los acuerdos internacionales y dejar la responsabilidad en manos del presidente. Todos enfrentarían el problema de los inmigrantes buscando un camino a la legalización, que incluya multas por haber defraudado el control migratorio, la obligación de aprender inglés y penalidades para los empleadores que contraten trabajadores en negro. Todos prometen buscar alternativas energéticas y reducir las emisiones de gases que contribuyen al efecto invernadero.

Estas diferencias muestran que la práctica política corre detrás de cambios que ya se han producido en la sociedad. La solución en Irak es difícil, porque cuesta más dinero repatriar tanques, municiones y tropas que dejarlos donde están. Doce millones de inmigrantes ya se han integrado a la sociedad, aunque estén en la sombra. La realidad, por sí sola, está cambiando a los Estados Unidos y desviándolos hacia un futuro de pocas certezas. Nadie puede saber qué país encontrará el presidente que empiece a gobernar en enero de 2009. Tropezará con ruinas muy pesadas y se le irá mucho tiempo en levantarlas.

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